La novela latinoamericana es un género falso?

2CHECbaja1 – ¿Este fenómeno ha contribuido a plasmar cierto número de mitos regeneradores, deseables? ¿O ha concluido por poner en circulación otros de acomodación social, –susceptibles de actuar a nivel de la vida de todos los días?

2 – ¿Es realista el “realismo” de la novela latinoamericana y –en general– el “realismo” en la literatura?

3 – ¿La adjetivación de la frase “novela latinoamericana” posee, a su juicio, alguna connotación especial?

4 – ¿Imagina otras vías de expresión fuera de las que aparecen manifiestamente en las “novelas latinoamericanas”?

1 – EN LAS COMISURAS FLOTANTES.

Puesto que estamos hablando de la “novela latinoamericana”, ¿no será coherente pensar que ésta vehiculizaría “mitos nacionalistas” Nuestro primer encuestado responde con una seguridad afirmativa impresionante.

ABELARDO RAMOS:

1º Creo, ante todo, que debemos a la novela latinoamericana un reconocimiento: ha creado la nacionalidad de la Patria Grande en la lengua del arte. Esto no ha podido impedirlo el sistema cultural nativo urdido por el poder imperial, triunfante hasta hoy en la esfera de la ensayística, del pensamiento político o de la sociología.

Rodolfo Fogwill, más cautelosamente, se limita a hacer una comparación; según la cual “aceptaría”, si alguien lo afirmase, que la novela latinoamericana posee un carácter favorable a la conservación social. En este sentido hace alusión a la incidencia de un pensamiento modelador, actuante sobre la novela latinoamericana, designado por él como europeo. – ¿Se trataría lo mismo de la “novela” de Sade como de la “novela” de Paul Claudel; de la “novela familiar” de Roland Barthes como de la “novela negra” de Maturin?

RODOLFO FOGWILL:

1º No ha servido para plasmar otros sino para reproducir en escala latinoamericana el mito del novelista y de la novela europeos. Sin embargo eso de que estén “destinados” supone una concepción teleológica que no comparto. Aceptaría que alguien afirmase que contribuye a la conservación social, yo no estaría de acuerdo con que una contribución o un debilitamiento de la conciencia social sólo pueden ser diagnosticados al cabo de algunas décadas.

Tratando de aclarar el “boom” y con la confianza que Enrique Medina tiene en sí mismo, sólo con estos riesgos podrá el lector irrumpir en la respuesta de este encuestado.
Los mitos puestos en circulación por la “novela latinoamericana” –aparentemente sin cuestionárselos– ¿serían de la capitalización de un “boom” que se dio como un “fenómeno natural” y por lo tanto “inobjetable”?

ENRIQUE MEDINA:

1º ¡Qué quilombo, la pregunta! ¿Entre cuántos la hicieron, la pregunta? Primero que nada habría que ver si en la literatura latinoamericana –ustedes se refieren concretamente al “boom”– hubo un plan y si esa literatura latinoamericana se propuso algo. Y en segundo lugar, hay que ver si la literatura en general tiene la obligación de enseñar o de proponer algo. Estoy en desacuerdo total con la pregunta en sí, porque es una posición exigente que no tiene nada que ver con la creación, con la actividad artística. La literatura es una de las tantas artes que ayuda en todo caso al creador y, con la mejor buena voluntad, a alguno de sus lectores. Recuerdo que desde Baudelaire, cuando se mofaba de esos críticos que aplicaban el término de enseñanza en la literatura –y entonces también ponía como ejemplo a Poe–, a partir de ahí yo creo que la literatura no tiene ninguna obligación de cumplir un rol de instrucción ni de moral. Hubo cierta literatura de tono a veces realista y a veces marcadamente ideológico que sí se ha intentado arrogar ese papel de hacer una literatura que tenga que representar algo, que tenga que explicar algo o que tenga que postular algo. Y yo no digo que estoy en desacuerdo, pero me parece que en el arte es muy embromado prejuzgar una actitud creadora. La actitud creadora tiene que ser de por sí libre de todas las ataduras y por lo tanto no puede proponerse algo. Esto lo podemos aplicar tranquilamente a una de las partes de la pregunta. La otra es con respecto a si esa literatura latinoamericana logró algo: Yo no creo que el “boom” se haya formado porque se juntaron cuatro o cinco tipos, como pueden ser Lezama Lima, García Márquez, Cortázar, Rulfo y otros más y hayan dicho: “Bueno señores, vamos a hacer la gran literatura latinoamericana a partir del día de hoy; firmamos un acta y vamos a maravillar al mundo”. No, eso es una torpeza tan grande que no la puede aceptar ni un chico. La literatura latinoamericana del “boom” se dio por esos fenómenos naturales en los cuales hay coincidencias y que no aparecen, digamos, por arte de magia –porque tampoco vino Dios y dijo: “¡Boom, se da el ‘boom’!”. No. El “boom” es una consecuencia de toda una gran literatura latinoamericana, de hermosa literatura latinoamericana, donde desgraciadamente muchísimos grandes autores quedaron afuera. El “boom” después se capitalizó más por una cuestión digamos “partidista”; publicitariamente, algunos nombres fueron más mencionados que otros y entonces el “boom” de pronto se constriñó y quizás con métodos valederos en pocos nombres, ¿no es cierto? Podemos resumir entre ellos al de García Márquez, que yo creo que es el punto más importante del “boom”, entonces me parece valedero que tenga la altura que tiene él porque su obra es inobjetable. Pero no debemos olvidar que toda esta gente tiene su primera parte en otros grandes escritores latinoamericanos hoy desgraciadamente olvidados, que podrían ser por ejemplo Jorge Casa, del Ecuador con “Huasipungo”; podríamos mencionar a Augusto Céspedes, de Bolivia, con “Metal del Diablo”; tendríamos que nombrar a Alegría con “El mundo es ancho y ajeno”; no tendríamos que olvidarnos de Eustacio Rivera, con “La vorágine”, un colombiano; tampoco tendríamos que olvidarnos de un autor casi totalmente marginado de los catálogos e incluso por los críticos que hacen la historia de la literatura latinoamericana, como es el costarricense Carlos Luis Fallas, un escritor extraordinario que tuvo dos novelas capitales que fueron “Mamita Yunay” y otra, realmente notable, “Gentes y gentecillas”, realmente muy poco conocido. Estos autores, por mencionar a algunos, junto con otro montón, entre los cuales por ejemplo en este momento me estoy acordando también de Rómulo Gallegos, ¿no? y no menciono a ninguno de los argentinos, ojo, ¿eh?; es decir por mencionar a algunos, son los que han dado esa base fundamental para que apareciera la literatura latinoamericana llamada del “boom”. No creo de ninguna manera que ellos se hayan propuesto nada. Sí hubo una coincidencia ideológica. Es natural que García Márquez tiene una posición de izquierda, Cortázar también, y bueno, a partir de eso cierta prensa los fue apuntalando más. Pero ellos no llegaron a tener el nombre que tienen por esa cosa periodística, sino por su calidad, porque son autores extraordinarios. Lo que quiero decir con todo esto y resumiendo la primer pregunta, estos autores tienen valor porque son extraordinarios y porque están ceñidos no sólo a la literatura latinoamericana sino a la literatura mundial. Todo lo otro se arma a posteriori. A posteriori se ve que Fulano esto, Fulano aquéllo y todo lo demás. Lo mismo en el caso de Borges, ¿no es cierto? Borges no estuvo metido en el asunto del “boom” por una cuestión ideológica, evidentemente. Pero Borges también forma parte en alguna medida de esos escritores de la época del ’60 que deslumbraron a todo el mundo. Borges también deslumbró a todo el mundo en esa misma época en que aparecían como renovadores García Márquez y todos los demás. Pero Borges no estaba incluído dentro de ese grupo por una cuestión ideológica, lo que no quiere decir que esté bien ni que esté mal, simplemente trato de aclarar el panorama.

A continuación el Sr. Rui Díaz lanza un violento “J’accuse” a las tesis fundamentales de la novelística latinoamericana. Estas se ven atacadas evidentemente por su flanco moral, juzgado en este caso como el más flaco e inaceptable. ¿Qué es lo que sucede cuando esto se produce desde otra posición, que se reclama de no pertenecer a las morales tradicionales y de ser, ella misma, plenamente moral?

LEONARDO RUI DÍAZ:

1º Al mito lo considero como patrón de conducta, digamos que el mito es el que conduce la actividad humana. A través del mito, el sujeto tiene un ejemplo de cómo conducirse con respecto del mundo “profano”. Debe realizarlo supeditándose a un proceso de iniciación.
Un ejemplo particular lo tenemos en el mito del cazador: Se dice que el cazador un día debe fabricar su propia lanza, su propia flecha, su propio arco. El mito dice después que cruzó por un mundo de gigantes, que mató a gigantes; que cruzó por un mundo de mujeres devoradoras y las mató; y que después cazó aquél cervatillo, aquélla ave que debía cazar, para su sustento o para el sustento de su prole. Entonces es un ejemplo de lo que debiera ser un sujeto.
En el caso particular de los mitos regionales latinoamericanos, éstos son mitos “abstractos”, a nivel de que no hay mitos que comprometan la actividad “profana” del sujeto. Aquí, en este caso particular, no hay mitos que digan al sujeto cómo deba comportarse respecto de su mantenimiento de vida. Son mitos que tienen que ver siempre con la religiosidad, al margen de la vida “profana”. Y entonces son mitos desconectados de la vida. En ellos el individuo tiene que cumplir con un ritual de respeto con la cosa sagrada, tiene que cumplir con un rito de agasajo, y nada más. No debe cumplir en su vida cotidiana con una reconstrucción del mito, no debe hacerse carne de su mito. Yo creo que por ahí en los pueblos “primitivos”, lo que primero es rescatable es eso: que el sujeto tiene que ponerle carne al mito y hacerlo de nuevo. Una vez que ha cumplido con este rito iniciático, este sujeto es hombre, es universal.
En la “novela latinoamericana” los mitos están alejados de la cosa de subsistencia, de la cosa del mundo “profano”; aquí se cumple con el asunto presentando respetos a través de un ritual y se acabó. El hombre no debe proseguir su actividad, su conducta, al igual que lo hace el héroe del mito; debe presentarse en el día de la fecha que le corresponde a tal o cual deidad, el tipo debe presentar sus respetos con el ritual, ponerle las florcitas con aguardiente y se acabó.
No contribuye en nada a su vida productiva, a su vida cultural –a su vida cultural por ahí le dedican poemas, pero son más que nada ofrendas de respeto, aquí el sujeto no tiene que remitirse a seguir el camino del héroe para confirmar la validez del mito.
2. LA CABALLERÍA ATACA A LA LUNA.

Para Medina, aparentemente, existió un realismo “ya superado” por otro realismo de característica “natural”; un realismo “marcadamente ideológico” –y, por lo tanto, “maniqueísta”–, junto a otro realismo que se trata de justificar como una propuesta artística “propia”, asumida “naturalmente” en los actos cotidianos de la vida, sin premeditación de ninguna clase. ¿Serían “LasTumbas” acaso una manifestación del inconsciente? ¿Se debe interpretar la posibilidad entrevista aquí –o no– de un “realismo por el placer”? ¿Hacia dónde apunta Medina? Veamos seguidamente:

ENRIQUE MEDINA:

2º Yo con el realismo tengo cierta aprehensión; con el realismo, digamos, de entre toda una literatura ya superada. En el caso mío, cuando algunos tratan de ubicarme como escritor, ahora últimamente me llaman “hiperrealista”, cosa que me causa mucha gracia. Yo no soy tipo de poner sello a los escritores porque me parece que a veces eso perjudica al escritor e incluso a la literatura que ciertos críticos quieren rescatar. Yo creo que poner el sello de “realista” a alguna literatura la ha perjudicado y que en todo caso aquellos escritores que quisieron, sí, premeditadamente hacer una literatura “realista”, no les ha ido muy bien. Porque esta literatura estaba llena de una ideología también muy marcada, muy maniquea; entonces esos libros que ellos escribían con la mejor buena intención, con una intención política muy manifiesta, donde los pobres eran buenos y los ricos eran malos, era una literatura que no dejó absolutamente nada y que en cuanto uno la leía se le caía de las manos. Entonces eso creo que ya está superado y que hay una literatura que podría ser en estos momentos “realista” pero que tampoco cumple ninguna función digamos docente, que ha superado aquellas propuestas iniciales de la vieja literatura “comprometida” –entre comillas– que arruinó a muchísimos grandes artistas, que por cierta necesidad o por cierta falta de seguridad en su propia propuesta artística se encaminaron a zonas de las que después no pudieron salir y vieron su obra arruinada. Insisto con lo que dije antes: el artista no tiene que embretarse en ninguna posición ideológica y mucho menos plantear de una manera abierta en su literatura (digamos para que el público se de cuenta) que tiene él una determinada posición, ya sea de derecha o de izquierda o de lo que fuera. Porque eso perjudica su obra. Es decir, que cada artista como cada ser de la vida normal y cotidiana tiene una posición ideológica asumida de manera natural, hay algunos que la manifiestan de manera muy frontal y otros que la manifiestan en sus actos cotidianos. Uno no puede escapar a eso porque es un ser humano con afectos y desafectos, entonces naturalmente tiene que estar a favor o en contra de algo. Yo creo que el artista no tiene necesidad de manifestar esa posición ideológica de manera frontal, porque desde su natural óptica de plantear una situación dada ya ahí se ve su propuesta. Una persona que está poniendo como protagonistas principales a personajes que no lo fueron en la literatura, digamos, por ejemplo, argentina, porque no tenían categoría o eran personajes quizás inferiores, ya en esa sola posición se ve una intención de reivindicación en todo caso por cierta extracción social que en la literatura argentina no ha tenido de pronto su gran espacio. Yo creo que tiene que hacerse esto de manera natural y no con una propuesta premeditada, porque eso yo creo que lleva a uno a hacer algo que depronto puede no conocer, puede desconocer, y ahí hay grandes errores. En la literatura argentina hubo infinidad de escritores que se metieron en esto y después quedaron ahí atrapados y no pudieron salir.

Sabemos que siempre se distingue el lado “oscuro” del lado “claro” –del que se dice, en el caso de nuestro satélite la Luna, que es el lado “visible”. ¡Como si algún otro pudiera ser “invisible” o, siquiera ya, “no visible”! ¿Llegará a verse la Luna como lo que realmente es, es decir, llegará a verse en su totalidad? Y entonces, ¿por qué Abelardo Ramos debería aceptar de manera provisoria un “irracional” artístico, pero solamente con miras hacia una interpretación que revelaría los contenidos ideológicos de una literatura cualquiera y la posición social del escritor? Concede, sí, que esta pueda tener algún “poder poético”. Pero ¿qué cosa podría ser aquí el “poder poético” sino un aderezo, un salpimento que apenas permitiría diferenciar de manera convencional, un poema de un parte meteorológico?

ABELARDO RAMOS:

La “realidad” comprende los sueños tanto como los demonios de la irracionalidad. En este sentido, hasta Borges es “realista” y en sus abstracciones puedo leer hasta la ideología de su clase de modo transparente sin mengua de su poder poético. Una realidad separada estrictamente de lo “irreal” sólo se conserva en estado “ideal”, incontaminado e inerte en el “realismo socialista”. Pero un lector atento también allí podría leer los desesperados fantasmas del artista prisionero.

¿Qué opina el Sr. Rodolfo Fogwill acerca de esta cuestión? ¡Oh, el “realismo latinoamericano” es idealista! Y se sirve, para corroborarlo, de los más aguzados floretes de la crítica lacano-americana, actualmente de “bon ton” en los salones universitarios. ¡Touche con ellos, barón de Fogwill! Hard!

RODOLFO FOGWILL:

2º El “realismo latinoamericano” en general es filosóficamente idealista por cuanto está indisolublemente ligado al dualismo físico-mental, porque supone desconocer la materialidad de la producción significante y la autonomía del sistema narrativo ficcional, que es una organización de materia.

Nuevamente una andanada de fuego y piedra sobre la ciudad, acaso sitiada, de la novelística latinoamericana. Esta vez Rui Díaz –por otra parte sin estar advertido de los movimientos del barón von Fogwill– parece que llega a colar una saeta en el centro de un punto extremadamente delicado: la concepción que del realismo se tiene dentro mismo de este bastión. Ante tamaño atrevimiento, ¡pudorosamente preferimos cerrar los ojos!

LEONARDO RUI DÍAZ:

2º Hay realismo en tanto nuestras conductas, pero en tanto que las muestra como en una fotografía. Una fotografía puede reflejar detalles. Es el realismo del espejo, devuelve una imagen de la miseria, sin más, donde los sujetos del realismo son sujetos pobres, sujetos miserables. Yo creo que por ahí la novela tendría que ser como ejemplar, ¿no? En este realismo de la novela latinoamericana no hay ejemplos, un ser como los de estas novelitas es un sujeto miserable, sin condiciones morales, sin límites en su conducta –para mí la cultura son restricciones, la cultura es realmente construcción de barreras. Aquí no hay reglas de ningún tipo, los personajes son sujetos instintivos, nunca la cultura gravita en ellos, nunca los mitos como los entiendo gravitan en ellos– son sujetos que caminan sin importarles que haya pozos, siguen la curva de los pozos y siguen adelante, cuando por ahí la enseñanza o lo aprendido indicarían esquivarlos.
El realismo de la “novela latinoamericana” es un realismo que no modifica nada. Cualquier literatura tiene que mostrar ejemplos y la “literatura latinoamericana” no demuestra de ninguna manera esta estructura de ser ejemplar.
El “realismo” como concepto ideológico es una herramienta de trabajo de cierto folklorismo de “izquierda” (eminentemente del P.C.), con la cual se pretende operar la realidad. Pero yo creo que esta cosa de producir realismo de la novela latinoamericana es un realismo para las ciudades cosmopolitas (ciudades cosmopolitas europeas). Son ciudades en las que no hay mitos que adornen su vida cotidiana. Ante este mundo de vacío de fantasía, las búsquedas se orientan hacia donde haya reservorios de fantasía. Y nos toca, entre África y América Latina –América Latina es lo más potable porque las lenguas africanas son muchísimas y difíciles de hablar– ofrecer la materia prima de un realismo fantástico, de un realismo pintoresco… También ocurre que se accede más rápido, hay textos de hace quinientos años. África no se explotó todavía. Seguramente será para el año dos mil o dos mil quinientos, que habrá un realismo africano…
Entonces, el realismo que exportan las literaturas latinoamericanas a todas las ciudades cosmopolitas es un realismo miserable, su producción se da por una necesidad de mercado, no es una búsqueda de modificar la realidad. El mercado necesita realismo, necesita verde, y las ciudades toman a su cargo producir esta mercadería que es el “realismo latinoamericano”. He aquí un ejemplo de realismo en una canción, que es casi lo mismo que puede aparecer en varias novelas latinoamericanas: hay una tonadilla que canta Mercedes Sosa, que habla de un sujeto que por el río Paraná a su vez le canta al río, y que el río sube y baja, lo inunda, hay seca y este sujeto se muere de hambre. Cuando es escuchado en Japón, en Nueva York, en París –París es un gran consumidor de “realismo latinoamericano”– ¡la gente se siente maravillada!: ¡En una selva de un país que se llama Argentina, hay un sujeto que está madrugando por una jangada, que se está muriendo de hambre porque hay inundación y le pide a la virgencita que le saque la inundación de encima! Esa cosa les encanta: un sujeto que no se hace una casa más alejada, que no produce sus alimentos, que vive de la caza, de la pesca y de la recolección. El “realismo latinoamericano” –bah, esa necesidad de mercado– vive buscando ese tipo de sujeto: indio recolector. Vive buscando indios recolectores. El indio recolector no es industrioso para nada, no planta, no produce herramientas, entonces les fascina a los europeos que producen herramientas, que producen fertilizantes; se maravillan porque exista lo “primitivo” (presentado de esta manera). Es fantástico, es fantástico poder tener en este mundo contemporáneo, en el que mandamos cohetes a la Luna y nos comunicamos por vía satélite, que haya sujetos así. Es maravilloso. Pero este realismo no es para nosotros, no es una cosa que nos sirva para crecer, no nos va a servir para que ese sujeto se deje de cagar de hambre. Lo leen en el país, pero no lo lee una multinacional que traiga fertilizantes o que le traiga cultura a este sujeto: es para consumir, para hablar en los cafés de la Paix de París, y hablar de literatura para pasar el tiempo.
3. LOS COLORES DE LA LEVITA.

Continuando con una misma linea de pensamiento, el Sr. Abelardo Ramos tuerce en favor de una literatura latinoamericana para una Patria Grande latinoamericana. ¿Por qué no habría de hacer extensivo el abrazo hacia otros hombres de buena voluntad, que no tuvieron el privilegio de nacer en tierra latinoamericana; e inclusive, si los hubiese, de otros planetas que habitan el Sistema Solar, u otras galaxias?

ABELARDO RAMOS:

3º Sí, es la literatura de una Nación no sólo inconstituída sino también desconocida por las “culturas balcanizadas” y la inteligencia colonial.

Pero para Medina la cuestión no reviste importancia. Una literatura surgida de unos orígenes “naturales” sin duda ha de ser en todo sentido una cosa “inobjetable” y, por lo tanto, “buena” en sí misma: Dostoievski, García Márquez, Chejov y Cortázar, en relación de buena vecindad, pueden evidentemente compartir el café juntos y divertirse –como la gente de Boedo y Florida– puesto que sabían escribir “bien”, puesto que su literatura era “buena”.

ENRIQUE MEDINA:

3º Simplemente, lo que estábamos diciendo al principio: se pone un sello a una literatura que no está mal ni está bien y me parece que es correcto, porque a mí particularmente me da lo mismo leer a Dostoievski que a García Márquez, leer a Cortázar o leer a Chejov. Es decir, a mí me interesa la literatura que sea buena y la que no me interesa pues la dejo de lado, pero no me pongo a leer una literatura latinoamericana con una atención más especial de la que podría poner al leer una literatura italiana, por ejemplo. Me interesa Moravia como me puede interesar García Márquez, me fascina Mailer como me puede fascinar Rulfo. Creo que este tipo de adjetivación es importante para los ensayistas, para los críticos, y creo que puede cumplir una función, una necesidad para el público, pero en mi caso no me interesa mucho. Van a quedar en la literatura latinoamericana Cortázar, García Márquez, van a quedar otros montones de aquellos escritores que estuvieron en el “boom” y otros que no estuvieron en el “boom”, eso no importa para nada. Recuerdo que Borges, cuando mencionaba, durante una charla que tuve con él cuando yo era cadete de la librería McKerns, donde me había metido para aprender inglés, una librería inglesa que quedaba en Sarmiento 525 y Borges iba ahí a comprar libros y ahí tuve la suerte de conocerlo y ahí le pregunté de eso –yo estaba entonces por una literatura comprometida y quería leer escritores, en fin, que me plantearan la situación social y toda la cosa; es decir, estaba como lector bastante equivocado, mal dirigido. Y entoncces yo le comentaba que a mí me hubiese gustado que él hubiera estado con otros escritores como los que admiraba en ese momento que eran los de Boedo, y él estaba en Florida, entonces decía: “Y a mí también me hubiese gustado estar ahí, lo que pasa es que eso se formó en una mesa de un bar para crear una problemática, una discusión que fomentara un poco la literatura. Entonces a todos los escritores los pusieron a unos de un lado y a otros por otro lado y a mí me pusieron en Florida. Y bueno, yo estaba en Florida y me tuve que quedar ahí, pero me hubiese gustado estar con los de Boedo”. Es decir, de esa manera se formó lo de Florida y Boedo. No era sí una cosa marcada, que se tenían bronca. No, tomaban café juntos, se divertían y qué sé yo, había una sola literatura. Y lo importante es que cada uno manifieste el mundo que conoce, lo que verdaderamente sabe. Y en la medida en que sea fiel a sí mismo y a su propia extracción social, ese libro va a servir. Por ejemplo, Manucho sirve, Bioi Casares sirve, Mallea sirve. ¿Por qué? Porque ellos presentan su propio mundo, presentan lo que conocen, no tratan de hacer demagogia con la literatura, entonces no hacen una literatura que ellos desconocen. Manucho jamás podrá escribir absolutamente nada mío y yo jamás podría escribir una sola línea de las que él escribía. ¿Por qué? Porque tenemos mundos opuestos, pero en rigor estamos unidos. Es el caso que me contaba Antonio Dibenedetti, con el que tuvimos una profunda amistad los últimos tiempos, a partir de su vuelta al país. Él incluso me escribió un prólogo para una edición de una novela mía que se llama “Transparente” en el cual menciona que había leído el libro mío “Las Tumbas” en la cárcel y me contaba que quien le había llevado ese libro había sido casualmente Mugica Láinez. Entonces eso a mí me sorprendió totalmente. Primero, que un escritor como Dibenedetti, tan fino, lea mi literatura y que quien le lleve ese libro sea Mugica Láinez. Entonces eso te muestra de pronto que para los verdaderamente escritores no hay divisiones, no hay rótulos. Ni policial, ni latinoamericano, ni realista, ni fantástico: Todos tenemos una tarea personal de desarrollarnos nosotros mismos, de conocernos, de tratar de investigar sobre cada uno de nosotros. Que eso, cuando es a la vez profundo y cierto y verdadero, nos ayuda a todos los demás. A mí por ejemplo, para encontrar mi espacio en la literatura, me sirvió leer toda la literatura de Victoria Ocampo, de Sur, de Mallea. Toda esa gente me hizo comprender que yo tenía que tomar el ejemplo de ellos. ¿Cuál es ese ejemplo?: Ellos hablaban de su mundo. Si yo quiero conocer el pensamiento ideológico, político, de una determinada época, leo los libros de Mallea y yo encuentro ahí y eso me sirve. Es incluso toda esa literatura una fuente de información . Entonces yo tengo que hacer lo mismo, eso es lo importante.

Una aclaración para el lector: Aquí, en principio, nuestro encuestado – el barón de Fogwill (revelándose como un endiablado “connosseurship” en la técnica del florete)–, intenta iniciar la tercera vuelta valiéndose de una conocida figura estilística empleada en esgrima, que ya pasamos a describir: Se trata de una diversiva, o estocada que se ejecuta después de quitar la del contrincante (¿nosotros?), infligida sobre su mismo quite. ¡Nos han asestado en medio del corazón! ¡Estamos muertos! ¡Ah!
–No satisfecho con ello, Fogwill arremete otra vez contra la música y la literatura latinoamericanas, relacionándolas con la política latinoamericana… ausente.

RODOLFO FOGWILL:

3º Tanto como la “adjetivación” impuesta a “connotación” en la fase interrogativa. Históricamente: algún sentido puede atribuirse a la producción de música latinoamericana, literatura latinoamericana, en relación con la ausencia de una política latinoamericana.

Parafraseando a Picasso –con las reservas de rigor– se podría pensar que al Sr. Luis Franco le interesa, más que la novela latinoamericana, la clase de hombre que tras de ella se oculta. Podríamos sintetizarlo con un proverbio –algo deformado por nosotros– : “El hábito latinoamericano no hace al monje latinoamericano”. O, –si se nos permite una comparación más osada– : “La mona por más que se vista de seda, mona se queda”.

LUIS FRANCO:

Aunque de modo indirecto –o por rebote– trataré de contestar sus preguntas.
1º ¿Cuántos espíritus logran librarse del espejismo histórico que impide advertir que las abstracciones y teorías en general, digo casi toda nuestra ideología religiosa, filosófica o estética, es hija de nuestro miedo zoológico a lo desconocido y finalmente un reflejo de los intereses de clase?
2º El hombre como especie es el más inteligente y fraterno de los seres y a la vez el más estúpido y bellaco, o sea, la criatura privilegiada por antonomasia, se ha trocado desde el alba de la aventura llamada civilización en el peor enemigo de su propia especie.
3º Ello ocurrió al bifurcarse en dos clases: la muy minoritaria de los que se apropian de los bienes comunes y empujados por el poder y la vanidad llegan a todas las violencias y aberraciones; y la innumerable de los desposeídos, condenados a trabajar para sus amos, deshumanizados por la fatiga, la humillación, el látigo y el ayuno. En realidad toda la llamada cultura o civilización fue puesta al servicio del orden parasitario. La sociedad no está organizada para el bien de todos, sino al revés: los pueblos deben inmolarlo todo en pro de la Religión y del Estado: propiedad de los amos.
4º Al complejo de cortesía lamerona con los de arriba, no escapan –si no es por excepción rarísima– ni los filósofos, ni los científicos o artistas en su mayor parte. Un sólo ejemplo basta: Aristóteles justificando la esclavitud en la Grecia democrática.
5º Las revelaciones de las cavernas de la edad de piedra y los restos de sociedades sobrevivientes de la misma, dicen que el hombre arcaico no fue el ogro de las leyendas sino una criatura ingenua y muy sociable, sin lo cuál no hubiera logrado subsistir como especie. Nace libre e igual a sus prójimos, tal como el resto de los hijos de la zoología. La barbarie, o real salvajismo, mejor, comienza con la civilización, cuando la casi total mayoría de los seres humanos pasan a ser “herramientas que hablan” como decía el eufónico Cicerón, Que lo digan hoy la Rusia de Lenin trocada en burocracia stalinista o la democracia yanki abortada en amo del mundo.
6º Creo que lo fundamental –excepto alguna actitud u obra excepcionalísima, si la hay– la de los artistas y pensadores de América Latina, no ofrece mayor diferencia con el resto del mundo.

La tercera pregunta lo sorprende a Rui Díaz fortaleciéndose en camposanto, pero juzga su posición lo suficientemente aventurada como para minar ahora a su enemigo desde sus mismas filas, a su juicio desde la tez enfermiza de sus soldados ¿Y se guardará aún Rui Díaz una ofensiva “ejemplar” para terminar?

LEONARDO RUI DíAZ:

3º La novela latinoamericana es latinoamericana porque habla de los sujetos que viven aquí, pero no es para nosotros. Los retratos de esos sujetos vacíos que soportan el mundo, que se mueren de hambre y se mueren de infección por no tener un antibiótico, no son un ejemplo, no pueden ser una literatura para nosotros, no nos va a permitir hacer otro mundo, modificar este mundo. A nosotros este mundo nos va a devorar, no vamos a sobrevivir en el mundo donde sobrevivir significa dejar algo –para un hombre significa dejar algo. Ese tipo de sujeto no deja un carajo, no deja nada a sus hijos y no se da nada a sí mismo. Este realismo latinoamericano es una literatura para consumir pero no es cultura. Cultura es no volver a cometer los mismos errores.
Ejemplos. Un ejemplo en Guillén (dice en un poema más o menos así):

El hombre tiene hambre
Hambre tiene el hombre
Hambre, hambre, hambre
Estoy plantando papa con esta azada
Con esta azada estoy plantando papa
Va a venir la inundación y no voy a comer nada
Hambre, hambre, hambre.

(Un hombre al que se le está por morir un familiar en un Macondo, pero aparece Guillén para poemizar el drama que nos fascina):

A Arcadio Buen Día se le están muriendo de una buena infección…

(Que con un antibiótico se le para)

… un hijo y una hija.

(Le vendría bien que este mismo sujeto se muriera de alguna enfermedad tropical, sería interesante. Entonces canta):

Mi hijo tiene calor
Calor tiene mi hijo
En su frente tiene calor
Si la Pacha Mama no le da la gracia
De fiebre se muere mi hijo
Se va a morir de fiebre.
4. CAMPUS STELAE (CAMPO DE ESTRELLAS).

Fiel a sí mismo, el encuestado Sr. Abelardo Ramos no imagina otras vías de expresión fuera de las que aparecen manifiestamente en las novelas latinoamericanas, sino el desarrollo de las llamadas ciencias humanas o del hombre. (Historia, psicología, sociología, etc.) ¿Por qué?

ABELARDO RAMOS:

4º El pensamiento político, la historia, la psicología, la sociología y la antropología se desarrollarán en algún momento hasta el punto de romper las limitaciones estaduales de los Estados “provinciales”. Entonces serán creadores y adquirirán una magnitud acorde con la gran Nación posible. La “cultura iberoamericana”, en todas sus disciplinas expondrá explícitamente lo que por mandato del arte es implícito a la novelística de América Latina. Por ahora, la novela resulta ser una adelantada de la conciencia nacional, respecto de las ciencias sociales.

Los horizontes de la novela latinoamericana son los horizontes de Enrique Medina. Aunque –aclara– eso no excluye su interés por otras “grandes” literaturas. Entonces, más allá de estos Pilares de Hércules reconocidos, ¿qué extrañas criaturas fabulosas, que nuevas formas descalabrantes para la razón, será capaz de captar nuestra fascinación? Si suponemos estar en el Culo del Mundo, ¿no nos impedirá mirarlas a los ojos y reconocerlas?

ENRIQUE MEDINA:

4º Primero, que la literatura latinoamericana no es la única literatura del mundo. Es un granito de arena en la gran literatura mundial. Y la literatura se enriquece con las mil y una propuestas que han aparecido y que aparecerán día a día. En la literatura mundial existen todos los géneros posibles y en la literatura latinoamericana también. Incluso novelas latinoamericanas son todas, todo tipo que nace en Latinoamérica y escribe una novela, punto, ya entra dentro de ellas, así que no entiendo muy bien qué es lo que quiere decir.
Los horizontes de la novela latinoamericana son amplísimos. Lo del “boom” sí que sirvió para que en el mundo nos descubrieran, ya que eran poquísimos los escritores que en el resto del mundo se conocían. No nos olvidemos que nosotros estamos ubicados en el culo del mundo. La Argentina no cuenta, no pesa para el mundo, incluso políticamente; los momentos más cruciales y más políticos, como son los que nuevamente llevaron la democracia a la Argentina, la lucha por los derechos humanos, esas son las cosas que más difusión han tenido en el mundo y que nos han hecho conocer un poquito más, amén del mundial de fútbol y ese tipo de cosas. No podemos pretender más, si nosotros mismos, por ejemplo, nos planteamos qué es lo que conocemos de África y vamos a ver que no conocemos un pito. Sabemos que ahí Tarzán alguna vez se colgó de un árbol, pero nada más. O sea que desgraciadamente el avance tecnológico es muy grande, pero el interés de las gentes, de las personas, es relativo. Yo viajé mucho en distintas épocas y qué sé yo, en la época del ’60 era conocida un poco la Argentina. Cuando vos decías Argentina, “¡ah, sí!” te decían, “¡el Che Guevara!”, y entonces asociaban un poco, pero no de manera terminante. Y lo mismo con el tango, por supuesto. Y después más adelante Monzón, pero las referencias eran muy vagas. Por ahí estaba el Martín Fierro traducido, sí, traducido a dos mil idiomas, pero en una traducción digamos “de cajón”, para bibliotecas y nada más, no quiere decir que el público abundara o que todos fueran a leer el Martín Fierro, así que esas cosas son bastante sanata. Así que volviendo otra vez a esto, es decir que sí, que el “boom” sirvió para que con un poco más de tiempo depositaran los otros hacia nosotros en el aspecto literario; y entonces bueno, es evidente que la literatura de un Sábato, un Borges, un Cortázar, fue más tenida en cuenta que antes, ¿no es cierto?
RODOLFO FOGWILL:

4º Sí. Por ejemplo, la poesía o la práctica filosófica.

Sí, pero por ejemplo, ¿qué poesía, qué práctica filosófica?
LEONARDO RUI DÍAZ:

4º Yo creo que América Latina todavía tiene que hacer su modelo. Esta novela para los otros o para ciudadanos cosmopolitas no es una cosa seria. Todavía nosotros tenemos que edificar una cultura que nos permita crecer y no vamos a crecer en tanto que los héroes de nuestras novelas siempre sigan siendo sujetos que se mueren de hambre o que se mueren de infección porque no somos capaces de producir un antibiótico. Nosotros tenemos que hacer una novela de un sujeto heroico que un día en un laboratorio en Macondo, trabaje en un antibiótico. Héroes de exaltación y no una literatura de esclavos (nosotros lo que estamos exportando son visiones de la calidad de esclavos que somos). Incluso el Martín Fierro, qué ejemplo podemos tomar del Martín Fierro, a quien el Juez de Paz le viola a la mujer –bah, se la coje– porque él es la autoridad, y después el comandante vuelve a cojerse a la mujer de uno de estos sujetos, y después el sujeto se va. Este sujeto qué ejemplo de sujeto es, de sujeto con derechos, de hombre; sumiso a su suerte de autoridad divina –porque el Juez de Paz es representante de algún poder y el comandante también de otro poder; ¿de dónde viene?: de su sable o de donde sea. Hay textos por ahí que Martín Fierro no sabe leer y que el otro no sabe leer. Y el Martín Fierro es un texto que por ahí los empresarios latinoamericanos todavía lo regalan como muestra de la literatura latinoamericana a industriales con los que mercadean productos del país. ¿Eso es un retrato para exportar o eso es un retrato para nosotros? ¿Eso es ejemplar para nosotros, un sujeto que no tiene ninguna condición de hombre, que no combate por su lugar, que no combate por su derecho? Lo basurean y se va al desierto. ¿Es que no tiene capacidad para enfrentarse con el poder, para decirles a los otros que es hombre? No es un sujeto humano. El hombre se hace a sí mismo en sus producciones y en su valor de sí mismo. En las novelas latinoamericanas no hay ningún sujeto que se valore como hombre, con necesidades y con derechos. Les toca la pena de vivir en la miseria porque hay un Dios, la Pacha Mama, etc., ¿y él qué hace por sí?, no hace nada. ¿Y el escritor que escribe sobre él? ¿No ve en él ninguna inquietud de modificarse como hombre? Hasta ahora la literatura latinoamericana lo único que ha mostrado ha sido esclavos, que en el establo de los esclavos, adoran dioses de esclavos y vírgenes de esclavos. No hombres que peleen como hombres y se edifiquen como hombres.

El retrato de una literatura de exaltación, ¿finalmente alcanzaría a definir, por medio de algún procedimiento, los contornos en filigrana de una “literatura didáctica-moralizante”? ¿Y quién se reflejaría allí?
(*) “¿La novela latinoamericana es un género falso?”, encuesta publicada en «Rosalinda de la Cueva –Boletín del grupo surrealista del Río de la Plata-», nº 2, Buenos Aires, abril de 1987 (págs. 7-13). Moderadores: Luis Álvarez y Juan Carlos Otaño.

“Después de un largo trecho…”

16oDespués de un largo trecho, me encuentro en un compartimiento de tercera clase donde hay otros viajeros que distingo mal. A punto de dormirme observo que las sacudidas regulares del vagón escanden una palabra, siempre la misma, que suena aproximadamente como Adéphaude . El adéphaude, es una piedra preciosa amarilla que veo apoyada en el portamaletas junto a un paquete muy mal hecho, envuelto en arpillera, sobre el que una etiqueta del ferrocarril lleva esta inscripción: Rodas 1415, lo cual es un error, de eso estoy convencido. Me resulta imposible recordar la batalla en cuestión, a pesar de que interrogo, uno después de otro, todos los portamaletas a bordo de este interminable pantanal que atravieso con el aspecto de un vagabundo. He llegado a un compartimiento de segunda clase. Constato en mi fuero íntimo, sardónicamente, que hay ahora dos paquetes en el portamaletas, y que llevan la mención: Rodas sin fecha. En ese momento, descubro en el rincón opuesto, a una joven dama hablándole agitadamente a un compañero, en principio invisible, que podría ser yo mismo o algún otro lejano antepasado de una cierta dama Carnegie, que pienso haber conocido durante mi infancia. La joven dama se encuentra vestida con gran elegancia. No llego más que a captar algunas palabras de la conversación: «A falta de laca…»Se trata evidentemente de paquetes que en efecto tienen un aspecto extraordinariamente desgastado. Giro mis ojos hacia el interlocutor de la dama y me doy cuenta de que está cubierto con una armadura que lo oculta completamente. Me levanto indignado. A mis pies se encuentran los restos de una colación fría. La dama se seca las manos con un pañuelo de encaje. Estamos en medio del campo, cerca de una pendiente. Es el atardecer en la batalla de Marignan.

En las Fronteras de lo ilimitado

Si se quiere encontrar una significación en el hombre es necesario buscarla en el amor. Pero en esa simultánea afirmación y negación de sí mismo que revela la trayectoria del hombre en la historia, pareciera que casi sistemáticamente rehusara asumir esa significación.

El amor representa la expansión del ser, ese es su único y profundo sentido. Por eso el amor vive el las fronteras de lo ilimitado. La fuerza que mueve esa expansión es el deseo. El amor, gracias al deseo, ilumina al mundo con colores cambiantes.

El hombre como individuo vive recluido en sí mismo: su estado esencial es la soledad. El mundo que lo rodea es hostil: lo rechaza hacia su soledad; pero en sí mismo el hombre encuentra las fuerzas que lo liberan. La tentación y el deseo son las fuerzas motrices del amor que lo conducen a lo maravilloso: la participación en el mundo.

En el amor se resuelve el misterio de la creación: crear una imagen de sí mismo que sea distinta de sí mismo. Repetirse en lo distinto, ese es el verdadero sentido de toda creación.

Surgió la familia como espontánea organización del sistema del amor. En la pareja y en los hijos (aspiración de la continuidad en la repetición de lo distinto) parecen cumplirse las exigencias del amor tanto desde el punto de vista biológico como desde el metafísico. El amor en la pareja es la culminación de la unidad de materia y espíritu. Representa la unión de las dos porciones del mitológico andrógino, de esas dos mitades que son soledad mientras no se reunen, y que una vez unidas, no sólo se completan, sino que crean, a imagen de sí mismas, lo distinto.

La idea de una familia armónica que incorpora al mismo tiempo, por un lado los valores del hombre como individuo, y por el otro su capacidad de despersonalizarse en el amor, su proyección en el otro, son hoy una excepción casi total. Una familia armónica deja de ser una familia standard porque en ella funcionan las particularidades individuales en toda su plenitud, exaltadas por la comprensión y la reciprocidad. La familia armónica representa la consolidación del amor.

Pero hay que reconocer que esta función ideal de la familia, esta razón de ser esencial, no ha podido cumplirse nunca en su cristalina pureza. Porque la familia también constituye el amparo de dos seres que se completan y crean en medio de un mundo hostil. Desde este momento se agrega a la función del amor la función del interés. La familia es el amparo que busca un hombre desamparado en una sociedad que tiende a eliminarlo. Desde ese momento la familia representa a la vez la lucha contra la soledad y la lucha contra el desamparo.

En la historia de la humanidad la organización de la familia ha sufrido variaciones dependientes siempre de su función utilitaria en relación con las diversas estructuras sociales en las que le ha tocado actuar: colectivización del amor en las sociedades totémicas, familia poligámica centrada en la sociedad paternal, y la familia monogámica en la familia occidental y gran parte de la oriental. La familia monogámica sería, de acuerdo con las premisas anotadas sobre la función del amor, la asociación ideal: el ser parcial que busca su mitad para completar su ser. Pero la familia en el mundo civilizado padece la versión sacramental del matrimonio impuesta por el cristianismo, que es todo lo opuesto a la idea sacramental del amor. Esa versión no tiene en cuenta para nada el amor, lo que se revela en el tabú del erotismo. Como dice Georges Bataille: “En el cristianismo el carácter primitivamente sagrado del erotismo dejó de aparecer”.

La unión de lo espiritual y lo carnal encuentra en el erotismo su expresión suprema. El amor, al sufrir la mutilación del erotismo, se convierte en una abstracción. La familia constituye finalmente la caricatura del amor. La pareja y los hijos como representantes del amor cabal nada tienen que hacer con la institución del matrimonio, aunque a veces la soporten como una cárcel inevitable. El matrimonio como institución es una sociedad arbitraria al servicio no del amor sino de un juego de intereses.

De ahí que en el matrimonio, como amor institucionalizado se pretenda la mezcla de lo incompatible: el amor y el interés, mezcla en la que predomina siempre este último. Algunas estadísticas recientes dan como motivo del 90% de los matrimonios una simple asociación de intereses, y esto no puede asombrar a nadie. Agreguemos que en esta proporción se incluyen la gran mayoría de los matrimonios que aparentemente responden a una libre elección, la que, por razones obvias, se inclina casi siempre hacia el peso de la conveniencia.

La sociedad busca en la estructura y consolidación de la familia la seguridad para la propia subsistencia. Y para el logro de este objetivo se modifican los más rigurosos principios morales. Las hijas de Lot emborracharon a su padre para acostarse con él; y la razón fue la posibilidad de reproducir y continuar el linaje (Génesis, Capítulo XIX). De este modo, cuando conviene a los intereses de la sociedad, el incesto no resulta reprobable.

Pero hasta el amor mismo sufre una deformación provocada por el absurdo mecanismo de la familia convencional. El consorte constituye una propiedad inalienable, con lo que el fundamento del amor, que es la libre participación, queda destruido. En el matrimonio se llama amor a esa atadura a la “cosa” poseída. Los seres humanos se convierten en “cosas poseídas”. Resulta así la familia el más claro reducto de la esclavitud. Para agregarle un tinte abyecto, la esclavitud se justifica mediante un presunto código moral que institucionaliza la hipocresía.

La idea de posesión que rige en el matrimonio es la más sórdida desfiguración del amor. Aún el amante que dice: “Eres mía”, enuncia desde ese momento la negación del amor. El amor sólo tiene sentido en la libertad. La unión libre es la única forma de relación en la que puede sustentarse el amor verdadero. Pero la unión libre, basada en la noción de amor único (las dos partes se completan), es lo más opuesto que pueda existir al llamado “amor libre”. Este arrastra permanentemente la angustia de lo incumplido, peor aún: la pérdida perpetua del amor, la nostalgia del alejamiento cada vez mayor del ser amado, la incapacidad para completar su destino en el otro.

Amor y cadenas sólo dejan subsistir finalmente las cadenas. Y aún en esos excepcionales matrimonios armónicos, ¿no es dable presumir que su armonía sería superior si no tuviera que tolerar las absurdas cadenas que le impone la sociedad como precio (o quizás como castigo) al amor? De todo esto se deduce que la institución del matrimonio resulta la verdadera enemiga de la familia armónica.

Esta situación antinatural de la familia como institución determina en su seno la reacción explosiva de los instintos naturales. La vida en común convertida en la esclavitud en común, provoca una exaltación de la fuerza vital que alienta en el hombre y que busca salida de cualquier modo: el adulterio, el incesto, las perversiones, constituyen un volcánico sistema de circulación interna, apenas oculto por la epidermis de la hipocresía.

Sobre la base de la hipocresía se sostiene todo el andamiaje endeble de la familia, con su trama de tabúes, de prohibiciones. Pero detrás de ella estalla la cólera, manifestación violenta del amor reprimido. La cólera es un producto del amor. El odio es lo opuesto, su negación total. La cólera es una de las manifestaciones del fuego restallante del amor. Bien lo supieron los místicos que ponen al lado del amor divino la cólera divina. La cólera, como el amor del que proviene, arrastra el calor de la vida. El odio, en cambio, arrastra consigo el frío de la muerte. Esa cólera amorosa no sólo es la salida explosiva del amor verdadero sino que al mismo tiempo reivindica los derechos inalienables del hombre como individuo, que de ningún modo pueden ser enajenados por el grupo, sino que deben ser absorbidos y exaltados por él.

Es Sade el que ha sacado a la luz toda la sed de destrucción en que se transforma la sed de vida que aqueja al hombre. Las cadenas de la hipocresía no pueden contener ese inmenso rugido que toma la forma de una antimoral. Este es el aspecto que adquiere en el hombre esclavizado la lucha por conquistar sus derechos como ser libre. La antimoral de Sade es la insurrección en busca de una moral natural y humana en oposición a la amoralidad degradante que se cubre con el manto de la hipocresía.

No hay duda que el amor es una exigencia perpetua que pretende de los partícipes una perfección cada vez mayor. Todo el cúmulo de concesiones a que obliga la sustentación de la absurda estructura de la familia va minando esa ansia de perfección. De allí el resentimiento que crea la convivencia, esos crecientes reproches por la mutua defraudación.

La familia exhibe hoy su estructura arcaica vestida de valores morales fosilizados totalmente opuestos a los valores morales naturales. Acorazada en esa moral perimida intenta resistir en un mundo al que es totalmente extraña. Detrás de su aparente estabilidad está corroída por dentro. Un habitáculo de ruinas recorrido por una nervadura de vilezas que reemplaza la trama cálida del amor, y en la que el elemento de unión lo constituye la total renuncia a los derechos del individuo, hasta un extremo tal que, en gran número de casos, el odio sustituye al amor como argamasa de la familia. La dignidad del hombre se ve mansillada y cede el paso a la indignidad al servicio de la abyección.

Sin duda no es de hoy que la familia atenta contra los derechos del amor.

Respondiendo siempre a su carácter de célula societaria, se ha visto obligada a actuar en función de los intereses de una sociedad que no le da nada pero se lo exige todo. En primer término le impone leyes que rigen su destino: debe ante todo constituirse en “familia legal”, sin lo cual carece del menor derecho a la existencia. Pero esas leyes que la rigen, como todas las leyes, parecen haber sido instituidas para dar armas legales a los canallas. Frente a la criminalidad “legal”, que al amparo de las leyes inficiona la sociedad, ¿qué puede significar la minúscula proporción de criminalidad ilegal, única perseguida por la justicia oficial? Para los justos el estado representa la organización del desamparo. ¿Qué papel podría corresponder al amor en una familia que funciona en una estructura social injusta? El desamparo para el justo, el amparo para el canalla, tal es el basamento de cualquier sociedad organizada para el goce del poder, cualquiera sea el modo como se llegue a ese poder. Si consideramos ahora que sólo el justo, el hombre integral, es capaz del amor verdadero -el amor que da y no exige nada- comprenderemos por qué la sociedad y su representante el estado se oponen al amor.

Aunque, como hemos dicho, no pueden considerarse productos de la sociedad actual los desaciertos de la estructura familiar, no hay duda de que la sociedad tecnológica en que vivimos los ha puesto en evidencia. La estructura social ha cambiado: el mundo tecnológico se alimenta por igual de los dos sexos. Esto determina la independencia actual de la mujer opuesta a la dependencia que imponía la estructura del matrimonio hasta hoy. Vivimos en esta era tecnológica a la que el hombre todavía no se ha adaptado. La situación del hombre, muy a la zaga del progreso técnico, ha creado profundos desajustes. Su único modo de adaptación ha consistido en renunciar gradualmente a sus propiedades fundamentales como ser humano. La era tecnológica deshumaniza al hombre. Desde el punto de vista de la estructura social la manifestación más visible es la hipertrofia monstruosa de un elemento que ya arrastraba como un cáncer la estructura del estado: la burocracia. Esta consiste fundamentalmente en la organización de una rutina para la destrucción del libre desarrollo del hombre. La burocracia en lugar de cumplir la función para la que parecía creada, la de facilitar los carriles para el desarrollo de la compleja actividad social moderna, representa la eterna demora, el sistema de férrea procrastinación, en el que todo queda suspendido en el borde de la nada. La tecnología creada para servir al hombre, resulta en realidad un absurdo aparato que se sirve del hombre, lo esclaviza, lo mecaniza, lo reduce, lo desvitaliza. La familia, en una sociedad tecnológica queda reducida a la burocracia del amor.

Frente a tantas dificultades resulta incomprensible la persistencia de la familia convencional. Residuo de una organización tribal, ¿a qué se debe el interés por sostener una familia anacrónica? Muy simplemente puede decirse que se debe a razones de estado. La familia es la base del orden establecido y sobre ella se sustenta el poder. La familia cumple la función de contrarrestar la acción explosiva del amor que sólo vive en el ámbito de la libertad. La estabilidad y rigidez del desamor contra la fluidez y movilidad del amor. Pero la sociedad necesita cubrir las apariencias, y en esa estructura cuyo fundamento es el oprobio, las palabras amor y libertad circulan profusamente como las metas esenciales. Así un lenguaje envilecido propicia la incomunicación a través de los medios masivos de comunicación que utilizan los detentadores del poder.

La familia constituyó siempre un grupo económico y en un comienzo los hijos representaron una multiplicación de brazos para la explotación de la tierra o la creación de productos. Entonces tenía sentido la frase: “Cada hijo llega con un pan bajo el brazo”, y no excluía la presencia del amor. Hoy, cada vez más pierde sentido esta frase, que se sustituye por la de: “Cada hijo es una boca más”. La familia, base del orden establecido, representa hoy una célula societaria profundamente carcomida. Por un lado, políticamente, es un elemento conservador, que trata de mantener inconmovible la estructura social, pero por otro lado su hipertrofia tiende a resquebrajar la seguridad de los privilegiados al crear el fantasma de la miseria. La economía familiar es la célula básica de la economía capitalista en tanto el núcleo familiar, además de su función de productor, sea consumidor de esos mismos productos. Pero en cuanto la avidez y la organización del privilegio dejan cada vez menos margen al productor, la posibilidad del consumidor se reduce hasta el límite del hambre, especialmente a medida que el crecimiento de la familia determina que muchos brazos resulten inútiles para la sustentación de ese privilegio. Entonces aparece como única solución la imprescindible necesidad de controlar la natalidad, que ya propician los estados fuertes, especialmente para los países pobres.

No es extraño que cada vez con más frecuencia aparezcan síntomas evidentes de la que la vieja y sólida estructura de la familia se descompone. Los jóvenes ya no toman en serio el vínculo del matrimonio. Las uniones legales fugaces, los matrimonios libertinos, y por sobre todo la gran difusión   de las relaciones sexuales extramaritales no dejan ninguna duda sobre el poco respeto que merece la unión familiar. Las relaciones entre padres e hijos también han cambiado fundamentalmente. Cada vez resulta más difícil la posibilidad de una familia armónica en una sociedad como la actual, profundamente desarmónica.

Y en este momento debemos decir que el grupo humano denominado familia, todavía está por nacer. Todo lo que ha sucedido hasta hoy son ensayos, bosquejos de una situación basada siempre en el error de que no es el amor el fundamento de la familia. Esa familia que está por nacer será regida por el amor verdadero. No ofrecerá la perspectiva de vivir en una cárcel, porque su ubicación natural estará siempre en las fronteras de lo ilimitado.

La bolsa y la vida

1suebajaNunca, como hoy, ha sido tan precario el concepto humano de la realidad .

Las experiencias deslumbrantes de la física actual nos demuestran claramente la arbitrariedad de nuestra concepción del universo y la caducidad de buena parte de las premisas consideradas hasta ayer como conquistas en el terreno del conocimiento.

En efecto, todo indica la existencia de una realidadulterior , profundamente oculta, cuya vigencia logrará tal vez un día, el fin extremo de todo auténtico creador: cambiar la vida.

El recurso del mito universal (generalmente referido a esquemas ético-sociales) parece ser el medio más eficaz de dar la espalda a la complejidad creciente del problema.

El artista es, en tanto que hombre, un generador de mitos en estado puro, pero no admite el traslado de los mismos a ningún tipo de sistema, ideal o ente arbitrario.

Los planteos económicos, políticos o sociales, acompañados por todo tipo de programa de acción, acaparan casi por entero la atención y el esfuerzo de la humanidad que deposita en ellos toda la ingenua esperanza de una supuesta “salvación”.

La pintura, como la poesía, rechaza la unificación del plano del conocimiento con las condiciones materiales de la existencia y se lanza a las aventuras prohibidas, arrasando con todo, desentrañando los signos de una nueva vida, en un terreno en el que toda materialización es magia.

En un momento en el que la vorágine político-social, a través de sus infinitas mascaradas, cretiniza ejemplarmente los espíritus aterrados, el arte se halla frente a un problema sumamente más dramático que la incomprensión del público, el problema de su propia conducta, de su responsabilidad frente a los progresos de la ciencia, de su validez definitiva o de su definitivo fracaso.

En 1958, después de las experiencias cubistas, dadaístas, surrealistas, después de Kandinsky y de Mondrian, como de Hartung o Mathieu, no habrá pintura en el sentido extremo de la palabra, mientras no haya una incursión en lo imprevisible, un apasionado deseo de revelación inaudita. Y esa revelación sólo será posible por medio de imágenes capaces de inflamarse al menor contacto con la vida e iluminar con su resplandor apasionado los tenebrosos fantasmas de la conciencia humana.

Frente a la degradación que implica la obra de una gran parte de los llamados “pintores del momento”, ese deseo de revelación poética, esa profunda desesperación de un espacio incesantemente amenazante, en cuyos puntos se encontrarán las coordenadas del deseo absoluto, constituyen un vívido testimonio de la voluntad de transgredir los límites de una supuesta “condición humana”.

La reputación indiscriminada de que goza la pintura “no figurativa” o “abstracta” bajo todas sus formas, se basa en el desconocimiento del hecho innegable de que una gran parte del abstractivismo actual, sólo es un signo de capitulación ante la realidad, del mismo modo -aunque bajo otra forma- que el realismo socialista.

Frente a tal mutilación, y por encima de las manifestaciones puramente decorativas que ni plantean ni resuelven problema alguno, un nuevo universo pictórico y poético extiende su zarpa sobre la conciencia de los creadores más auténticos del momento.

La existencia, en los lugares más distantes de la tierra, de pintores como Alechinsky, Arnal, Baj, Götz, Hérold, Jorn, Langlois, Matta, Georges, Viseux, Zañartú, etc., posibilita la concreción del centro neurálgico de una actitud común , cuyos alcances son imprevisibles.

Cualquiera sea la forma bajo la cual aparezcan los signos de esa actitud, el elemento motriz es el mismo: una entrega total, una participación desenfrenada en los tormentos de otra realidad, cuya existencia indiscutible quedará para siempre testimoniada sobre ese puñado de telas -cada vez mayor- que constituye el documento más lacerante y más vívido de nuestra época.

Encuesta sobre el amor

2AencbajaSi una idea parece haber escapado hasta hoy a todo empeño reduccionista, y, lejos de caer vencida a sus furores, ha enfrentado a los más grandes pesimistas, esta es la idea delamor , única capaz de reconciliar a todo ser, momentáneamente o no, con la idea de la vida .

Esta palabra: el amor , a la que bromistas de mal gusto se han empeñado en hacerla sufrir todas las generalizaciones, todas las corrupciones posibles (amor filial, amor divino, amor a la patria, etc.), es ocioso aclarar que aquí nosotros la restituimos en su sentido estricto y amenazador de adhesión total al ser humano, basado en el reconocimiento imperioso de la verdad, de nuestra verdad «en un alma y un cuerpo», el alma y el cuerpo de este ser. Se trata, en esta prosecución de la verdad que se encuentra en la base de toda actividad genuina, del brusco abandono de un sistema de investigaciones más o menos pacientes en favor y provecho de una evidencia que nuestros trabajos no hubiesen revelado y que, bajo una experiencia semejante, misteriosamente, un día se hubiese encarnado. Que lo que decimos ojalá sirva para disuadir de respondernos a los especialistas del «placer», los coleccionistas de aventuras, los exuberantes de voluptuosidad, por poco que se vean llevados a disimular líricamente sus manías, tanto como los depreciadores y «curanderos» del supuesto amor-delirio y los perpetuos enamorados imaginarios.

De los otros, de los que tienen verdadera conciencia del drama del amor (no en el sentido puerilmente doloroso, sino en el sentido patético de la palabra), es de quienes esperamos una respuesta a estas preguntas de nuestra encuesta:

I . ¿Qué suerte de esperanza pone usted en el amor?

II. ¿Cómo considera usted el pasaje de la idea del amor alhecho de amar ? ¿Haría al amor, voluntariamente o no, el sacrificio de su libertad? ¿Lo hizo ya? ¿Le haría el sacrificio de una causa que hasta ahora se ha creído en la obligación de defender, si, a su juicio, fuese necesario para no desmerecer del amor? ¿Consentiría en ello? ¿Aceptaría dejar de ser el que hubiese podido ser, si a este precio consiguiera la plena certidumbre de amar? ¿Cómo juzgaría a un hombre que llegase a traicionar sus convicciones para complacer a la mujer que ama? ¿Una semejante prueba de amor puede ser solicitada, concedida?

III. ¿Se concedería el derecho de privarse por algún tiempo de la presencia del ser que ama sabiendo hasta qué punto la ausencia exalta el amor, pero reconociendo asim ismo la mediocridad de un cálculo semejante?

IV. ¿Cree en la victoria del amor admirable sobre la vida sórdida o de la vida sórdida sobre el amor admirable?

L’Action Française , 10 de octubre

Se nos pregunta qué pensamos de «la idea del amor, única capaz de reconciliar a todo ser, momentáneamente o no ( sic ) con la idea de la vida». Pero, queridos muchachos, ¡nosotros no pensamos nada de eso, por la sencilla razón de que jamás hemos coincidido con esas ideologías!

Nos contentamos con vivir, para que sepan, y con amar… y tal es el paño de que estamos hechos que, muy confundidos nos encontraríamos, si tuviésemos que separar el dibujo de la trama… Para decirlo mejor, sentados en una rama, de ninguna manera experimentaríamos la necesidad de reconciliarnos con la idea de esa rama. La serrucharíamos, sin que una tontería semejante turbase, por otra parte, las santas Ideas.

L’Intransigeant ( Roger Vitrac ):

… Creo en la victoria de la vida admirable sobre el amor sórdido. ¡Oh! ¡perdón!

………………………………………………………….

¡Stendhal! ¡tu rama de pino!

Paris-Midi ( Nöel Sabord ), 14 de octubre

………………………………………………………….

¡Y bien! No, señores, cualquiera sea el sentido que ustedes den al amor, no pongo en él suerte alguna de esperanza. Es el más seductor de los sebos y el más tramposo, y dudo incluso que, bajo un signo semejante, podamos confiarnos en una finalidad cualquiera, por vaga que esta sea.

Pero terminaremos por saberlo todo.

Mientras tanto, es necesario sufrirlo todo, incluso el amor. Pasaré por lo tanto, como siempre ha hecho todo el mundo, sin saber ni el por qué ni el cómo, de la idea del amor al hecho de amar. No soy más astuto que los demás, ni ustedes tampoco. Haría por amor todos los sacrificios, inclusive el de mi libertad. Inclusive el de la más hermosa causa. Y sé que lo haría con alegría, como ustedes, como el primero que llegase.

………………………………………………………….

Comœdia , 9 de octubre:

La Revolución Surrealista abre una encuesta y trata sobre «la idea del amor, única capaz de reconciliar a todo ser, momentáneamente o no, con la idea de la vida». El cuestionario, publicado más adelante, testimonia la experiencia profunda, incisiva y a veces insidiosa del encuestador; sea lo que sea que se piense, si este último llegase a conseguir respuestas sinceras , las únicas que podrían contar, el conjunto de esta encuesta podría formar, como consecuencia, un libro de los más sugestivos que tal vez arrojase nuevas luces sobre este tema.

L’Eclaireur de l’Est ( Andhrée Huguier ), 5 de nov.:

¡Nuestro siglo no es el del amor sin miramientos, sino del amor grosero!

Y por lo tanto, la encuesta de La Revolución Surrealistarepresenta una enorme falta de actualidad. El amor «admirable» que opone a los amores de pacotilla, es actualmente una especie de curiosidad histórica, un motivo poético, un tema para la vitrina o el museo.

Y el mundo muere por la muerte de este amor. El mundo muere cuando pone en un mismo plano el amor, el abrigo de pieles, la calefacción central y el automóvil.

La respuesta a la primera pregunta de La Revolución Surrealista , entonces, es muy fácil de deducir: es necesario depositar en el amor una esperanza de salvación.

«El amor implica el desenvolvimiento del que ama». Tratar de limitar la actividad de quien nos ama, es hacer del amor una prisión. Es alimentar fermentos de disgusto y resentimiento y, en consecuencia, ponerlo en peligro.

Y la prueba de amor que consiste en «traicionar sus convicciones para complacer a la mujer que se ama» puede ser obtenida, pero jamás debe ser solicitada. Es una prueba de amor peligrosa, alrededor de la cual se cristalizarían los malentendidos. Sería un falso cálculo que partiese de un corazón mal enamorado.

En cuanto al «derecho de privarse por algún tiempo de la presencia del ser que se ama sabiendo hasta qué punto la ausencia exalta el amor», va sin respuesta, para no saltear el número tres de la encuesta, ya que es una broma, y de bastante mal gusto. El verdadero amor no conoce esos pequeños cálculos usurarios.

Es por ello mismo que el verdadero amor, «el amor admirable» como dice La Revolución Surrealista , debe triunfar sobre «la vida sórdida». De esta victoria resultan, de tiempo en tiempo, esas parejas perfectas, esos amantes magníficos cuyos nombres y recuerdo encantan nuestros corazones y nuestras imaginaciones. Alrededor de esas luminosas excepciones, bien que mal, la mayoría de los mortales se contenta, pensando que con todas sus deficiencias, sus confusiones, su frenesí, sus pequeñeces, sus mentiras, sus debilidades, sus tormentos, el amor es lo mejor que se tiene para consolarnos en esta vida.

L’Espirit Français ( Francis de Miomandre ), 1º de nov.:

De todos los movimientos literarios que se han sucedido desde mi adolescencia, ciertamente es el surrealismo el que más me ha interesado. Decirles por qué, sería largo, sobre todo porque permanece en este sentimiento una parte muy poderosa del inconsciente. De ningún modo nos gusta examinar lo que nos toca más al corazón. Pero lo que sé bien es que casi nunca he experimentado una alegría espiritual más perfecta, más irreflexiva, más profunda, que cuando por ejemplo leo los poemas que el Sr. André Breton ha publicado, hace algún tiempo, bajo el título de Pez soluble . Había en ellos, como en casi todo lo que hacen estos jóvenes: Aragon, Desnos, Eluard, Soupault, algo absolutamente nuevo, una tentativa desesperada de liberar a la poesía de todo lo que impide tomar vuelo, y de separarla para siempre de la moral y de la lógica. La imagen pura, tal como se presenta en el cerebro, cuando ninguna razón interfiere. ¡Libertad preciosa, planeando como en un vuelo! Es por eso que los surrealistas siempre se han mostrado tan curiosos de todos esos estados particulares en los que el espíritu funciona en el vacío, puramente para sí mismo, en un olvido total de las condiciones que le son impuestas habitualmente por las convenciones: por ejemplo, las del sueño… o la locura… o el amor.

Actualmente, precisamente, La Revolución Surrealista (que es el órgano de este movimiento) dirige a los escritores una especie de encuesta sobre el tema del amor. Se les pregunta lo que piensan, qué esperanzas ponen en él, cuáles sacrificios consentirían en hacerle, y si creen en su victoria sobre «la vida sórdida» de todos los días.

Por mi parte, admiro sincera y profundamente que se pueda plantear esta pregunta en una época como la nuestra, tan terriblemente comprometida con los intereses materiales ysórdida por este hecho mismo. Esto representa un gran coraje, el coraje de quien vuelve la espalda a la universal preocupación del dinero para mirar hacia otra parte. El amor, tal como lo consideran los surrealistas, el simple amor humano, no puede ser rechazado sino por una sola clase de hombres: los místicos. Y es necesario subrayarlo, en nombre de otro amor más elevado, más absoluto, más total, en una región en que se confunde completamente con aquello que los surrealistas estiman por encima de todo: la poesía. Salvo esta única excepción (que es muy rara) el amor humano, con todos sus errores, sus locuras, sus crímenes, permanece sin embargo como algo incomparablemente más noble y más hermoso que el resto de las preocupaciones humanas, por nobles que se consideren. Y es allí, también, que los surrealistas aciertan, al insistir sobre el lado «amenazante» y peligroso del amor. Allí también ellos se encuentran en su propio elemento. Porque, para los surrealistas, el amor es como su hermana la poesía, una «tentativa desesperada» de atrapar la verdad. Y es lo patético de esta situación a la que pretenden seguir siendo fieles, lo que los hace tan infinitamente distintos de los demás escritores, e infinitamente más interesantes.

Jules Rivet:

Si el hombre viviera normalmente, es decir en estado salvaje, sólo existiría la época de celo.

La época de celo es armoniosa.

Pero llegaron los poetas y los pintores, las gentes de mundo, los escultores, los guitarristas –toda la banda de enmierdadores– e inventaron esa cosa perfectamente ridícula: el Amor.

Ridícula en todas sus manifestaciones, incluidas las más corrientes: el madrigal y el balazo.

Jacques Baron:

Esto no me interesa. Ya tengo bastante con esos cuentos.

No quiero recibir nada de ustedes.

Clément Vautel:

Ustedes envuelven el amor con mucha literatura.

En realidad, el amor no es sino una deformación del instinto de reproducción. La naturaleza nos tiende el sebo del placer y, en el fondo, el deseo es puramente fisiológico. Digo «puramente», ya que no es puro sino lo que es natural.

Si se admiten estos presupuestos, las respuestas a sus un tanto complicadas preguntas, se vuelven fáciles de hacer.

No se sacrifica (no se debería) sacrificar una causa por una inclinación hacia un placer físico completamente egoísta.

No se renuncia (no se debería renunciar) a las posibilidades morales, intelectuales u otras, para embeberse de amor sentimental, no siendo considerado   el llamado amor sentimental sino como la hipocresía más o menos conciente del amor físico.

A su tercera pregunta, respondo:

Lejos de los ojos, lejos del corazón… y del resto. Se es siempre imprudente.

A la cuarta:

¿El amor admirable? ¿La vida sórdida? Pero si el amor es admirable, la vida de los amantes no puede ser sórdida… Resulta inimitable como la de Antonio y Cleopatra. Pero les falta mucha imaginación.

Luc Durtain:

«¿El amor?» Abordar un ser por un ángulo novedoso.

II.………………………………………………………… Existen convicciones más femeninas que las mujeres. Existen mujeres más estériles que un sistema para gente «bien pensante».

………………………………………………………….

III. ¡Qué pregunta de enamorado! ¡Cómo envidio al que la plantea!

IV. Pregunta formulada por quien, en el «vivir», no sabe sino «amar». Aquí, compadezco al que la realiza.

Fernand Marc:

………………………………………………………….

No existe sino un único amor: el amor canalla, en el que pongo todas mis esperanzas y que bien merece una parcela de libertad.

………………………………………………………….

Blaise Cendrars:

Yo pongo una única esperanza en el amor: la esperanza de la desesperación. Todo lo demás es literatura.

Mambour:

………………………………………………………….

Y por otra parte, díganme con franqueza, ¿qué piensan ustedes de esa causa que se ha creído en la obligación de defender, y cuyo sacrificio no representa sino un pelo de coño?

¡Y la traición por el mismo precio!

Creo, mis queridos amigos, que es urgente llamar por su nombre, científico o vulgar, a la flor de la polla.

………………………………………………………….

Pierre Renaud:

………………………………………………………….Afirmo que, para los verdaderos amantes, el suicidio es el comienzo de un poema maravilloso.

………………………………………………………….

Jacques Delmont:

I. Como una llave, como la de un piso prohibido al espíritu.

II. Como un arco iris.

………………………………………………………….

III. Sí, tengo ese derecho. Tengo sobre todo el derecho de sufrir.

IV. Realmente, no hay allí un combate.

M. G.:

………………………………………………………….

Desmerecer del amor sería el único crimen, la única cobardía, todo lo demás es discutible.

………………………………………………………….

Fernand Divoire:

Creo:   «en la victoria del amor admirable sobre la vida sórdida».

Espero continuar siendo digno de una línea que he escrito:Eres aquella que después de la muerte mi alma no deseará abandonar.

Quien realice cálculos en el amor para crear una pequeña ausencia «exaltante» es un imbécil, o se dirige a una imbécil .

………………………………………………………….

Una anécdota: Un día, hace mucho tiempo, un joven periodista respondió a su director: «Permítame que me niegue a escribir ese artículo hostil contra el general Boulanger. No puedo escribir en contra de un hombre que ha puesto el amor por encima de todo».

Robert Dubois:

………………………………………………………….

Se ve que no considero el amor más que impregnado por un vendaval de lágrimas de una terrible y jubilosa dulzura, y que el pasaje al hecho de amar se realizaría con menos dificultades que las que oscuramente esperaríamos encontrar en él, inmediatamente después de su realización.

………………………………………………………….

¿Las admirables mediocridades del amor admirable?

Si el amor verdaderamente lo es, las razones del amor son las únicas que valen. Y aún en un recodo semejante, sopla el viento de la perdición, el viento portador de semillas.

………………………………………………………….

Paul Ackermann:

………………………………………………………….

Para el amor 100%, para «el amor de apego total», la pregunta de ustedes es completamente inútil. Sólo quien duda entre dos supuestos amores (el pomposo sujeto de toda tragedia o toda «noble» novela) puede hablar de sacrificarlos. Ahora bien, ¿qué significa una causa que se quiere defender, sino un amor del tipo amor a la patria?

………………………………………………………….

Es necesario soplar para avivar el fuego, cuando éste se extingue porque la chimenea ha dejado de tirar. Yo prefiero demoler la chimenea.

¡Qué importan la victoria o el fracaso, en un campo de batalla devastado!

Laurens Van Kuyk:

………………………………………………………….

Para mí el amor es una religión, es decir el amor surrealista que concentra y condensa todas las fuerzas del cuerpo y el alma: los instintos, los transportes del corazón y de los sentidos, los factores espirituales –en la unidad del amor. Es el amor, real y universal a un mismo tiempo, el que se realiza en el hecho de amar.

………………………………………………………….

Devoro a mi mujer: los fieles de las principales religiones se han comido a sus dioses. ¡Oh, dejemos para la vida sórdida que se coman a su dios en la hostia! ¡Triste pasatiempo! ¡Yo devoro la tierra, la hierba, los árboles; devoro las nubes, los vientos; devoro a mi mujer en todas las mujeres, devoro en todas las mujeres a mi mujer, a todo el universo en mi mujer!

………………………………………………………….

Robert Desnos:

………………………………………………………….

¿Qué es eso de la idea del amor ? Conozco el amor pero no la idea con este nombre. Sin duda carencia de cultura filosófica.

Y más aún, ¿en qué sentido emplean ustedes la expresión «enamorados imaginarios»? Podrían haber dicho enamorados de mala fe, lo que no quiere decir gran cosa; pero no deberían confundir el amor y la imaginación, dos términos inseparables. En cuanto a las preguntas mismas, ¿cómo responderlas? El valor del amor radica en su espontaneidad. ¿Se pueden discutir preguntas que no son sino del momento en que se plantea la existencia, que no es del todo sórdida y que considero admirable precisamente porque sin la vida y sin haber vivido (perfectamente, y mierda para todos aquellos a quienes esto les choca) no existe el amor? ¿No es en ese caso el amor imaginario? Los cálculos y todo lo demás, son una pura insignificancia, pertenecen a la mierda. Tanto en el amor como en otras cosas, nada se calcula.

En definitiva, amo, soporto, hago el amor. No lo discuto.

Con mis sinceros respetos para todos ustedes.

Roland Penrose:

I. Esperanzas inesperables…

II. Sólo con el descubrimiento del ser deseado y las relaciones supervisadas por la inteligencia.

………………………………………………………….

Un hombre no puede nunca negar sus propias convicciones morales, ni siquiera para ganar el amor.

………………………………………………………….

A.Blancaymes:

I. Ninguna. Frente al amor como frente a la muerte, el hombre (y la mujer) se encuentran solos consigo mismos, con el brillante polvillo entre los dedos, solos frente a su obra, brotada de su interior, de su carne, de sus nervios, de su memoria.

II. Pregunta ociosa.

III. Reflexión hecha, tal vez impugnaría mi primera respuesta, que vale sobre todo metafísicamente.

IV. Discúlpenme por revolver la mitología clásica. Sísifo, Tántalo, las Danaides, son las únicas figuraciones valederas en el amor.

Claude Estève:

El amor no cede ante nada, nos impulsa a las mayores audacias, a todo se atreve. No me parece que un espíritu libre pueda sufrir otras limitaciones que no sean sino aparentes y pasajeras. Remontando el curso de una persona, puede inclusive llegar hasta su fuente.

No debo provocarlo, debo seguirlo. Nada de cálculos allí donde es preciso un prodigio.

«¿Y si quisiera acostarme con alguien a quien detestase?», pregunta una muchacha. Sagrado y subversivo frente a todo lo que no fuese él mismo, ¿el amor se prohibiría el sacrilegio? El amor se doblega ante la irrupción de su propio genio, mucho más que ante los constreñimientos de la vida sórdida.

René Char:

No para esa gran persona trabajadora, con la que me he cruzado sin conocerla.

Roch Grey:

La «esperanza» del amor en estado latente, en visiones geométricas, castas u obscenas: dos sombras en un beso eterno, bajo un cielo azul, o dos cuerpos yaciendo en fusión completa e incomparable en el fondo de una alcoba –esperanza que no abandona al ser humano, sino hasta el momento de su descomposición por la enfermedad o por la muerte–, constituyendo un vehículo mágico cuya andadura no se detiene ni ante los peores desafíos.

El pasaje de «la idea del amor al hecho de amar», acompaña las cualidades individuales de un temperamento que se despierta, excitado ante la vista de una hermosa muchacha, o de unos perros dramáticamente abotonados en una vereda, o de los nombres de los poetas pronunciados en voz alta y con exaltación, y muchas veces por la simple e ingenua contemplación de sus propias piernas demasiado perfectas, o de sus labios demasiado rojos sobre un cepillo de dientes– y amas, amas anticipadamente, presa de una alegría dispuesta a exteriorizarse sin demoras, ¡no importa!, sea frente a un ángel o al ser más miserable que exista sobre la tierra.

Jamás un hombre con su genio sometido, doblegado bajo el peso del sacerdocio y la responsabilidad, se atrevería a sacrificarlo a ese juego convulsivo, irresistible, puramente físico que es el amor –con el terror de no encontrar la divina explicación final en el umbral de la eternidad, incrustada en un escudo de diamante, que ayudase a vencer al temible adversario –a cara o cruz–, recostado en una cama de plumas de cisne.

Quien «llegase a traicionar sus convicciones para complacer a una mujer», antes de tomar esa decisión, debería practicar el onanismo hasta la extinción completa de todo deseo y, veinticuatro horas después, acalambrado pero lúcido, expulsar a la imbécil que quisiera aceptar una ofrenda semejante.

………………………………………………………….

Louis de Gonzague Frick:

I. Pongo la esperanza de una Revolución de a dos, esperando que los demás lleguen para sumarse.

II. Entre la idea del amor y hecho de amar existe la psicología de los Imponderables. Mientras la libertad no exista más que en estado embrionario, voluntariamente le ofrecería mi sacrificio a lo Inefable.

Les digo que consentiría en este sacrificio. Todo –salvo la guerra– por la certeza de amar y ser amado.

Traicionar sus convicciones, no; disimularlas me parecería la mejor diplomacia: ¡Seamos delicados!

III. Opto por la ausencia, si no fuese muy larga.

IV. Desde la muerte del mariscal, creo en todas las victorias…

Valentin Penrose:

I. Ninguna esperanza: la constatación de una imperfección irremediable, según la vida, de siempre tener que distinguir entre el sujeto yo y el objeto tú, y en el amor especialmente.

………………………………………………………….

II. Algo así como una densificación de la idea precedente, según una vertical que descendiese hasta completarse en el mundo de los hechos. Aunque el punto de llegada estuviese más de acuerdo con nosotros que el punto de partida, ¿se puede estar verdaderamente felíz de una creación, es decir pese a todo de una caída?

………………………………………………………….

Traicionar sentimientos, sí; pero no ideas, puesto que me estaría convirtiendo en juez de quien me acusara de venir a menos. Al ser el amor una verdad, tiende a contener todo lo que para mí es verdadero. Entonces, no hay que solicitar traiciones o retractaciones.

III. Se trata de un juego insignificante. Jugar con una verdad personal es ciertamente mediocre.

IV. Mientras nuestro amor esté de acuerdo con la vida, calcado de acuerdo con sus exigencias, tan bien que a veces llegase a transmitirla, no veo por qué resultase victorioso. Uno sigue a la otra, simplemente.

E. Gengenbach o Jean Genbach:

Se trata de saber quién es Ella . Pese a mis fracasos sucesivos y a las humillantes y ridículas situaciones en que me he encontrado, pongo más que nunca toda mi esperanza en el amor, y no espero mi verdad sino de la revelación carnal y psíquica de un ser que es y no sabría ser sino una mujer .

………………………………………………………….

¿Pero quién es Ella? ¿Dónde está Ella?

Victor Servranckx:

I y II. El amor pertenece al dominio de la maravilla, la quimera, la mistificación; es decir que nos llega, que puede (no puede sino) llegarnos desde esa dirección donde, de un espacio a otro, desde lejos, nos solicitan las cinco o seis grandes manifestaciones humanas verdaderamente dignas (¿dignas de qué, de quién?) o aproximadamente admisibles.

………………………………………………………….

III. Tiemblo, me estremezco en cuerpo y alma, ante los pasos perdidos del amor pisoteado; la aceptación del amor íntegro es la representación más salvaje, más conmovedora del heroísmo. Es la gran cabalgata; un galope que se extingue es un galope que vuelve a empezar. ¿Cómo podría juzgar? ¿Yo, precisamente? Ante un pánico semejante, pálido e irreconocible, no puedo sino testimoniarle muy humildemente mis respetos.

IV. El amor tiende constantemente hacia su llama más fugitiva, más abstracta, más pura; aunque a veces pueda llegar hasta mí, todo me lleva a no creerlo, demasiado dolorosamente persuadido como me encuentro por la innata infamia de los hombres, bajo las presiones de esta vida perfectamente hecha a su medida.

viene de página anterior…

Édouard Dujardin:

Admiro, en la definición que aportan del amor, una de sus tomas de conciencia más profundas, que hacen al honor del surrealismo.

La esperanza que se puede poner en el amor, es ésta justamente: reconocer encarnada en un alma y en un cuerpo la verdad que se persigue. Y si es así, sacrificar el amor, es sacrificar lo único de uno que guarda algún interés; el héroe que, en el mito clásico, se inmola a los pies de Ónfale, se sacrifica durante un tiempo (generalmente bastante corto, por fortuna) a lo que es contrario al amor. Pero por lo general, el hombre que «traiciona sus convicciones para complacer a la mujer que ama», no es ese débil Hércules a quien «el extravío de los sentidos» arrastra más allá de su verdad; por lo general no traiciona más que falsas convicciones, que no esperan sino la oportunidad para regresar a la nada.

¿Victoria del amor admirable o victoria de la vida sórdida? Allí está el problema; y tal vez sea ya extraordinario que se plantee en una existencia, que pueda discutirse.

François Ribadeau Dumas:

El amor, la única realidad en la cual nos arrojamos sin vacilaciones, con el cerebro hirviente de quimeras, con los sentidos desbocados, esperando en la nada.

………………………………………………………….

¿Traicionarlo todo? ¡Y cómo! Al galope. Otro mundo nacerá.

………………………………………………………….

Algunos esfuerzos desesperados compensan todas las cobardías. Con todo, se puede terminar con nobleza una pasión y guardar hermosos recuerdos. Conclusión más deseable.

Ciertamente, la vida sórdida conserva todos los prestigios. Desgraciadamente el amor no da de comer. Victoria al principio, caída después, y terrorífica.

He aquí la razón, querido señor, por la que el cine sólo hecho de imágenes, arrullándonos en su irrealidad, complace tanto a las multitudes. Valentino hace estragos. Por mi parte, le confieso, que la extraña felinidad de una Gina Manès me produce una pequeña sacudida. Sus ojos de otro mundo, su perfil de gavilán. Soy asiduo de los films en los que se proyecta. No la he conocido jamás. Su juego despierta en mí espectros desconocidos. Tal vez ella no exista.

Raison d’Être

En principio, consideramos la idea del amor en todo su alcance cósmico y, después, bajo sus diferentes claves . ¿Pasaje de la idea del amor al hecho de amar? Una proyección, una verdadera fecundación del ser. El fenómeno amoroso es paralelo al fenómeno poético. Existe una constante analogía entre el amor manifestado en lo universal y el amor admirable y sus humanas ramificaciones.

André Gaillard:

………………………………………………………….

II. No hay pasaje sino ruptura. Toda idea previa se deteriora, se destruye en el instante mismo en que aparece el amor, como un hecho inexcusable, injustificable, sin atenuantes. Quebrando cadenas, idolatrías, convicciones. «Haría usted…» Es sin duda vano hablar sobre el futuro, ¿pero no podría recordar que ese sacrificio de mi libertad, lo he llevado a cabo en circunstancias en las que nada podía prestarse a la confusión?

«El sacrificio de una causa…» ¿Qué causa? ¿Es que la causa del amor no es la más alta?

Finalmente, si un hombre traiciona sus convicciones para complacer a la mujer que ama –o más todavía, para defenderla, para servirla– es porque esas convicciones no merecían vivir. Hubiese sido justo que ellas fuesen demolidas por la fuerza absoluta de la pasión. Pero hay convicciones y convicciones, así como hombres y hombres. Si para no desmerecer del amor hubiese debido defender una causa infame, para tropezar con una de esas imposibilidades que sólo la cobardía imagina resolver con concesiones, me parece que sería la vida misma, en su totalidad, la que resultaría imposible. Pruebas de amor de esta especie no pueden ser ni pedidas ni obtenidas: deben ser suministradas espontáneamente, libremente, sólo bajo la luz moral de una total abnegación.

III. No. Una exaltación que para durar, tuviese necesidad de esas precauciones, de esos artificios, de esos cálculos, no tiene derecho a existir.

IV. Toda la voluntad humana, sus gracias y sus poderes, deben ser puestos al servicio del amor admirable para defenderlo de la vida sórdida que lo acecha despiadadamente en cada una de sus negligencias, en cada uno de sus abandonos. Crítica definitiva de la idea de felicidad.

Joe Bousquet:

Difícilmente se puede hablar del amor. No sé hablar del amor sino ante una mujer, extraña o no a mi corazón. Las palabras que él inspira viven de la vida de la carne: una carne muy joven, para la cual incluso es necesaria una cierta calidad de ternura.

Tal vez sea el amor todo lo que queda en nosotros de la infancia.

………………………………………………………….

Esto requeriría de todo un estudio. Porque la idea del amor, en lugar de verse encarnada en el hecho de amar, y limitada de este modo, comienza su vida como idea, remonta perpetuamente sobre sí misma en el hecho de amar. Existe allí un ejemplo único, y que nos lleva más allá de todo –de esa siempre posible interferencia entre lopensado y lo vivido . Un amor verdadero busca vínculos: tiene tras de sí la libertad. ¿La causa que me creería obligado a defender? Se debería saber cuál sería, y cómo se habría constituido la noción del deber.

¿Aceptar dejar de ser el que hubiera podido ser? Sí, y por mucho menos que eso. Por el placer de continuar siendo quien soy.

Creo que una verdadera convicción se hace carne en el amor, que ella es en nosotros una de las primeras cosas que se enamora, que la revelación del amor, al no ser sino una de las más altas revelaciones de nosotros mismos, no representa sino un desarrollo de nuestra convicción a partir de nuestros sueños.

Maurice Heine:

I. Ninguna suerte de esperanza. La esperanza es una debilidad esencialmente incompatible con esa fuerza que es el amor.

II. 1º El pasaje de la idea al hecho no puede realizarse sinobjeto . Es el encuentro con el objeto amable el que puede y debe determinar el hecho de amar. Salvo complicaciones, y asimismo salvo la ausencia del encuentro, origen de tantas inhibiciones, posesiones y misticismos, sin los cuales no existirían las novelas de amor. 2º El amor siempre exige el mutuo sacrificio de dos libertades. Tal vez su intercambio, más que su sacrificio. En todo caso, en el amor digno de ese nombre, la libertad no es lamentable ni lamentada. Esas banales generalidades no ganarían nada de distinguirse con una banalidad personal cualquiera. 3º y 4º El sacrificio de una causa hasta entonces ardientemente defendida no podría ser exigida en nombre del amor, a menos que esa causa fuera precisamente la negación del amor. Sade ha planteado los términos de este dilema en Augustine y Villeblanche. El sacrificio del amor frente a una nueva ambición es intolerable a menos que esa ambición, en sí misma, no sea sino la negación del amor. Este podría ser, de alguna manera, el tema de Polyeucte . En suma, el amor debe aceptar el ser en su totalidad y tal cual es, porque su función, en toda la medida de su fuerza, así parecería fijarlo. El amor no debe, como algunos imaginan, pegar alas o baldosas en nuestros tobillos Representa una vehemente tentativa por deificarnos. Eritis sicut dii . Sin aparecer por ello como un sucedáneo fastidioso, el amor sería al menos la divinidad, es decir el equilibrio –pero humanamente, demasiado humanamente inestable. 5º No juzgo a nadie, ya fuese hombre o mujer, que traicionase sus convicciones para complacer a un ser amado. Pero considero que esa persona, de ser complacida por untraidor , en su acepción moral, la única plausible del término, no estaría muy bien situada desde ese punto de vista. Admito que tal reclamo es habitualmente solicitado y en ocasiones obtenido, pero coincidirán conmigo en que, en un caso semejante, la IVª pregunta no tiene posibilidad de plantearse.

III. Reconozcamos a cualquiera el derecho imprescriptible a todas las privaciones, en tanto no comprometan sino al individuo y sean aceptadas por él con sinceridad, es decir que no sean el resultado de cálculo alguno, ni de una especulación, mediocre o brillante. En cuanto a la presencia del ser amado, comprendo la importancia que ustedes le conceden, pero cuidémonos, en nombre del amor mismo, de transformarla en una obligación (matrimonio, tiranía de los celos, etc.).

IV. La vida no es exclusivamente sórdida, ni el amornecesariamente admirable. ¿No se podría concebir una vida admirable por haber triunfado de un amor sórdido? No es menos cierto que la muerte del amor marca el fin de nuestra divinidad. Volveríamos a convertirnos en hombres y en cierto sentido, a menos que intentásemos volver a ser dioses, la vida sórdida habría triunfado. Pero el amor para algunos es efímero, y no les sería posible evitar en vuestro cuestionario, a pesar de su riguroso preámbulo, una respuesta que acaso el mismo Don Juan les formularía, amante miles de veces sincero.

J.H. Rosny:

I. Ninguna esperanza, me encuentro en el ocaso de mi vida.

II. Ya he hecho a mi único amor, que durará por siempre y no acabará sino conmigo, el sacrificio de una parte de mi libertad.

Digo único amor, ya que mis otros amores han sido de una calidad mediocre, sobre todo en lo que se refiere a la ternura.

III. ¿Puede amar a una mujer que le solicitase traicionar sus convicciones? ¿Acaso no llegaría a ser, por este hecho,tenida por menos ?

IV. Yo creo en mi amor, que dura y durará, y ha predominado sobre la vida sórdida.

Maxime Alexandre:

Deposito una esperanza inmensa en el amor, a pesar de que la vida misma se encarga de socavar esta inmensa esperanza. He amado a una mujer y ha desaparecido de mi existencia. Espero que en una segunda oportunidad todo se olvide ante el amor.

Me siento incapaz de concebir una idea del amor separada del hecho de amar.

Ya que el amor supone una igualdad completa real, la pregunta sobre la traición de lo que soy, de lo que hubiera podido ser, para mí no se plantea. No deseo libertad fuera del amor.

Pienso que mi vida, es decir esta abstracción definida por mi fecha de nacimiento y mi fecha de muerte, carece de sentido fuera del amor. Lo cual no significa, insisto, unaidea del amor .

Aragon

Me reconozco capaz de amar, pero no me reconozco capaz de esperar. Sin embargo, para evitar un equívoco que complacería a los puercos, diré que, en la medida en que la esperanza es una idea-límite y en la medida en que, en el límite, la idea del amor se confunde con la del Bien filosófico, deposito toda mi esperanza en el amor tanto como en la revolución, con la que, en este mundo-límite donde todo se confunde, ya no es de manera alguna discernible.

No me considero calificado para describir el tránsito de las ideas a los hechos, esa integración de lo abstracto en lo concreto, que, en todos los terrenos, es el mecanismo propio del devenir. Y, por otra parte, desconfío de los recuerdos personales. Este tránsito es, para mí, un hecho realizado.

«El amor es la única pérdida de libertad que nos da fuerza», esta frase que, recibida de quien más estimo en el mundo, resume todo lo que sé del amor. Si el amor exige el sacrificio de todo aquello que constituye la dignidad del hombre, niego que eso sea amor.

No puedo en absoluto privarme de la presencia del ser amado. Posiblemente eso sea una debilidad.

Creo en la victoria de todo lo que es sórdido sobre todo lo que es admirable y vivo lo mejor que puedo con esta idea ante mí.

André Breton:

“I. La esperanza de nunca reconocerme ninguna razón de ser fuera de él.

II. ¿El tránsito de la idea del amor al hecho de amar? Se trata de descubrir un objeto, el único que considero indispensable. Este objeto está oculto: como en el juego de los niños, se comienza por «frío, frío» y se acaba por «se quemó». Hay un gran misterio en el hecho de hallarlo. Nada es comparable al hecho de amar, la idea del amor es débil y sus representaciones arrastran a errores. Amar es estar seguro de uno mismo. No puedo aceptar que el amor no sea recíproco, y, por lo tanto, que dos seres que se aman puedan pensar contradictoriamente sobre un asunto tan serio como es el del amor. No deseo ser libre, lo que no representa para mí ningún sacrificio. El amor, como yo lo concibo, no tiene barrera alguna que franquear ni causa que traicionar.

III. Si llegase a calcular, estaría sintiendo mucha inquietud como para asegurar que amo.

IV. Vivo. Creo en la victoria del amor admirable.

Suzanne Muzard. ”

Ninguna otra respuesta distinta a ésta podrá ser tenida como mía. A.B.

Luis Buñuel

I. Si amo, toda esperanza. Si no amo, ninguna.

II. 1º   Sólo existe para mí el hecho de amar.

2º   Haría con gusto al amor el sacrificio de mi libertad. Ya lo hice.

3º   Haría al amor el sacrificio de una causa, pero eso es cosa de verlo en su oportunidad.

4º   Sí.

5º   Lo consideraría muy bien. Pero, a pesar de todo, pediría a ese hombre que no traicionase sus convicciones. Hasta se lo exigiría.

III. No quisiera separarme del ser amado. A ningún precio.

•  No lo sé.

René Crevel:

Los juegos del sexo, aunque funcionen más o menos bien, no pueden ser una salida para los que se complacen en ellos. Solamente el amor puede devolver su fatalidad a las existencias libradas a sí mismas. He aquí dos verdades de perogrullo, pero confieso que he debido, para llegar a conocerlas, aguardar al hecho de amar . No he pasado de la idea del amor al hecho de amar , pero me ha sido necesario el hecho de amar para tomar conciencia de laidea del amor .

En el amor pongo, pues, no ya la esperanza sino la convicción, la certidumbre jubilosa, de que recoge las sobras, las migajas de una vida dilapidada.

Sin duda en otra época hubiera preferido desempeñar el papel de un rubí reconstituido, pero, actualmente, el amor me ha vuelto tan soberbiamente egoísta que ya no puedo pensar en mí, tan al contrario de esos innumerables masturbadores –como confieso haber sido–, que se pasan la mitad de su tiempo dudando de su personalidad y la otra mitad escribiendo libros que comienzan inevitablemente con «yo».

Con el amor, se terminan los restos de la sensiblería, la carcoma de los minutos.

Su nueva unidad, para los ojos del ser, hará nítidas las cosas que en su confusión interior parecían vagas. Pero no para oponer el Amor y el Deber.

Siendo que el amor exalta la libertad, y aún lo inconsciente, no veo cómo puede hablarse de sacrificar la libertad al amor.

Considero también que, a partir del amor, un hombre no podría sentir el placer de la certidumbre de amar, si no estuviese seguro de parecer a la criatura amada el que está por ser, y, más plenamente, el que puede y, por lo tanto, el que debe ser.

Amarse es ante todo sentir orgullo uno del otro. Digo orgullo y no vanidad. Por eso no encuentro razón para que un hombre traicione sus convicciones para agradar a una mujer.

Ninguna mujer podría exigir esta prenda inadmisible sin desmerecer, en su más alto grado, del amor.

Incapaz de entrar en componendas, el Amor que a mi juicio se opone a todo galanteo, a toda representación escenográfica (del tipo de Las amistades peligrosas ), si es obligado a aceptar una ausencia, no podría calcular con ella, ni utilizarla para sus efectos luminosos.

Si el amor admirable ha iluminado una existencia, aún cuando fuese por un segundo, me es suficiente para declarar su victoria sobre la vida sórdida.

Paul Eluard:

I. La esperanza de siempre, suceda lo que suceda al ser que amo.

II. La idea del amor está, para mí, demasiado unida al hecho de amar para que pueda concebir el tránsito de una hacia el otro. Y amo desde mi juventud.

Por mucho tiempo he creído hacer al amor el doloroso sacrificio de mi libertad, pero ahora todo ha cambiado: la mujer que amo no siente ni inquietud ni celos. Me deja libre y yo tengo el valor de serlo.

La causa que defiendo es igualmente la del amor.

Una prueba semejante exigida a un hombre de bien, no puede menos que destruir su amor o llevarlo a la muerte.

II. La vida, en aquello que tiene de fatalidad, condiciona siempre la ausencia del ser amado, el delirio, la desesperación.

III. El amor admirable mata.

Max Ernst:

De acuerdo con el autor de la encuesta: la esperanza de reconciliación, momentánea o durable, con la idea de la vida.

II. Me siento incapaz de explicarme en esta cuestión mejor de lo que Freud ha podido hacerlo en su obra: Psicología colectiva y análisis del yo . (Traducción del Dr. Jankélévitch, página 66 y siguientes).

Un conflicto real (en el plano moral) entre el amor y la libertad no puede existir. Por otra parte, es indiscutible que a la libertad moral, realizable en nuestras relaciones sociales de todo orden, no puede corresponder sino un mínimo de no-libertad. Para vivir socialmente, miles de obstáculos (tales como el dinero, el polizonte de la esquina, la portera, etc.) restringen continuamente nuestras posibilidades morales. Para amar, ¡cuánto más voluntariamente sacrificamos una parte mayor o menor de nuestra libertad!

Con tal de que se defienda una causa auténtica (como la del surrealismo y la revolución), no puede haber un conflicto real entre mis convicciones y mi amor real. (O no amo, o mis convicciones no son mías).

Tengo entonces derecho a juzgar el partido que se tome, al traicionar el hombre sus convicciones para complacer a una mujer, de acuerdo a cómo juzgue la causa traicionada.

III. No, porque un cálculo semejante es mediocre (¡ustedes lo dicen!).

IV. Crean ustedes… Ya que se trata de una creencia, no puedo responder sino como un casuista: en mi caso, por ejemplo, ¡en el amor admirable!

Marcel Fourrier

1º No deposito más esperanzas en el amor que en la vida. Vivo, amo.

2º La sociedad burguesa en la que vivo no reconoce ni permite otra libertad que la libertad de propiedad. De allí se derivan todas sus taras. Egoísmo, individualismo, etc… cada uno viendo en el prójimo no la realización, sino el límite de su libertad personal. El amor tampoco escapa a esta limitación. Si soy revolucionario comunista, es para destruir esta forma de libertad burguesa y acceder a la verdadera libertad. El amor no es un mundo aparte en el cual me pueda encerrar –ni yo ni nadie. Como ustedes dicen, no desmerecería del amor, si le sacrifico actualmente una causa que debe liberar al hombre de los obstáculos de la sociedad donde inclusive el amor es un privilegio.

P.S. –Leí en un diario vespertino una respuesta a la encuesta de ustedes, de alguien llamado Vitrac. He ahí un magnífico espécimen de esa literatura policíaca que he denunciado en otros lugares. Verdaderamente, ese señor no ha perdido su tiempo. He escuchado el rumor de que, antaño, lo espiaba a André Breton.

Camille Goemans:

I. Solamente una mujer posee el secreto. No sé nada de ella, salvo que existe.

II. El pasaje de la idea del amor al hecho de amar, me parece que es el deseo.

No hago ni he hecho jamás, excepto en el amor, el sacrificio de mi libertad.

Ha llegado a suceder que el amor juzgue cruelmente a un hombre.

La certeza de amar lo empuja hacia aquello que puedo creer o pensar de mí mismo. La imagen que me represento de quien hubiese podido ser es muy débil en relación con una evidencia semejante.

Es verdad que una prueba tal puede ser reclamada a un hombre por una mujer, y éste hallarse en el caso de no poder rehusársela. Ambos son responsables ante el amor.

III. El amor admirable no se acomoda a cálculo alguno.

IV. La ruina de mi esperanza en el amor, entrañaría la ruina de todas mis esperanzas.

René Magritte:

I. Todo lo que sé acerca de la esperanza que pongo en el amor, es que no corresponde sino a una mujer otorgarle una realidad.

II. El tránsito de la idea del amor al hecho de amar es el resultado de que un ser aparecido en la realidad, imponga su existencia de tal manera, que se haga amar y perseguir ya sea en la luz como en las tinieblas.

Sacrificaría la libertad que se opone al amor. Cuento con mis instintos y con mi pasado, para hacerme posible este gesto fácil.

La causa que defiendo, estoy dispuesto a abandonarla, si es que ella puede corromperme frente al amor.

No podría envidiar a quien jamás hubiese tenido la certeza de amar.

Un hombre es un privilegiado cuando su pasión lo obliga a traicionar sus convicciones para complacer a la mujer que ama.

La mujer tiene derecho a solicitar una prueba semejante, y a obtenerla, si ello conlleva a una exaltación del amor.

III. No. Sería imponer límites, en nombre de la experiencia, a las potencias del amor.

IV. No se puede destruir al amor. Creo en su victoria.

Paul Nougé:

I.– Aquí se podría, como máximo, permitirse una alusión a alguna esperanza singularmente profunda y extendida, que se confundiese con el ser, hasta el punto de escapar a las distinciones, a las oposiciones que supone todo discurso.

Si por el contrario se prefiere hablar, parecería que la esperanza que se deposita en una cosa pudiese reducirse a la cosa que uno espera encontrar.

Del amor responderé entonces que nada espero. Nada que se debiera, a cualquier título que fuese, considerar como un efecto, consecuencia o resultado de este amor; nada que pudiera definirse fuera de él.

Y poner una esperanza, por vaga que ella sea (revelación, exaltación o extensión del ser, curación…), esperar algo del amor, sería verse inmediatamente reducido a esperar, a solicitar ese amor inclusive.

El amor no tolera ser explotado.

Jamás me he prestado a una maniobra tan miserable.

En cuanto a esa «filosofía del amor», que nadie se niega por completo a elaborar y de la que nadie escapa –sin duda por abordar la cuestión de los rodeos, para caer en juegos de palabras–, yo me permito desdeñar este ejercicio.

II. La falta de adherencia entre la idea y el hecho, adopta aquí un carácter de ejemplo transparente.

Con más exactitud, entre la idea del amor concebida fuera del amor, pergueñada exteriormente, con cierta indiferencia, y el estado de amor, ningún contacto real llega a establecerse.

Se trata de una especie de hechos paralelos que afirman su existencia en planos diferentes, cuyas figuras particulares, por seductoras o exaltantes que pudieran ser, no resultan menos incompatibles.

Aunque se sueñe con unirlas, no podrían sino anularse mutuamente; una desagregación total y casi instantánea excluye la posibilidad de todo compromiso.

Si una es paja, la otra es fuego.

Pero cada una puede ser paja o fuego, a su turno y según las inconstancias.

Que se acuerde experimentarlas, a la búsqueda de una piedra de toque, un «test» del amor, y podría suceder que esta confrontación resultase bastante significativa.

Pero, desde ya, no intentaría formular ni leyes ni reglas; sólo me referiría, lo más ingenuamente posible, a mi experiencia particular.

2º La posibilidad de una antonomia que opusiese, bajo cualquier circunstancia, el amor y la libertad, revelaría a mi entender un error bastante grosero, donde el amor no tendría lugar.

Sería tal vez excesivo afirmar que el amor excluye violentamente, que arruina las cuestiones mismas del problema de la libertad.

Sin embargo en mi caso, si es que amo, la cuestión de saber si este amor representa un obstáculo para mí, no se plantea jamás. Si se planteara, dudaría inmediatamente de mi amor. Al amar, nada he sacrificado, tal vez nada he ganado –nada he perdido.

Agregaría que veo con bastante claridad, cómo es que se puede pretender no encontrar la libertad sino en el amor.

3º Toda experiencia me parecería aquí insuficiente, apenas podría concebir este conflicto, y sólo bajo los rasgos dudosos de una abstracción que merece toda mi desconfianza.

¿De qué manera, pues, por el momento, podría concernirme un problema de este orden?

De este drama, sería singularmente delicado hacer una presunción sobre el papel que podría desempeñar.

Ignoro los límites de mi fuerza o mi debilidad.

Inclusive desconozco lo que entonces podría llamarse fuerza o debilidad.

4º Lo que soy, lo que seré, lo que he sido, lo que hubiese podido ser –poseo demasiado bien el sentido, y es necesario decirlo con toda claridad, la experiencia de la revelación, de la iluminación. Me siento completamente incapaz de juzgar, de cara a un fin que sea meritorio, las circunstancias de mi vida, mis avatares, para que me sea posible distinguir en el orden o desorden de esta vida, aquéllo que podría desviar o reafirmar su verdadero sentido.

No obstante, a decir verdad, me ha sucedido que lamentase regocijarme de tal aventura, de tal encuentro, de tal acontecimiento que me habría comprometido, y, en consecuencia, que hubiese ejercido un dominio sobre mí.

Me sorprendo pensando: esto está bien, es deplorable, es lamentable…

Por suerte, esta debilidad se supera rápidamente.

La certeza de amar… Creo saber (creo, como cree todo hombre sin duda) lo que por ello se entiende, lo que ello significa.

Debo afirmar inclusive que esta certeza no tiene precio.

5º Veo perfectamente que una exigencia tal, en el transcurso de los singulares intercambios que habitualmente mantenemos con las mujeres, se manifiesta.

Más aún: es aceptada o rechazada –se imagina muy fácilmente, a partir de allí, alguna tragedia, alguna farsa ordinarias.

Pero aún sigo creyendo que sería abusar del amor mencionarla en esta ocasión.

Jamás, en ciertas graves circunstancias, he soslayado la obligación de aplicar en un hombre semejante el juicio que me parecía conveniente, y de formular este juicio sin reservas, de tomar frente a los demás y frente a mí mismo, la siempre desgarradora, conmovedora responsabilidad.

Pero en este caso, me faltan conocer algunas excepciones bastante desconcertantes, bastante misteriosas, aún para mí.

Me bastará decir que sólo dejo de poder juzgar a un hombre, cuando sus actos me parecen encontrarse imantados por el amor.

No voy a determinar aquí cuál es la verdadera naturaleza de este impedimento.

A los sumo podría agregar que, obedeciendo al amor, ningún juicio que se me formulase y al cual inmediatamente no consintiera –salvo por una total indiferencia.

Por lo tanto, tengo el sentimiento de que no debo rendir cuentas más que de mí mismo.

III. Si llegase a semejantes maniobras, de las que, por lo demás, imagino bastante bien su alcance y su encanto, sé que inmediatamente me harían cuestionar el amor que comprometen.

En cuanto al desprecio a mí mismo que me acarrearían a continuación…

IV. Lo admirable del amor en el que yo creo es su capacidad para sostenerse en una vida común, por sórdida que ésta sea o se la imagine.

A. Rolland de Renéville:

Esa persecución, sin objeto definido, que me hace pronunciar las palabras «más tarde», ese destello que inconscientemente atribuyo a los minutos futuros y que me permite aceptar mi vida como un compromiso provisorio o una espera, en una palabra, mi esperanza completa, por poco que llegue a reconocerlo, es la esperanza del amor. Que una mujer, cuyas formas y apariencia se me figuren como la impresión carnal de un sello que mi espíritu no hubiese cesado de aplicar al mundo sensible, hasta el punto de hacerla surgir directamente a mi lado, irrumpiendo por fin en mi vida, y prisionera de mi propia creación, la dejase entonces actuar sobre mí, haciéndome ver el mundo, un objeto tras otro, con una luz desconocida, deviniendo un sistema de conocimiento , tal sería verdaderamente la esperanza que yo pongo en el amor. No es que considere el tránsito de la idea del amor al hecho de amar como el de lo absoluto hacia lo relativo, sino que, por el contrario, me figuro al amor como el único medio para hacer entrar, actualmente, lo absoluto en mi vida, para remontar vitalmente hasta la esencia de los fenómenos. Este sentimiento de mi identidad, junto a aquél cuya forma habría sido previamente definida, y después vaporizada por el amor hasta el punto de confundirse con todas las manifestaciones de la energía, me aportará precisamente la realización de esa vacuidad que persigo a través de tantas destrucciones.

Ya sea que no desee mi libertad más que para alienarla en el amor, que me sienta dispuesto a todo sacrificio en el amor, a abandonar mis más preciadas convicciones si me parecen incompatibles con el amor (¿no sería ese punto la prueba irrefutable de su falsedad?), no hay otra cosa en ello que las consecuencias de mi fe en el amor. No me reconozco derecho alguno, ni por otra parte capacidad para calcular, frente a este amor.

Si se conserva la palabra lujo con el sentido que, por ejemplo, le ha sido dado en estos versos:

No es todo allí más que orden y belleza,

Lujo, calma y voluptuosidad.

No creo que el amor sea posible fuera del lujo, ya que, en el plano moral, éste constituye su idea original. Cualquier vida, por sórdida que fuera, se iluminaría de un lujo implacable en contacto con el amor.

Sé que existen fracasos en el amor, pero no puedo concebir el fracaso del amor.

Marco Ristitch:

Creo que definitivamente me resultaría imposible desesperar del amor, aunque sólo fuese a causa de mi fe total en su poder magnífico y absolutamente único para transfigurar y exaltar la vida.

La idea del amor me pone, implacable, en una encrucijada, para encerrarme totalmente como en una armadura; para quedar, si por un instante solamente es retirada, quebrado y desarmado, pero temblando de orgullo y reconocimiento ante su gracia todopoderosa.

El hecho de amar comienza desde el momento en que esa Presencia, real e indudablemente, se encarna. Y si esa encarnación es al mismo tiempo, tal como yo creo, la encarnación de la verdad, de mi verdad «en un alma y un cuerpo», la cuestión del sacrificio deliberado ya no se plantea. Si jamás me he encontrado en el caso de hacer un sacrificio voluntario, o de no hacerlo, es porque no he amado de una manera suficientemente consistente. Bajo la luz del amor el hombre da su plena medida y se muestra tal cual es. No se podría entonces desmerecer del amor sin desmerecer de uno mismo, de la más alta realización de uno mismo. Y, puesto que los estragos de la idea del amor ya me parecen provistos de una perfecta justicia, ¿cómo osaría discutir las exigencias propias del amor? Si el amor es una necesidad absoluta, para dictar su sentencia, no toma en cuenta el consentimiento del hombre que ama.

Para un amor que no carece de ese carácter de necesidad absoluta, en el que la mujer amada no es solamente irreemplazable sino que ella nada reemplaza, y que por ello no puede ser evaluado con relación a cualquier otra cosa o persona, «traicionar sus convicciones para complacer» representa un cálculo que desprecio tanto, y aún más , como a otro cálculo cualquiera, en un dominio que es la negación misma de la deshonestidad y de lo premeditado.

Que me sea dado entonces jamás desesperar de la victoria del amor admirable y esencialmente moral .

Georges Sadoul:

I. El amor es mi única esperanza, sin él me mataría.

II. Es el “flechazo”. El hecho de amar lo cambia todo, la idea del amor como todo lo demás.

La libertad en el amor es amar; no es una cuestión de sacrificio.

Sacrificar la causa que defiendo sería, a mi juicio, desmerecer del amor.

No puedo llegar a ser si no es por amor.

Juzgo incapaz de amar al hombre que traiciona convicciones valederas y poco me importan las excusas que él se dé. Una traición semejante no puede ser solicitada sino en el caso de un amor sin reciprocidad, ¿y verdaderamente se puede llamar amor a lo que no participa de la eternidad?

III. En el amor no hago cálculos.

IV. La vida puede triunfar en el tiempo, pero el amor es siempre victorioso en la eternidad, su dominio.

André Thirion:

I. Desesperar del amor es llegar a volverse incompatible con todo lo que es humano, no poder entablar, con cualquier otra vida y particularmente con la propia, otros intercambios que los que impone la ignorancia.

II. Yo no concibo al amor más que porque amo, y porque creo a este amor imperecedero.

Sacrificar el amor a la propia libertad, al sostenimiento de una causa que se ha creído en la obligación de defender; aceptar llegar a ser aquéllo que se cree poder ser, renegando del amor, he aquí unas de las tantas formas que adopta la locura. Hacer al amor el homenaje de convicciones valederas, de aquello que se cree que es la libertad, de lo que se piensa que será la propia personalidad futura, he aquí otras de las tantas formas que adopta la bajeza. Porque hasta que la palabra libertad no tenga otro sentido que en su acepción social, sólo se es libre amando, y no es más que amando que una certeza deviene convicción, adquiere un valor. Serán las mujeres que conozcamos las que harán hombres de nosotros, es la mujer que amo y de quien soy amado la que hará de mí lo que seré.

Es seguro que el amor no tiene nada que hacer con el tiempo. Es así que me demanda, con todo su derecho, todos mis instantes, y esto es pedir bien poco. Aunque nada en mi actividad es concebible ni posible sin él, cualquier cosa que hiciese se opondría a su realización.

Puesto que es irreductible a la duración, el amor también lo es a la expresión de esa duración, es decir al cálculo. Buscar expresarlo en cifras, o por no importa qué otra combinación, no es solamente un signo de imbecilidad, sino de bajeza.

III. Si existe un hombre honesto lo bastante loco como para tener la idea de separarse de la mujer que ama, creyendo exaltante su ausencia hasta el punto de llevarla al mayor grado posible, yo le suplico renunciar inmediatamente a ese proyecto insensato. Su puesta en práctica me probaría simplemente que este hombre no ama.

IV. Todo lleva a creer que las diferentes actividades del hombre siempre se oponen a la realización del amor. En todo caso, bajo este régimen, la vida sórdida, es decir la edad, la organización social, el dinero especialmente, que el amor tendría todo el derecho de reclamar, terminará, a fuerza de llevarse cada día los mayores bocados, por destruir todo aquello que realmente une al hombre y a la mujer que se aman. ¡Es al menos lo que se podría pensar, a primera vista, porque un día se dejan para siempre, se dicen que aman a otra persona! Nada más falso, porque pese a todas las destrucciones, algo existe por encima de las apariencias en el dominio de lo real, que une para siempre a los amantes , que no puede ceder, como si estuviese ubicado más alto o en un lugar más profundo, tan inexplicable como el implacable determinismo que rige toda nuestra vida, una suerte de emoción intensa capaz, aún en los peores momentos, sin que nada lo haga prever, de reducirlo todo a la certeza de haber vivido, de vivir la inmortalidad, y que, más allá de la vida misma, asegurará siempre la victoria absoluta del amor admirable.

Pierre Unik:

Pongo en el amor toda la esperanza que puedo tener en los mejores instantes de mi vida. Un día espero encontrar una mujer cuyo corazón esté tan cerca del mío, que siempre pudiese pensar en ella sin pensar en mí.

La idea del amor no tiene valor sino en la medida en que pueda ayudar a un ser a reconocer al ser que ama. Una vez que este reconocimiento ha sido realizado, se destruye a sí mismo, para volver a nacer si el amor muere. La idea del amor también puede ayudar a un ser a perderse en el mundo, y ya es algo.

¿El sacrificio de mi libertad? ¿Pero cómo?

¿El sacrificio de una causa? No tengo ni idea, cualquier respuesta de mi parte, en este momento, me parecería deshonesta. Creo por lo demás que no se decide sino al pie del muro.

¿Quién hubiese podido ser, quién pudiese ser? Prefiero no saberlo. Pero la esperanza que se pone en el amor es lo único que impide que la vida sea completamente estúpida.

Me niego a juzgar a un hombre que traicionara sus convicciones por el amor de una mujer. En todo caso, si se equivocase, si verdaderamente no amara, eso sería imperdonable. Incluso puedo preguntarme qué clase de mujer podría exigir una prenda semejante. Una marrana o un demonio. No, absolutamente, no puedo juzgarlo.

La ausencia del ser amado es atroz, de cualquier manera. Mal cálculo. Sería preferible reventar.

Que en la vida sórdida pudiese penetrar el amor, ¡que victoria sobre la vida! Sin duda la vida dispone de tiempo para vengarse, pero las horas del amor son mucho más largas que el resto de la existencia.

Albert Valentin:

Me remitiré siempre al amor mismo –quiero decir a un amor concedido , aquél que por ejemplo actualmente experimento– tratando de definir la naturaleza de la esperanza que deposito en él. Cualquiera fuera la puerta que me abriese, de eso estoy seguro, sería completamente satisfactorio. Es una cuestión para maniáticos y charlatanes determinar de una vez por todas cómo se da el tránsito de la idea del amor al hecho de amar, puesto que en lo que a mí concierne, habitualmente, éste ha engendrado y formado a su imagen la idea del amor. Desde el momento que el amor está en juego, no hay libertad de la que tenga que ocuparse, ya que no existe libertad fuera del amor; de procurar una aventura pasional, incluso la más desesperada, sólo alguien que hubiese nacido para esclavo haría el inventario de los momentos perdidos, revelándose contra la servidumbre de la que se creyese sometido. No creo que haya en el mundo una sola causa en la que uno se comprometa, que no valga la pena de ser abandonada sin deliberación para no desmerecer del amor. Porque lo que concibo como el amor, no se degrada sino al contacto con las preocupaciones, no extrañas a él, sino menos elevadas y menos graves. Que se manifieste entonces, que reine, y que aquello que me induce a desaprobar no merezca ni debate ni pena. El que soy, el que podría ser, el que desearía ser, es nada menos que un hombre a merced de un rostro, de una mirada, y si en ello consiste mi ambición y mi naturaleza, no tengo por qué enredarme bajo otra condición, preferible o no, a la suya. Por una razón que ya he explicado, apruebo a la persona que llega a traicionar sus convicciones para agradar a la mujer que ama: una prenda tal no le tiene que ser solicitada, pues para él ya está implícita. No me referiré a otra cosa salvo a la idea de cómo el amor es concebido por mí, y a los sacrificios que implica su compromiso, y no podría hablar de sacrificio a propósito de un renunciamiento a las más vulgares certidumbres. Se ha visto que el amor condujese a la conversión religiosa, a la delación, al respeto por el orden: éstos pudieron creer que amaban, pero no amaban verdaderamente. Sólo fueron seducidos por el dinero o por cualquier otra siniestra satisfacción de interés personal.

Moralmente toda especie de ardid destinado a fortalecer el amor, a conducir hacia uno o propiciar el regreso de la mujer amada, me parece bastante irrisorio. Pero, en los instantes terribles, ¿quién de nosotros sabe discernir entre lo irrisorio y lo eficaz?

No me costaría nada, en la actualidad, creer en la victoria de la vida sórdida sobre el amor admirable, porque no me resigno a ella; e inclusive, si algun día me resignase, ¿qué significado tendría una victoria de esta naturaleza?

“La Otra Cara de la Luna”

ar20bajaCuando opino sobre los florilegios, cancioneros y ramilletes de coplillas inscriptos en la preceptiva tradicional -colecciones que aparecen entre nosotros con agobiadora frecuencia, mientras falta en el mercado un buen manual de paragüería-, no procuro sino ordenar cadáveres según su grado de descomposición. Los hay más o menos antiguos, más o menos elegantemente abandonados a la hinchazón mortuoria. Su contemporaneidad, si es que semejante categoría puede incluir simultáneamente a lo muerto y a lo vivo, consiste apenas en que se pudren ahora.

En cambio, cuando hablo de “La Otra Cara de la Luna”, me refiero al orden de lo vivo. Semejante ubicación constituye en estos tiempos un elogio.

Con este primer libro, que publica “Botella al mar”, Juan José Ceselli hace acto de estimable presencia en nuestra poética actual.

Las objeciones que creo necesario señalar en este comentario se formulan, pues, desde un plano muy distinto de aquel en que me sitúo para criticar los conciertos de pianola con que nos abruma la lírica al uso.

Ceselli se expresa liberando contenidos más profundos. Todavía en el estado de la búsqueda preliminar, ensaya un rumbo que puede llevarlo lejos: el automatismo.

Ahora bien, ese instrumento tan fecundo aparece en Ceselli emboscado entre procedimientos de índole retórica, e invalidado en parte por una falta de fe que se percibe en el fondo. La crítica rigurosa e instintiva que reclama el automatismo, no alcanza en “La Otra Cara de la Luna”, por lo general, calidad semejante a la de sus mejores hallazgos tomados aisladamente.

A menudo, la presencia de los elementos cotidianos en estos poemas queda en simple alusión a las cosas tal como las ve el realismo ingenuo, sin que aparezcan transfiguradas por el estallido de su núcleo inédito y sorprendente. En consecuencia, las relaciones establecidas entre conceptos en apariencia lejanos, no los conectan de manera instantánea, iluminando su oculto parentesco, sino que parecen buscadas y arbitrarias:

Los leones no sueñan con manicuras

El oasis se ha refugiado en el cajón de la pequeña mesa de luz

El buceo de Ceselli no siempre toca la hondura deseable. Por eso pierde el aliento en algunos párrafos extensos, que en vez de trasuntar el borboteo caótico del subconsciente, denuncian la carrera apresurada de ideas que se encadenan en un plano menos profundo, impulsadas por cierto ritmo externo del pensamiento:

Rieles de la pesadilla deslizándose a tumbos bajo las ruedas trepidantes de tranvías que trituran las piernas de un niño ebrio de mariposas

También cae en el error de proponernos el misterio de manera coactiva, antes que poética:

Y la máquina misteriosa del guarda…

Y coches misteriosos iluminados por dentro…

Yo te esperaba alta delgada misteriosa

Repito que, a pesar de estos reparos, y de otros que una pesquisa   más minuciosa podría señalar, “La Otra Cara de la Luna” me parece anunciar la presencia de un poeta, trabado todavía por su instrumento, cuyo ajuste encontrará sin duda insistiendo en el automatismo cada vez con mayor fe y rigor.

“La botella ociosa” (Que la vida descargue sobre el infinito sus roncos timbales), “Sentimiento de culpa” (El topo sobre mi cama hunde sin piedad sus dientes de plata en mi corazón), “Los adulterios” (Llamando entredormidos a la desconocida mientras abrazamos a alguien), “Aquel viejo ropero”, “El cauce” (Hora en que el cariñoso dueño de la calesita le enseña a la niña rubia palabras y prácticas obscenas), “La boca líquida” (Has perdido la blanca llave sobre la boca muda del polvo) y “La Gaviota Hechizada”, son a mi entender los mejores momentos de “La Otra Cara de la Luna”.

Ellos abren el paréntesis en que la obra de Ceselli queda incluída a partir de este momento, a la espera de nuevos trabajos que permitirán trazar su perfil con mayor nitidez.

Historia de una amistad

Entre sus numerosos ensayos, el autor de este artículo ha escrito varios estudios sobre la excepcional obra de Enrique Molina, quien muriera el 14 de noviembre de 1996 y es considerado uno de los mayores poetas de nuestra lengua. Originalmente fue publicado en esa fecha por el diario El Tribuno.

Heidegger, en sus cursos sobre Aristóteles, enseñaba que el filósofo de Estagira había nacido y había muerto, para subrayar que lo importante en la vida de un hombre es sólo su obra. Tal vez esto sea cierto para el pensamiento especulativo, analítico, secuencial, pero indudablemente no lo es para la poesía, que se construye sobre una encarnadura existencial donde vida y obra se confunden. O en otras palabras, menos afines al romanticismo alemán, algunas obras poéticas se elaboran desde una disposición vital que tiene que ver con la forma en que el hombre se encuentra sobre la tierra.

Enrique Molina perteneció a esa estirpe para quienes la vida es algo que vale la pena ser vivida, en tanto aventura y con todo lo que ella tiene de azaroso. El se situó, frente a “la belleza demoníaca del mundo”, con el permanente asombro de estar vivo, siempre deslumbrado por los dones de la tierra, pues “extraño fue vivir,/ penetrar en la noche, amanecer/ al amor, el olvido”, para concluir “no sé dónde he estado”. En otro de sus poemas nos dice: “como si nadie supiera jamás junto a quién ha vivido”.

Hace poco más de un año, debido a su estado de salud, lo ayudé a preparar la amplia antología que publicara Seix-Barral: Orden terrestre. El título fue elegido, extrañamente, por la editorial. Extrañamente porque en uno de sus poemas asegura estar “tirado bajo el sol del desorden”. No fue la primera antología en la que trabajamos juntos. La editorial Visor de Madrid publicó una, en 1991, con un extenso prólogo mío. Tres años más tarde, con motivo de la reedición de Una sombra donde sueña Camila O’Gorman, otro artículo recibió un premio de la Real Academia Hispano Americana. En fin, mi primer trabajo sobre aspectos de la obra de Enrique Molina tiene ya veinte años. Pero no nos unió sólo una afinidad literaria, ni los ensayos que le dedicara. Ante todo fue una disposición vital y un entrañable afecto.

Cuando lo conocí, yo tenía apenas veinte años. El estaba en la plenitud de sus medios. Acababa de aparecer Hotel pájaro y Monzón napalm, del cual conservo el ejemplar que me obsequiara. Con generosidad leyó el largo poema que le dejé. En otro de mis viajes a Buenos Aires me invitó al homenaje que se le hacía a Jacobo Fijman, presentación al mismo tiempo del primer número, y casi último, de la revista Talismán, publicada por Vicente Zito Lema. Por aquella época él vivía con Mery. Hablamos, me acuerdo, de martingalas y de los barcos en que había navegado. De aquellos encuentros él no recordaba casi nada. Yo tengo, por el contrario, en mi memoria, el óleo que le había regalado Rómulo Macció, que colgaba de una de las paredes del departamento de la calle Suipacha.

En 1985, después de guerrillas, exilios y dictaduras, lo reencontré. Habían transcurrido dieciséis añosde la última vez que nos vimos. Desconocía mi trabajo sobre su obra, pero había leído atentamente mi ensayo sobre Malcolm Lowry. También Lowry se había embarcado para huir del tedio de una vida normal. Desde ese momento, hasta su muerte, fuimos grandes amigos y ni por un instante sentimos eso que se ha dado en llamar “brecha generacional”. Los casi cuarenta años que nos separaban se diluían ante su presencia rotunda y ante una vitalidad sin fisuras.

Premio Nobel y bastones (*)

No hay nada que envicie más que el mal ejemplo. Alentado por el otorgamiento del premio Nobel de Literatura del último año al fumador de cigarros, empeñoso pintor, célebre político conservador y periodista inglés vastamente conocido como Winston Churchill, nuestro imponderable Ricardo Rojas admite que ha llegado la oportunidad de proponer su melancólica celebridad sudamericana a los efectos de que a él también le llegue el halago de la gloria sueca literariamente internacional.

Se murmura por allí que Ricardo Rojas merece la distinción antedicha y consecuentes admiradores recogen adhesiones destinadas a promover su nombre hacia Estocolmo.

Por razones explicables, Manuel Gálvez no está de acuerdo con esta precandidatura para la cual él mismo ha sido varias veces rechazado. Resulta difícil creer ya en el premio Nobel otorgado a escritores de mérito muy desparejo, que unas veces hace justicia, e inmediatamente recae sobre las ineptitudes literarias. Pero descreídos y todo, nos preguntamos: ¿Qué ollantay puede alegar nuestro anacrónico compatriota para justificar su melena y el prestigio que tiene por allí de padre de nuestra literatura? ¿Sus románticas postulaciones sobre la Eurindia? ¿Su incalificable historia de las letras argentinas? ¿O sus ripiosos sonetos alojados ad efectum gloriam en los suplementos de la Nación?

El Expósito

ar21bajaLa función comenzaba en el preciso instante en que una gran mariposa gris levantaba vuelo descubriendo el ojo del proyector cinematográfico de la sala situada en la terminal del ferrocarril subterráneo, exactamente cuando los niños caen rendidos de fatiga sobre los lechos donde los padres se transfiguran cerrando los ojos para convertirse cada uno de ellos en el que el otro desea.

La capacidad del cine no era mayor que la de una sala de spectáculos común, pero por ciertas razones irrebatibles, cabían en ella todos los viajeros que durante el día y parte de la noche transitaban a lo largo de la línea.

Las películas nunca se repetían y presentaban la particularidad de que sus intérpretes eran los mismos pasajeros que por cualquier razón, ajena por supuesto a sus voluntades, habían sido arrollados por un tren compuesto de tres vagones de aluminio, cosa que por otra parte sucedía a diario a causa de la ley que fuerza a las vías paralelas a encontrarse en el infinito. Esta circunstancia poblaba el cine de deudos ansiosos por volver a ver al familiar o al amigo desaparecido. Es justo dejar constancia que gracias a un gesto de evidente generosidad por parte de los empresarios, todos los afectados por el duelo estaban exentos de pagar el precio de sus localidades. Esta especie de humanitaria compensación era muy bien recibida por los espectadores, pero nunca faltaban los advenedizos que lloraban a un supuesto familiar con el propósito de eludir el pago de las entradas, y aún aquellos otros que por carecer de dinero llegaban a empujar a su propia madre arrojándola al paso de los trenes con la única finalidad de presenciar el estreno del día. Cuando eran descubiertos, el repudio se tornaba unánime y en la repulsa intervenían los mismos actores, los que volvían a la vida hasta que los intrusos o los matricidas eran expulsados violentamente.

Recuerdo que la noche en que yo concurrí al cine por primera vez, al levantarse el telón de lágrimas petrificadas y algunos recuerdos inolvidables insertados a manera de avisos publicitarios, una orquesta sinfónica compuesta por cien profesores diplomados atacó briosamente el tema del Juicio Final.

La pantalla sobre la que iba a ser exhibida la película caía a pico en medio de la sala, y el proyector era una inmensa cabeza, probablemente de pensador o de poeta en tono mayor, agrandada por un secreto procedimiento intelectual, inverso al empleado por los jíbaros para reducir los cráneos de sus víctimas. La cabeza descansaba sobre una bandeja reluciente de piel bruñida, y por el ojo izquierdo escapaba un grueso haz de luz violácea que al iluminar la pantalla provocaba en el espectador la sensación de hallarse frente al ocaso de ciertas vidas inútiles. Cuando el mecanismo proyector comenzaba a funcionar producía un rumor parecido al de la armonía universal, mal llamada música de las esferas.

La película exhibida esa noche comenzaba en una plaza rodeada totalmente de agua, sobre cuya superficie se levantaban algunos edificios de los que aparecen en las antiguas ilustraciones de Julio Verne. La hora, alrededor de la medianoche, cuando los furtivos roedores nocturnos minan los cimientos de las ciudades lacustres. La plaza estaba solitaria y sobre la copa de los árboles del bien y del mal planeaba un gigantesco pájaro con irisado plumaje de luna en cuarto menguante. El batir de sus alas producía una visión casi imperceptible y muy fugaz de paisaje en el extremo del mundo, y cuando pasaba cerca del pararrayos de la Municipalidad, emitía un sordo graznido parecido al arrullo de noche de boda.

Una mujer embozada con las intenciones ocultas esperó a que el ave se alejara en dirección al primer día del año, y entonces abandonó el portal de la iglesia en el que se refugiaba echando a andar en dirección al centro de la plaza con el paso de quien ha hecho largamente el amor en una casa de citas. Bajo el brazo del lado del corazón llevaba un bulto irreconocible que trataba de ocultar echándole encima toda la oscuridad de la noche. Cuando llegó frente al surtidor situado a mitad de camino se detuvo como hipnotizada contemplando el chorro de mercurio que fluía de la fuente. Sus gestos eran furtivos y delataban su nerviosidad incontrolable. Luego de echar una recelosa mirada en torno, extrajo de pronto el bulto que transportaba y abriéndolo con celeridad puso al descubierto un hermoso niño con los días contados. Cerca, el pájaro batía sus alas con ruido de sirena de barco en noche de niebla cerrada.

La mujer, asustada por la proximidad del único testigo, depositó al niño sobre el chorro de mercurio y la bella criatura quedó suspendida en el aire como las pelotas que permanecen en equilibrio sobre el hocico de las focas amaestradas. Luego se alejó corriendo con los brazos en alto.

El expósito reía alborozado, sostenido en vilo entre el cielo y la tierra, inocente de cuanto habría de sucederle veinte años después cuando al intentar contraer matrimonio no pudiera referirse a su árbol genealógico sin un sentimiento de profunda vergüenza. La risa del niño poblaba la noche de la alegría de morir y a su conjuro las ventanas de la mayoría de las casas que daban a la plaza comenzaron a abrirse dejando ver los juramentos de amor y ciertas relaciones de mayor a menor sobre cuya naturaleza sería inconveniente insistir.

Una señora muy conmovida cerró su piano de cola y propuso a viva voz adoptar al niño a condición de que alguien con responsabilidad indudable le asegurase que la criatura era de noble cuna y había sido raptada para satisfacer alguna terrible venganza palaciega, Exigía además que los atribulados padres dieran con ella tarde o temprano para retribuirle en su vejez, y como bien lo merecía, toda su desinteresada y maternal dedicación.

Un señor ya entrado en años apareció con una reluciente carabina de dos caños y luego de apuntar con sumo cuidado disparó sobre el expósito diez tiros sin dar en el blanco. Contrariado, cerró su ventana para siempre.

El ruido de los disparos atrajo a una interminable procesión de sirvientes con antorchas humeantes a cuya luz solían descubrir muchas infamias domésticas. Llegaban con la misión de adoptar al niño para que sus respectivos amos pudieran gozar de la sublime felicidad de la familia. Cuando se detuvieron junto a la fuente comenzaron a luchar con el propósito de lograr el mejor lugar, y entre la confusión y el forcejeo, todas las antorchas se apagaron sumiendo la plaza en una oscuridad de mundo interior intransferible. Algunos gritos se alzaban por sobre la multitud y en ellos era posible reconocer las voces de las mujeres desesperadas al descubrir que sus vestidos sufrían las consecuencias de los sentimientos generosos. Muchas de ellas optaron por desnudarse para protegerlos, actitud ésta que motivó la intervención de la censura, razón por la que la película sufrió algunos cortes que resintieron en parte la logicidad del relato cinematográfico. Pero superados esos inconvenientes con un despliegue moderado de imaginación, era posible reconocer la continuidad indispensable para captar el sentido y la unidad del tema.

Es así cuando de pronto, y sin que uno pudiera comprender totalmente cómo llegaba a producirse el hecho, la maternidad esculpida con gran rigor estético abandonaba su basamento de piedra encaminándose majestuosamente hacia el surtidor sobre cuyo chorro el bello y sonriente niño demostraba la volubilidad del peso específico. Caminaba envuelta en luz resplandeciente y a su paso de alegoría sagrada todos se postraban reconociendo el privilegio que le asistía   en su carácter de acto absolutamente gratuito. Su luz crecía por momentos encegueciendo los ojos de la noche, y cuando tendió los brazos para coger amorosamente al niño, todos cayeron derribados por la grandeza de su fuerza genética. Fue en ese preciso instante cuando el gran pájaro que continuaba planeando por encima de los árboles y las terrazas se precipitó sobre la criatura con la velocidad de ciertas epidemias tropicales. La estatua volvió a quedar petrificada y el ave tomó una altura parecida a la que alcanzan los grandes pensamientos, llevando en sus garras a la criatura que ahora se asemejaba a un globo incandescente. Luego, cuando nada hacía preveer tan doloroso desenlace, aflojó sus garfios parecidos a los broches de esos biblioratos que se usan en las oficinas de estadísticas, y el niño se precipitó a tierra con una velocidad proporcional al peso de su masa.

Entre dos repiques de campanario de la iglesia situada como es lógico enfrente de la plaza, el infortunado niño se estrelló contra la corteza terrestre con un fuerte ruido de toalla mojada, junto con la palabra fin piadosamente puesta para evitar las sensaciones demasiado desagradables.