El Expósito

ar21bajaLa función comenzaba en el preciso instante en que una gran mariposa gris levantaba vuelo descubriendo el ojo del proyector cinematográfico de la sala situada en la terminal del ferrocarril subterráneo, exactamente cuando los niños caen rendidos de fatiga sobre los lechos donde los padres se transfiguran cerrando los ojos para convertirse cada uno de ellos en el que el otro desea.

La capacidad del cine no era mayor que la de una sala de spectáculos común, pero por ciertas razones irrebatibles, cabían en ella todos los viajeros que durante el día y parte de la noche transitaban a lo largo de la línea.

Las películas nunca se repetían y presentaban la particularidad de que sus intérpretes eran los mismos pasajeros que por cualquier razón, ajena por supuesto a sus voluntades, habían sido arrollados por un tren compuesto de tres vagones de aluminio, cosa que por otra parte sucedía a diario a causa de la ley que fuerza a las vías paralelas a encontrarse en el infinito. Esta circunstancia poblaba el cine de deudos ansiosos por volver a ver al familiar o al amigo desaparecido. Es justo dejar constancia que gracias a un gesto de evidente generosidad por parte de los empresarios, todos los afectados por el duelo estaban exentos de pagar el precio de sus localidades. Esta especie de humanitaria compensación era muy bien recibida por los espectadores, pero nunca faltaban los advenedizos que lloraban a un supuesto familiar con el propósito de eludir el pago de las entradas, y aún aquellos otros que por carecer de dinero llegaban a empujar a su propia madre arrojándola al paso de los trenes con la única finalidad de presenciar el estreno del día. Cuando eran descubiertos, el repudio se tornaba unánime y en la repulsa intervenían los mismos actores, los que volvían a la vida hasta que los intrusos o los matricidas eran expulsados violentamente.

Recuerdo que la noche en que yo concurrí al cine por primera vez, al levantarse el telón de lágrimas petrificadas y algunos recuerdos inolvidables insertados a manera de avisos publicitarios, una orquesta sinfónica compuesta por cien profesores diplomados atacó briosamente el tema del Juicio Final.

La pantalla sobre la que iba a ser exhibida la película caía a pico en medio de la sala, y el proyector era una inmensa cabeza, probablemente de pensador o de poeta en tono mayor, agrandada por un secreto procedimiento intelectual, inverso al empleado por los jíbaros para reducir los cráneos de sus víctimas. La cabeza descansaba sobre una bandeja reluciente de piel bruñida, y por el ojo izquierdo escapaba un grueso haz de luz violácea que al iluminar la pantalla provocaba en el espectador la sensación de hallarse frente al ocaso de ciertas vidas inútiles. Cuando el mecanismo proyector comenzaba a funcionar producía un rumor parecido al de la armonía universal, mal llamada música de las esferas.

La película exhibida esa noche comenzaba en una plaza rodeada totalmente de agua, sobre cuya superficie se levantaban algunos edificios de los que aparecen en las antiguas ilustraciones de Julio Verne. La hora, alrededor de la medianoche, cuando los furtivos roedores nocturnos minan los cimientos de las ciudades lacustres. La plaza estaba solitaria y sobre la copa de los árboles del bien y del mal planeaba un gigantesco pájaro con irisado plumaje de luna en cuarto menguante. El batir de sus alas producía una visión casi imperceptible y muy fugaz de paisaje en el extremo del mundo, y cuando pasaba cerca del pararrayos de la Municipalidad, emitía un sordo graznido parecido al arrullo de noche de boda.

Una mujer embozada con las intenciones ocultas esperó a que el ave se alejara en dirección al primer día del año, y entonces abandonó el portal de la iglesia en el que se refugiaba echando a andar en dirección al centro de la plaza con el paso de quien ha hecho largamente el amor en una casa de citas. Bajo el brazo del lado del corazón llevaba un bulto irreconocible que trataba de ocultar echándole encima toda la oscuridad de la noche. Cuando llegó frente al surtidor situado a mitad de camino se detuvo como hipnotizada contemplando el chorro de mercurio que fluía de la fuente. Sus gestos eran furtivos y delataban su nerviosidad incontrolable. Luego de echar una recelosa mirada en torno, extrajo de pronto el bulto que transportaba y abriéndolo con celeridad puso al descubierto un hermoso niño con los días contados. Cerca, el pájaro batía sus alas con ruido de sirena de barco en noche de niebla cerrada.

La mujer, asustada por la proximidad del único testigo, depositó al niño sobre el chorro de mercurio y la bella criatura quedó suspendida en el aire como las pelotas que permanecen en equilibrio sobre el hocico de las focas amaestradas. Luego se alejó corriendo con los brazos en alto.

El expósito reía alborozado, sostenido en vilo entre el cielo y la tierra, inocente de cuanto habría de sucederle veinte años después cuando al intentar contraer matrimonio no pudiera referirse a su árbol genealógico sin un sentimiento de profunda vergüenza. La risa del niño poblaba la noche de la alegría de morir y a su conjuro las ventanas de la mayoría de las casas que daban a la plaza comenzaron a abrirse dejando ver los juramentos de amor y ciertas relaciones de mayor a menor sobre cuya naturaleza sería inconveniente insistir.

Una señora muy conmovida cerró su piano de cola y propuso a viva voz adoptar al niño a condición de que alguien con responsabilidad indudable le asegurase que la criatura era de noble cuna y había sido raptada para satisfacer alguna terrible venganza palaciega, Exigía además que los atribulados padres dieran con ella tarde o temprano para retribuirle en su vejez, y como bien lo merecía, toda su desinteresada y maternal dedicación.

Un señor ya entrado en años apareció con una reluciente carabina de dos caños y luego de apuntar con sumo cuidado disparó sobre el expósito diez tiros sin dar en el blanco. Contrariado, cerró su ventana para siempre.

El ruido de los disparos atrajo a una interminable procesión de sirvientes con antorchas humeantes a cuya luz solían descubrir muchas infamias domésticas. Llegaban con la misión de adoptar al niño para que sus respectivos amos pudieran gozar de la sublime felicidad de la familia. Cuando se detuvieron junto a la fuente comenzaron a luchar con el propósito de lograr el mejor lugar, y entre la confusión y el forcejeo, todas las antorchas se apagaron sumiendo la plaza en una oscuridad de mundo interior intransferible. Algunos gritos se alzaban por sobre la multitud y en ellos era posible reconocer las voces de las mujeres desesperadas al descubrir que sus vestidos sufrían las consecuencias de los sentimientos generosos. Muchas de ellas optaron por desnudarse para protegerlos, actitud ésta que motivó la intervención de la censura, razón por la que la película sufrió algunos cortes que resintieron en parte la logicidad del relato cinematográfico. Pero superados esos inconvenientes con un despliegue moderado de imaginación, era posible reconocer la continuidad indispensable para captar el sentido y la unidad del tema.

Es así cuando de pronto, y sin que uno pudiera comprender totalmente cómo llegaba a producirse el hecho, la maternidad esculpida con gran rigor estético abandonaba su basamento de piedra encaminándose majestuosamente hacia el surtidor sobre cuyo chorro el bello y sonriente niño demostraba la volubilidad del peso específico. Caminaba envuelta en luz resplandeciente y a su paso de alegoría sagrada todos se postraban reconociendo el privilegio que le asistía   en su carácter de acto absolutamente gratuito. Su luz crecía por momentos encegueciendo los ojos de la noche, y cuando tendió los brazos para coger amorosamente al niño, todos cayeron derribados por la grandeza de su fuerza genética. Fue en ese preciso instante cuando el gran pájaro que continuaba planeando por encima de los árboles y las terrazas se precipitó sobre la criatura con la velocidad de ciertas epidemias tropicales. La estatua volvió a quedar petrificada y el ave tomó una altura parecida a la que alcanzan los grandes pensamientos, llevando en sus garras a la criatura que ahora se asemejaba a un globo incandescente. Luego, cuando nada hacía preveer tan doloroso desenlace, aflojó sus garfios parecidos a los broches de esos biblioratos que se usan en las oficinas de estadísticas, y el niño se precipitó a tierra con una velocidad proporcional al peso de su masa.

Entre dos repiques de campanario de la iglesia situada como es lógico enfrente de la plaza, el infortunado niño se estrelló contra la corteza terrestre con un fuerte ruido de toalla mojada, junto con la palabra fin piadosamente puesta para evitar las sensaciones demasiado desagradables.