En las Fronteras de lo ilimitado

Si se quiere encontrar una significación en el hombre es necesario buscarla en el amor. Pero en esa simultánea afirmación y negación de sí mismo que revela la trayectoria del hombre en la historia, pareciera que casi sistemáticamente rehusara asumir esa significación.

El amor representa la expansión del ser, ese es su único y profundo sentido. Por eso el amor vive el las fronteras de lo ilimitado. La fuerza que mueve esa expansión es el deseo. El amor, gracias al deseo, ilumina al mundo con colores cambiantes.

El hombre como individuo vive recluido en sí mismo: su estado esencial es la soledad. El mundo que lo rodea es hostil: lo rechaza hacia su soledad; pero en sí mismo el hombre encuentra las fuerzas que lo liberan. La tentación y el deseo son las fuerzas motrices del amor que lo conducen a lo maravilloso: la participación en el mundo.

En el amor se resuelve el misterio de la creación: crear una imagen de sí mismo que sea distinta de sí mismo. Repetirse en lo distinto, ese es el verdadero sentido de toda creación.

Surgió la familia como espontánea organización del sistema del amor. En la pareja y en los hijos (aspiración de la continuidad en la repetición de lo distinto) parecen cumplirse las exigencias del amor tanto desde el punto de vista biológico como desde el metafísico. El amor en la pareja es la culminación de la unidad de materia y espíritu. Representa la unión de las dos porciones del mitológico andrógino, de esas dos mitades que son soledad mientras no se reunen, y que una vez unidas, no sólo se completan, sino que crean, a imagen de sí mismas, lo distinto.

La idea de una familia armónica que incorpora al mismo tiempo, por un lado los valores del hombre como individuo, y por el otro su capacidad de despersonalizarse en el amor, su proyección en el otro, son hoy una excepción casi total. Una familia armónica deja de ser una familia standard porque en ella funcionan las particularidades individuales en toda su plenitud, exaltadas por la comprensión y la reciprocidad. La familia armónica representa la consolidación del amor.

Pero hay que reconocer que esta función ideal de la familia, esta razón de ser esencial, no ha podido cumplirse nunca en su cristalina pureza. Porque la familia también constituye el amparo de dos seres que se completan y crean en medio de un mundo hostil. Desde este momento se agrega a la función del amor la función del interés. La familia es el amparo que busca un hombre desamparado en una sociedad que tiende a eliminarlo. Desde ese momento la familia representa a la vez la lucha contra la soledad y la lucha contra el desamparo.

En la historia de la humanidad la organización de la familia ha sufrido variaciones dependientes siempre de su función utilitaria en relación con las diversas estructuras sociales en las que le ha tocado actuar: colectivización del amor en las sociedades totémicas, familia poligámica centrada en la sociedad paternal, y la familia monogámica en la familia occidental y gran parte de la oriental. La familia monogámica sería, de acuerdo con las premisas anotadas sobre la función del amor, la asociación ideal: el ser parcial que busca su mitad para completar su ser. Pero la familia en el mundo civilizado padece la versión sacramental del matrimonio impuesta por el cristianismo, que es todo lo opuesto a la idea sacramental del amor. Esa versión no tiene en cuenta para nada el amor, lo que se revela en el tabú del erotismo. Como dice Georges Bataille: “En el cristianismo el carácter primitivamente sagrado del erotismo dejó de aparecer”.

La unión de lo espiritual y lo carnal encuentra en el erotismo su expresión suprema. El amor, al sufrir la mutilación del erotismo, se convierte en una abstracción. La familia constituye finalmente la caricatura del amor. La pareja y los hijos como representantes del amor cabal nada tienen que hacer con la institución del matrimonio, aunque a veces la soporten como una cárcel inevitable. El matrimonio como institución es una sociedad arbitraria al servicio no del amor sino de un juego de intereses.

De ahí que en el matrimonio, como amor institucionalizado se pretenda la mezcla de lo incompatible: el amor y el interés, mezcla en la que predomina siempre este último. Algunas estadísticas recientes dan como motivo del 90% de los matrimonios una simple asociación de intereses, y esto no puede asombrar a nadie. Agreguemos que en esta proporción se incluyen la gran mayoría de los matrimonios que aparentemente responden a una libre elección, la que, por razones obvias, se inclina casi siempre hacia el peso de la conveniencia.

La sociedad busca en la estructura y consolidación de la familia la seguridad para la propia subsistencia. Y para el logro de este objetivo se modifican los más rigurosos principios morales. Las hijas de Lot emborracharon a su padre para acostarse con él; y la razón fue la posibilidad de reproducir y continuar el linaje (Génesis, Capítulo XIX). De este modo, cuando conviene a los intereses de la sociedad, el incesto no resulta reprobable.

Pero hasta el amor mismo sufre una deformación provocada por el absurdo mecanismo de la familia convencional. El consorte constituye una propiedad inalienable, con lo que el fundamento del amor, que es la libre participación, queda destruido. En el matrimonio se llama amor a esa atadura a la “cosa” poseída. Los seres humanos se convierten en “cosas poseídas”. Resulta así la familia el más claro reducto de la esclavitud. Para agregarle un tinte abyecto, la esclavitud se justifica mediante un presunto código moral que institucionaliza la hipocresía.

La idea de posesión que rige en el matrimonio es la más sórdida desfiguración del amor. Aún el amante que dice: “Eres mía”, enuncia desde ese momento la negación del amor. El amor sólo tiene sentido en la libertad. La unión libre es la única forma de relación en la que puede sustentarse el amor verdadero. Pero la unión libre, basada en la noción de amor único (las dos partes se completan), es lo más opuesto que pueda existir al llamado “amor libre”. Este arrastra permanentemente la angustia de lo incumplido, peor aún: la pérdida perpetua del amor, la nostalgia del alejamiento cada vez mayor del ser amado, la incapacidad para completar su destino en el otro.

Amor y cadenas sólo dejan subsistir finalmente las cadenas. Y aún en esos excepcionales matrimonios armónicos, ¿no es dable presumir que su armonía sería superior si no tuviera que tolerar las absurdas cadenas que le impone la sociedad como precio (o quizás como castigo) al amor? De todo esto se deduce que la institución del matrimonio resulta la verdadera enemiga de la familia armónica.

Esta situación antinatural de la familia como institución determina en su seno la reacción explosiva de los instintos naturales. La vida en común convertida en la esclavitud en común, provoca una exaltación de la fuerza vital que alienta en el hombre y que busca salida de cualquier modo: el adulterio, el incesto, las perversiones, constituyen un volcánico sistema de circulación interna, apenas oculto por la epidermis de la hipocresía.

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Sobre la base de la hipocresía se sostiene todo el andamiaje endeble de la familia, con su trama de tabúes, de prohibiciones. Pero detrás de ella estalla la cólera, manifestación violenta del amor reprimido. La cólera es un producto del amor. El odio es lo opuesto, su negación total. La cólera es una de las manifestaciones del fuego restallante del amor. Bien lo supieron los místicos que ponen al lado del amor divino la cólera divina. La cólera, como el amor del que proviene, arrastra el calor de la vida. El odio, en cambio, arrastra consigo el frío de la muerte. Esa cólera amorosa no sólo es la salida explosiva del amor verdadero sino que al mismo tiempo reivindica los derechos inalienables del hombre como individuo, que de ningún modo pueden ser enajenados por el grupo, sino que deben ser absorbidos y exaltados por él.

Es Sade el que ha sacado a la luz toda la sed de destrucción en que se transforma la sed de vida que aqueja al hombre. Las cadenas de la hipocresía no pueden contener ese inmenso rugido que toma la forma de una antimoral. Este es el aspecto que adquiere en el hombre esclavizado la lucha por conquistar sus derechos como ser libre. La antimoral de Sade es la insurrección en busca de una moral natural y humana en oposición a la amoralidad degradante que se cubre con el manto de la hipocresía.

No hay duda que el amor es una exigencia perpetua que pretende de los partícipes una perfección cada vez mayor. Todo el cúmulo de concesiones a que obliga la sustentación de la absurda estructura de la familia va minando esa ansia de perfección. De allí el resentimiento que crea la convivencia, esos crecientes reproches por la mutua defraudación.

La familia exhibe hoy su estructura arcaica vestida de valores morales fosilizados totalmente opuestos a los valores morales naturales. Acorazada en esa moral perimida intenta resistir en un mundo al que es totalmente extraña. Detrás de su aparente estabilidad está corroída por dentro. Un habitáculo de ruinas recorrido por una nervadura de vilezas que reemplaza la trama cálida del amor, y en la que el elemento de unión lo constituye la total renuncia a los derechos del individuo, hasta un extremo tal que, en gran número de casos, el odio sustituye al amor como argamasa de la familia. La dignidad del hombre se ve mansillada y cede el paso a la indignidad al servicio de la abyección.

Sin duda no es de hoy que la familia atenta contra los derechos del amor.

Respondiendo siempre a su carácter de célula societaria, se ha visto obligada a actuar en función de los intereses de una sociedad que no le da nada pero se lo exige todo. En primer término le impone leyes que rigen su destino: debe ante todo constituirse en “familia legal”, sin lo cual carece del menor derecho a la existencia. Pero esas leyes que la rigen, como todas las leyes, parecen haber sido instituidas para dar armas legales a los canallas. Frente a la criminalidad “legal”, que al amparo de las leyes inficiona la sociedad, ¿qué puede significar la minúscula proporción de criminalidad ilegal, única perseguida por la justicia oficial? Para los justos el estado representa la organización del desamparo. ¿Qué papel podría corresponder al amor en una familia que funciona en una estructura social injusta? El desamparo para el justo, el amparo para el canalla, tal es el basamento de cualquier sociedad organizada para el goce del poder, cualquiera sea el modo como se llegue a ese poder. Si consideramos ahora que sólo el justo, el hombre integral, es capaz del amor verdadero -el amor que da y no exige nada- comprenderemos por qué la sociedad y su representante el estado se oponen al amor.

Aunque, como hemos dicho, no pueden considerarse productos de la sociedad actual los desaciertos de la estructura familiar, no hay duda de que la sociedad tecnológica en que vivimos los ha puesto en evidencia. La estructura social ha cambiado: el mundo tecnológico se alimenta por igual de los dos sexos. Esto determina la independencia actual de la mujer opuesta a la dependencia que imponía la estructura del matrimonio hasta hoy. Vivimos en esta era tecnológica a la que el hombre todavía no se ha adaptado. La situación del hombre, muy a la zaga del progreso técnico, ha creado profundos desajustes. Su único modo de adaptación ha consistido en renunciar gradualmente a sus propiedades fundamentales como ser humano. La era tecnológica deshumaniza al hombre. Desde el punto de vista de la estructura social la manifestación más visible es la hipertrofia monstruosa de un elemento que ya arrastraba como un cáncer la estructura del estado: la burocracia. Esta consiste fundamentalmente en la organización de una rutina para la destrucción del libre desarrollo del hombre. La burocracia en lugar de cumplir la función para la que parecía creada, la de facilitar los carriles para el desarrollo de la compleja actividad social moderna, representa la eterna demora, el sistema de férrea procrastinación, en el que todo queda suspendido en el borde de la nada. La tecnología creada para servir al hombre, resulta en realidad un absurdo aparato que se sirve del hombre, lo esclaviza, lo mecaniza, lo reduce, lo desvitaliza. La familia, en una sociedad tecnológica queda reducida a la burocracia del amor.

Frente a tantas dificultades resulta incomprensible la persistencia de la familia convencional. Residuo de una organización tribal, ¿a qué se debe el interés por sostener una familia anacrónica? Muy simplemente puede decirse que se debe a razones de estado. La familia es la base del orden establecido y sobre ella se sustenta el poder. La familia cumple la función de contrarrestar la acción explosiva del amor que sólo vive en el ámbito de la libertad. La estabilidad y rigidez del desamor contra la fluidez y movilidad del amor. Pero la sociedad necesita cubrir las apariencias, y en esa estructura cuyo fundamento es el oprobio, las palabras amor y libertad circulan profusamente como las metas esenciales. Así un lenguaje envilecido propicia la incomunicación a través de los medios masivos de comunicación que utilizan los detentadores del poder.

La familia constituyó siempre un grupo económico y en un comienzo los hijos representaron una multiplicación de brazos para la explotación de la tierra o la creación de productos. Entonces tenía sentido la frase: “Cada hijo llega con un pan bajo el brazo”, y no excluía la presencia del amor. Hoy, cada vez más pierde sentido esta frase, que se sustituye por la de: “Cada hijo es una boca más”. La familia, base del orden establecido, representa hoy una célula societaria profundamente carcomida. Por un lado, políticamente, es un elemento conservador, que trata de mantener inconmovible la estructura social, pero por otro lado su hipertrofia tiende a resquebrajar la seguridad de los privilegiados al crear el fantasma de la miseria. La economía familiar es la célula básica de la economía capitalista en tanto el núcleo familiar, además de su función de productor, sea consumidor de esos mismos productos. Pero en cuanto la avidez y la organización del privilegio dejan cada vez menos margen al productor, la posibilidad del consumidor se reduce hasta el límite del hambre, especialmente a medida que el crecimiento de la familia determina que muchos brazos resulten inútiles para la sustentación de ese privilegio. Entonces aparece como única solución la imprescindible necesidad de controlar la natalidad, que ya propician los estados fuertes, especialmente para los países pobres.

No es extraño que cada vez con más frecuencia aparezcan síntomas evidentes de la que la vieja y sólida estructura de la familia se descompone. Los jóvenes ya no toman en serio el vínculo del matrimonio. Las uniones legales fugaces, los matrimonios libertinos, y por sobre todo la gran difusión   de las relaciones sexuales extramaritales no dejan ninguna duda sobre el poco respeto que merece la unión familiar. Las relaciones entre padres e hijos también han cambiado fundamentalmente. Cada vez resulta más difícil la posibilidad de una familia armónica en una sociedad como la actual, profundamente desarmónica.

Y en este momento debemos decir que el grupo humano denominado familia, todavía está por nacer. Todo lo que ha sucedido hasta hoy son ensayos, bosquejos de una situación basada siempre en el error de que no es el amor el fundamento de la familia. Esa familia que está por nacer será regida por el amor verdadero. No ofrecerá la perspectiva de vivir en una cárcel, porque su ubicación natural estará siempre en las fronteras de lo ilimitado.