Historia de una amistad

Entre sus numerosos ensayos, el autor de este artículo ha escrito varios estudios sobre la excepcional obra de Enrique Molina, quien muriera el 14 de noviembre de 1996 y es considerado uno de los mayores poetas de nuestra lengua. Originalmente fue publicado en esa fecha por el diario El Tribuno.

Heidegger, en sus cursos sobre Aristóteles, enseñaba que el filósofo de Estagira había nacido y había muerto, para subrayar que lo importante en la vida de un hombre es sólo su obra. Tal vez esto sea cierto para el pensamiento especulativo, analítico, secuencial, pero indudablemente no lo es para la poesía, que se construye sobre una encarnadura existencial donde vida y obra se confunden. O en otras palabras, menos afines al romanticismo alemán, algunas obras poéticas se elaboran desde una disposición vital que tiene que ver con la forma en que el hombre se encuentra sobre la tierra.

Enrique Molina perteneció a esa estirpe para quienes la vida es algo que vale la pena ser vivida, en tanto aventura y con todo lo que ella tiene de azaroso. El se situó, frente a “la belleza demoníaca del mundo”, con el permanente asombro de estar vivo, siempre deslumbrado por los dones de la tierra, pues “extraño fue vivir,/ penetrar en la noche, amanecer/ al amor, el olvido”, para concluir “no sé dónde he estado”. En otro de sus poemas nos dice: “como si nadie supiera jamás junto a quién ha vivido”.

Hace poco más de un año, debido a su estado de salud, lo ayudé a preparar la amplia antología que publicara Seix-Barral: Orden terrestre. El título fue elegido, extrañamente, por la editorial. Extrañamente porque en uno de sus poemas asegura estar “tirado bajo el sol del desorden”. No fue la primera antología en la que trabajamos juntos. La editorial Visor de Madrid publicó una, en 1991, con un extenso prólogo mío. Tres años más tarde, con motivo de la reedición de Una sombra donde sueña Camila O’Gorman, otro artículo recibió un premio de la Real Academia Hispano Americana. En fin, mi primer trabajo sobre aspectos de la obra de Enrique Molina tiene ya veinte años. Pero no nos unió sólo una afinidad literaria, ni los ensayos que le dedicara. Ante todo fue una disposición vital y un entrañable afecto.

Cuando lo conocí, yo tenía apenas veinte años. El estaba en la plenitud de sus medios. Acababa de aparecer Hotel pájaro y Monzón napalm, del cual conservo el ejemplar que me obsequiara. Con generosidad leyó el largo poema que le dejé. En otro de mis viajes a Buenos Aires me invitó al homenaje que se le hacía a Jacobo Fijman, presentación al mismo tiempo del primer número, y casi último, de la revista Talismán, publicada por Vicente Zito Lema. Por aquella época él vivía con Mery. Hablamos, me acuerdo, de martingalas y de los barcos en que había navegado. De aquellos encuentros él no recordaba casi nada. Yo tengo, por el contrario, en mi memoria, el óleo que le había regalado Rómulo Macció, que colgaba de una de las paredes del departamento de la calle Suipacha.

En 1985, después de guerrillas, exilios y dictaduras, lo reencontré. Habían transcurrido dieciséis añosde la última vez que nos vimos. Desconocía mi trabajo sobre su obra, pero había leído atentamente mi ensayo sobre Malcolm Lowry. También Lowry se había embarcado para huir del tedio de una vida normal. Desde ese momento, hasta su muerte, fuimos grandes amigos y ni por un instante sentimos eso que se ha dado en llamar “brecha generacional”. Los casi cuarenta años que nos separaban se diluían ante su presencia rotunda y ante una vitalidad sin fisuras.