La bolsa y la vida

1suebajaNunca, como hoy, ha sido tan precario el concepto humano de la realidad .

Las experiencias deslumbrantes de la física actual nos demuestran claramente la arbitrariedad de nuestra concepción del universo y la caducidad de buena parte de las premisas consideradas hasta ayer como conquistas en el terreno del conocimiento.

En efecto, todo indica la existencia de una realidadulterior , profundamente oculta, cuya vigencia logrará tal vez un día, el fin extremo de todo auténtico creador: cambiar la vida.

El recurso del mito universal (generalmente referido a esquemas ético-sociales) parece ser el medio más eficaz de dar la espalda a la complejidad creciente del problema.

El artista es, en tanto que hombre, un generador de mitos en estado puro, pero no admite el traslado de los mismos a ningún tipo de sistema, ideal o ente arbitrario.

Los planteos económicos, políticos o sociales, acompañados por todo tipo de programa de acción, acaparan casi por entero la atención y el esfuerzo de la humanidad que deposita en ellos toda la ingenua esperanza de una supuesta “salvación”.

La pintura, como la poesía, rechaza la unificación del plano del conocimiento con las condiciones materiales de la existencia y se lanza a las aventuras prohibidas, arrasando con todo, desentrañando los signos de una nueva vida, en un terreno en el que toda materialización es magia.

En un momento en el que la vorágine político-social, a través de sus infinitas mascaradas, cretiniza ejemplarmente los espíritus aterrados, el arte se halla frente a un problema sumamente más dramático que la incomprensión del público, el problema de su propia conducta, de su responsabilidad frente a los progresos de la ciencia, de su validez definitiva o de su definitivo fracaso.

En 1958, después de las experiencias cubistas, dadaístas, surrealistas, después de Kandinsky y de Mondrian, como de Hartung o Mathieu, no habrá pintura en el sentido extremo de la palabra, mientras no haya una incursión en lo imprevisible, un apasionado deseo de revelación inaudita. Y esa revelación sólo será posible por medio de imágenes capaces de inflamarse al menor contacto con la vida e iluminar con su resplandor apasionado los tenebrosos fantasmas de la conciencia humana.

Frente a la degradación que implica la obra de una gran parte de los llamados “pintores del momento”, ese deseo de revelación poética, esa profunda desesperación de un espacio incesantemente amenazante, en cuyos puntos se encontrarán las coordenadas del deseo absoluto, constituyen un vívido testimonio de la voluntad de transgredir los límites de una supuesta “condición humana”.

La reputación indiscriminada de que goza la pintura “no figurativa” o “abstracta” bajo todas sus formas, se basa en el desconocimiento del hecho innegable de que una gran parte del abstractivismo actual, sólo es un signo de capitulación ante la realidad, del mismo modo -aunque bajo otra forma- que el realismo socialista.

Frente a tal mutilación, y por encima de las manifestaciones puramente decorativas que ni plantean ni resuelven problema alguno, un nuevo universo pictórico y poético extiende su zarpa sobre la conciencia de los creadores más auténticos del momento.

La existencia, en los lugares más distantes de la tierra, de pintores como Alechinsky, Arnal, Baj, Götz, Hérold, Jorn, Langlois, Matta, Georges, Viseux, Zañartú, etc., posibilita la concreción del centro neurálgico de una actitud común , cuyos alcances son imprevisibles.

Cualquiera sea la forma bajo la cual aparezcan los signos de esa actitud, el elemento motriz es el mismo: una entrega total, una participación desenfrenada en los tormentos de otra realidad, cuya existencia indiscutible quedará para siempre testimoniada sobre ese puñado de telas -cada vez mayor- que constituye el documento más lacerante y más vívido de nuestra época.