“La Otra Cara de la Luna”

ar20bajaCuando opino sobre los florilegios, cancioneros y ramilletes de coplillas inscriptos en la preceptiva tradicional -colecciones que aparecen entre nosotros con agobiadora frecuencia, mientras falta en el mercado un buen manual de paragüería-, no procuro sino ordenar cadáveres según su grado de descomposición. Los hay más o menos antiguos, más o menos elegantemente abandonados a la hinchazón mortuoria. Su contemporaneidad, si es que semejante categoría puede incluir simultáneamente a lo muerto y a lo vivo, consiste apenas en que se pudren ahora.

En cambio, cuando hablo de “La Otra Cara de la Luna”, me refiero al orden de lo vivo. Semejante ubicación constituye en estos tiempos un elogio.

Con este primer libro, que publica “Botella al mar”, Juan José Ceselli hace acto de estimable presencia en nuestra poética actual.

Las objeciones que creo necesario señalar en este comentario se formulan, pues, desde un plano muy distinto de aquel en que me sitúo para criticar los conciertos de pianola con que nos abruma la lírica al uso.

Ceselli se expresa liberando contenidos más profundos. Todavía en el estado de la búsqueda preliminar, ensaya un rumbo que puede llevarlo lejos: el automatismo.

Ahora bien, ese instrumento tan fecundo aparece en Ceselli emboscado entre procedimientos de índole retórica, e invalidado en parte por una falta de fe que se percibe en el fondo. La crítica rigurosa e instintiva que reclama el automatismo, no alcanza en “La Otra Cara de la Luna”, por lo general, calidad semejante a la de sus mejores hallazgos tomados aisladamente.

A menudo, la presencia de los elementos cotidianos en estos poemas queda en simple alusión a las cosas tal como las ve el realismo ingenuo, sin que aparezcan transfiguradas por el estallido de su núcleo inédito y sorprendente. En consecuencia, las relaciones establecidas entre conceptos en apariencia lejanos, no los conectan de manera instantánea, iluminando su oculto parentesco, sino que parecen buscadas y arbitrarias:

Los leones no sueñan con manicuras

El oasis se ha refugiado en el cajón de la pequeña mesa de luz

El buceo de Ceselli no siempre toca la hondura deseable. Por eso pierde el aliento en algunos párrafos extensos, que en vez de trasuntar el borboteo caótico del subconsciente, denuncian la carrera apresurada de ideas que se encadenan en un plano menos profundo, impulsadas por cierto ritmo externo del pensamiento:

Rieles de la pesadilla deslizándose a tumbos bajo las ruedas trepidantes de tranvías que trituran las piernas de un niño ebrio de mariposas

También cae en el error de proponernos el misterio de manera coactiva, antes que poética:

Y la máquina misteriosa del guarda…

Y coches misteriosos iluminados por dentro…

Yo te esperaba alta delgada misteriosa

Repito que, a pesar de estos reparos, y de otros que una pesquisa   más minuciosa podría señalar, “La Otra Cara de la Luna” me parece anunciar la presencia de un poeta, trabado todavía por su instrumento, cuyo ajuste encontrará sin duda insistiendo en el automatismo cada vez con mayor fe y rigor.

“La botella ociosa” (Que la vida descargue sobre el infinito sus roncos timbales), “Sentimiento de culpa” (El topo sobre mi cama hunde sin piedad sus dientes de plata en mi corazón), “Los adulterios” (Llamando entredormidos a la desconocida mientras abrazamos a alguien), “Aquel viejo ropero”, “El cauce” (Hora en que el cariñoso dueño de la calesita le enseña a la niña rubia palabras y prácticas obscenas), “La boca líquida” (Has perdido la blanca llave sobre la boca muda del polvo) y “La Gaviota Hechizada”, son a mi entender los mejores momentos de “La Otra Cara de la Luna”.

Ellos abren el paréntesis en que la obra de Ceselli queda incluída a partir de este momento, a la espera de nuevos trabajos que permitirán trazar su perfil con mayor nitidez.