Premio Nobel y bastones (*)

No hay nada que envicie más que el mal ejemplo. Alentado por el otorgamiento del premio Nobel de Literatura del último año al fumador de cigarros, empeñoso pintor, célebre político conservador y periodista inglés vastamente conocido como Winston Churchill, nuestro imponderable Ricardo Rojas admite que ha llegado la oportunidad de proponer su melancólica celebridad sudamericana a los efectos de que a él también le llegue el halago de la gloria sueca literariamente internacional.

Se murmura por allí que Ricardo Rojas merece la distinción antedicha y consecuentes admiradores recogen adhesiones destinadas a promover su nombre hacia Estocolmo.

Por razones explicables, Manuel Gálvez no está de acuerdo con esta precandidatura para la cual él mismo ha sido varias veces rechazado. Resulta difícil creer ya en el premio Nobel otorgado a escritores de mérito muy desparejo, que unas veces hace justicia, e inmediatamente recae sobre las ineptitudes literarias. Pero descreídos y todo, nos preguntamos: ¿Qué ollantay puede alegar nuestro anacrónico compatriota para justificar su melena y el prestigio que tiene por allí de padre de nuestra literatura? ¿Sus románticas postulaciones sobre la Eurindia? ¿Su incalificable historia de las letras argentinas? ¿O sus ripiosos sonetos alojados ad efectum gloriam en los suplementos de la Nación?