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Édouard Dujardin:

Admiro, en la definición que aportan del amor, una de sus tomas de conciencia más profundas, que hacen al honor del surrealismo.

La esperanza que se puede poner en el amor, es ésta justamente: reconocer encarnada en un alma y en un cuerpo la verdad que se persigue. Y si es así, sacrificar el amor, es sacrificar lo único de uno que guarda algún interés; el héroe que, en el mito clásico, se inmola a los pies de Ónfale, se sacrifica durante un tiempo (generalmente bastante corto, por fortuna) a lo que es contrario al amor. Pero por lo general, el hombre que «traiciona sus convicciones para complacer a la mujer que ama», no es ese débil Hércules a quien «el extravío de los sentidos» arrastra más allá de su verdad; por lo general no traiciona más que falsas convicciones, que no esperan sino la oportunidad para regresar a la nada.

¿Victoria del amor admirable o victoria de la vida sórdida? Allí está el problema; y tal vez sea ya extraordinario que se plantee en una existencia, que pueda discutirse.

François Ribadeau Dumas:

El amor, la única realidad en la cual nos arrojamos sin vacilaciones, con el cerebro hirviente de quimeras, con los sentidos desbocados, esperando en la nada.

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¿Traicionarlo todo? ¡Y cómo! Al galope. Otro mundo nacerá.

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Algunos esfuerzos desesperados compensan todas las cobardías. Con todo, se puede terminar con nobleza una pasión y guardar hermosos recuerdos. Conclusión más deseable.

Ciertamente, la vida sórdida conserva todos los prestigios. Desgraciadamente el amor no da de comer. Victoria al principio, caída después, y terrorífica.

He aquí la razón, querido señor, por la que el cine sólo hecho de imágenes, arrullándonos en su irrealidad, complace tanto a las multitudes. Valentino hace estragos. Por mi parte, le confieso, que la extraña felinidad de una Gina Manès me produce una pequeña sacudida. Sus ojos de otro mundo, su perfil de gavilán. Soy asiduo de los films en los que se proyecta. No la he conocido jamás. Su juego despierta en mí espectros desconocidos. Tal vez ella no exista.

Raison d’Être

En principio, consideramos la idea del amor en todo su alcance cósmico y, después, bajo sus diferentes claves . ¿Pasaje de la idea del amor al hecho de amar? Una proyección, una verdadera fecundación del ser. El fenómeno amoroso es paralelo al fenómeno poético. Existe una constante analogía entre el amor manifestado en lo universal y el amor admirable y sus humanas ramificaciones.

André Gaillard:

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II. No hay pasaje sino ruptura. Toda idea previa se deteriora, se destruye en el instante mismo en que aparece el amor, como un hecho inexcusable, injustificable, sin atenuantes. Quebrando cadenas, idolatrías, convicciones. «Haría usted…» Es sin duda vano hablar sobre el futuro, ¿pero no podría recordar que ese sacrificio de mi libertad, lo he llevado a cabo en circunstancias en las que nada podía prestarse a la confusión?

«El sacrificio de una causa…» ¿Qué causa? ¿Es que la causa del amor no es la más alta?

Finalmente, si un hombre traiciona sus convicciones para complacer a la mujer que ama –o más todavía, para defenderla, para servirla– es porque esas convicciones no merecían vivir. Hubiese sido justo que ellas fuesen demolidas por la fuerza absoluta de la pasión. Pero hay convicciones y convicciones, así como hombres y hombres. Si para no desmerecer del amor hubiese debido defender una causa infame, para tropezar con una de esas imposibilidades que sólo la cobardía imagina resolver con concesiones, me parece que sería la vida misma, en su totalidad, la que resultaría imposible. Pruebas de amor de esta especie no pueden ser ni pedidas ni obtenidas: deben ser suministradas espontáneamente, libremente, sólo bajo la luz moral de una total abnegación.

III. No. Una exaltación que para durar, tuviese necesidad de esas precauciones, de esos artificios, de esos cálculos, no tiene derecho a existir.

IV. Toda la voluntad humana, sus gracias y sus poderes, deben ser puestos al servicio del amor admirable para defenderlo de la vida sórdida que lo acecha despiadadamente en cada una de sus negligencias, en cada uno de sus abandonos. Crítica definitiva de la idea de felicidad.

Joe Bousquet:

Difícilmente se puede hablar del amor. No sé hablar del amor sino ante una mujer, extraña o no a mi corazón. Las palabras que él inspira viven de la vida de la carne: una carne muy joven, para la cual incluso es necesaria una cierta calidad de ternura.

Tal vez sea el amor todo lo que queda en nosotros de la infancia.

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Esto requeriría de todo un estudio. Porque la idea del amor, en lugar de verse encarnada en el hecho de amar, y limitada de este modo, comienza su vida como idea, remonta perpetuamente sobre sí misma en el hecho de amar. Existe allí un ejemplo único, y que nos lleva más allá de todo –de esa siempre posible interferencia entre lopensado y lo vivido . Un amor verdadero busca vínculos: tiene tras de sí la libertad. ¿La causa que me creería obligado a defender? Se debería saber cuál sería, y cómo se habría constituido la noción del deber.

¿Aceptar dejar de ser el que hubiera podido ser? Sí, y por mucho menos que eso. Por el placer de continuar siendo quien soy.

Creo que una verdadera convicción se hace carne en el amor, que ella es en nosotros una de las primeras cosas que se enamora, que la revelación del amor, al no ser sino una de las más altas revelaciones de nosotros mismos, no representa sino un desarrollo de nuestra convicción a partir de nuestros sueños.

Maurice Heine:

I. Ninguna suerte de esperanza. La esperanza es una debilidad esencialmente incompatible con esa fuerza que es el amor.

II. 1º El pasaje de la idea al hecho no puede realizarse sinobjeto . Es el encuentro con el objeto amable el que puede y debe determinar el hecho de amar. Salvo complicaciones, y asimismo salvo la ausencia del encuentro, origen de tantas inhibiciones, posesiones y misticismos, sin los cuales no existirían las novelas de amor. 2º El amor siempre exige el mutuo sacrificio de dos libertades. Tal vez su intercambio, más que su sacrificio. En todo caso, en el amor digno de ese nombre, la libertad no es lamentable ni lamentada. Esas banales generalidades no ganarían nada de distinguirse con una banalidad personal cualquiera. 3º y 4º El sacrificio de una causa hasta entonces ardientemente defendida no podría ser exigida en nombre del amor, a menos que esa causa fuera precisamente la negación del amor. Sade ha planteado los términos de este dilema en Augustine y Villeblanche. El sacrificio del amor frente a una nueva ambición es intolerable a menos que esa ambición, en sí misma, no sea sino la negación del amor. Este podría ser, de alguna manera, el tema de Polyeucte . En suma, el amor debe aceptar el ser en su totalidad y tal cual es, porque su función, en toda la medida de su fuerza, así parecería fijarlo. El amor no debe, como algunos imaginan, pegar alas o baldosas en nuestros tobillos Representa una vehemente tentativa por deificarnos. Eritis sicut dii . Sin aparecer por ello como un sucedáneo fastidioso, el amor sería al menos la divinidad, es decir el equilibrio –pero humanamente, demasiado humanamente inestable. 5º No juzgo a nadie, ya fuese hombre o mujer, que traicionase sus convicciones para complacer a un ser amado. Pero considero que esa persona, de ser complacida por untraidor , en su acepción moral, la única plausible del término, no estaría muy bien situada desde ese punto de vista. Admito que tal reclamo es habitualmente solicitado y en ocasiones obtenido, pero coincidirán conmigo en que, en un caso semejante, la IVª pregunta no tiene posibilidad de plantearse.

III. Reconozcamos a cualquiera el derecho imprescriptible a todas las privaciones, en tanto no comprometan sino al individuo y sean aceptadas por él con sinceridad, es decir que no sean el resultado de cálculo alguno, ni de una especulación, mediocre o brillante. En cuanto a la presencia del ser amado, comprendo la importancia que ustedes le conceden, pero cuidémonos, en nombre del amor mismo, de transformarla en una obligación (matrimonio, tiranía de los celos, etc.).

IV. La vida no es exclusivamente sórdida, ni el amornecesariamente admirable. ¿No se podría concebir una vida admirable por haber triunfado de un amor sórdido? No es menos cierto que la muerte del amor marca el fin de nuestra divinidad. Volveríamos a convertirnos en hombres y en cierto sentido, a menos que intentásemos volver a ser dioses, la vida sórdida habría triunfado. Pero el amor para algunos es efímero, y no les sería posible evitar en vuestro cuestionario, a pesar de su riguroso preámbulo, una respuesta que acaso el mismo Don Juan les formularía, amante miles de veces sincero.

J.H. Rosny:

I. Ninguna esperanza, me encuentro en el ocaso de mi vida.

II. Ya he hecho a mi único amor, que durará por siempre y no acabará sino conmigo, el sacrificio de una parte de mi libertad.

Digo único amor, ya que mis otros amores han sido de una calidad mediocre, sobre todo en lo que se refiere a la ternura.

III. ¿Puede amar a una mujer que le solicitase traicionar sus convicciones? ¿Acaso no llegaría a ser, por este hecho,tenida por menos ?

IV. Yo creo en mi amor, que dura y durará, y ha predominado sobre la vida sórdida.

Maxime Alexandre:

Deposito una esperanza inmensa en el amor, a pesar de que la vida misma se encarga de socavar esta inmensa esperanza. He amado a una mujer y ha desaparecido de mi existencia. Espero que en una segunda oportunidad todo se olvide ante el amor.

Me siento incapaz de concebir una idea del amor separada del hecho de amar.

Ya que el amor supone una igualdad completa real, la pregunta sobre la traición de lo que soy, de lo que hubiera podido ser, para mí no se plantea. No deseo libertad fuera del amor.

Pienso que mi vida, es decir esta abstracción definida por mi fecha de nacimiento y mi fecha de muerte, carece de sentido fuera del amor. Lo cual no significa, insisto, unaidea del amor .

Aragon

Me reconozco capaz de amar, pero no me reconozco capaz de esperar. Sin embargo, para evitar un equívoco que complacería a los puercos, diré que, en la medida en que la esperanza es una idea-límite y en la medida en que, en el límite, la idea del amor se confunde con la del Bien filosófico, deposito toda mi esperanza en el amor tanto como en la revolución, con la que, en este mundo-límite donde todo se confunde, ya no es de manera alguna discernible.

No me considero calificado para describir el tránsito de las ideas a los hechos, esa integración de lo abstracto en lo concreto, que, en todos los terrenos, es el mecanismo propio del devenir. Y, por otra parte, desconfío de los recuerdos personales. Este tránsito es, para mí, un hecho realizado.

«El amor es la única pérdida de libertad que nos da fuerza», esta frase que, recibida de quien más estimo en el mundo, resume todo lo que sé del amor. Si el amor exige el sacrificio de todo aquello que constituye la dignidad del hombre, niego que eso sea amor.

No puedo en absoluto privarme de la presencia del ser amado. Posiblemente eso sea una debilidad.

Creo en la victoria de todo lo que es sórdido sobre todo lo que es admirable y vivo lo mejor que puedo con esta idea ante mí.

André Breton:

“I. La esperanza de nunca reconocerme ninguna razón de ser fuera de él.

II. ¿El tránsito de la idea del amor al hecho de amar? Se trata de descubrir un objeto, el único que considero indispensable. Este objeto está oculto: como en el juego de los niños, se comienza por «frío, frío» y se acaba por «se quemó». Hay un gran misterio en el hecho de hallarlo. Nada es comparable al hecho de amar, la idea del amor es débil y sus representaciones arrastran a errores. Amar es estar seguro de uno mismo. No puedo aceptar que el amor no sea recíproco, y, por lo tanto, que dos seres que se aman puedan pensar contradictoriamente sobre un asunto tan serio como es el del amor. No deseo ser libre, lo que no representa para mí ningún sacrificio. El amor, como yo lo concibo, no tiene barrera alguna que franquear ni causa que traicionar.

III. Si llegase a calcular, estaría sintiendo mucha inquietud como para asegurar que amo.

IV. Vivo. Creo en la victoria del amor admirable.

Suzanne Muzard. ”

Ninguna otra respuesta distinta a ésta podrá ser tenida como mía. A.B.

Luis Buñuel

I. Si amo, toda esperanza. Si no amo, ninguna.

II. 1º   Sólo existe para mí el hecho de amar.

2º   Haría con gusto al amor el sacrificio de mi libertad. Ya lo hice.

3º   Haría al amor el sacrificio de una causa, pero eso es cosa de verlo en su oportunidad.

4º   Sí.

5º   Lo consideraría muy bien. Pero, a pesar de todo, pediría a ese hombre que no traicionase sus convicciones. Hasta se lo exigiría.

III. No quisiera separarme del ser amado. A ningún precio.

•  No lo sé.

René Crevel:

Los juegos del sexo, aunque funcionen más o menos bien, no pueden ser una salida para los que se complacen en ellos. Solamente el amor puede devolver su fatalidad a las existencias libradas a sí mismas. He aquí dos verdades de perogrullo, pero confieso que he debido, para llegar a conocerlas, aguardar al hecho de amar . No he pasado de la idea del amor al hecho de amar , pero me ha sido necesario el hecho de amar para tomar conciencia de laidea del amor .

En el amor pongo, pues, no ya la esperanza sino la convicción, la certidumbre jubilosa, de que recoge las sobras, las migajas de una vida dilapidada.

Sin duda en otra época hubiera preferido desempeñar el papel de un rubí reconstituido, pero, actualmente, el amor me ha vuelto tan soberbiamente egoísta que ya no puedo pensar en mí, tan al contrario de esos innumerables masturbadores –como confieso haber sido–, que se pasan la mitad de su tiempo dudando de su personalidad y la otra mitad escribiendo libros que comienzan inevitablemente con «yo».

Con el amor, se terminan los restos de la sensiblería, la carcoma de los minutos.

Su nueva unidad, para los ojos del ser, hará nítidas las cosas que en su confusión interior parecían vagas. Pero no para oponer el Amor y el Deber.

Siendo que el amor exalta la libertad, y aún lo inconsciente, no veo cómo puede hablarse de sacrificar la libertad al amor.

Considero también que, a partir del amor, un hombre no podría sentir el placer de la certidumbre de amar, si no estuviese seguro de parecer a la criatura amada el que está por ser, y, más plenamente, el que puede y, por lo tanto, el que debe ser.

Amarse es ante todo sentir orgullo uno del otro. Digo orgullo y no vanidad. Por eso no encuentro razón para que un hombre traicione sus convicciones para agradar a una mujer.

Ninguna mujer podría exigir esta prenda inadmisible sin desmerecer, en su más alto grado, del amor.

Incapaz de entrar en componendas, el Amor que a mi juicio se opone a todo galanteo, a toda representación escenográfica (del tipo de Las amistades peligrosas ), si es obligado a aceptar una ausencia, no podría calcular con ella, ni utilizarla para sus efectos luminosos.

Si el amor admirable ha iluminado una existencia, aún cuando fuese por un segundo, me es suficiente para declarar su victoria sobre la vida sórdida.

Paul Eluard:

I. La esperanza de siempre, suceda lo que suceda al ser que amo.

II. La idea del amor está, para mí, demasiado unida al hecho de amar para que pueda concebir el tránsito de una hacia el otro. Y amo desde mi juventud.

Por mucho tiempo he creído hacer al amor el doloroso sacrificio de mi libertad, pero ahora todo ha cambiado: la mujer que amo no siente ni inquietud ni celos. Me deja libre y yo tengo el valor de serlo.

La causa que defiendo es igualmente la del amor.

Una prueba semejante exigida a un hombre de bien, no puede menos que destruir su amor o llevarlo a la muerte.

II. La vida, en aquello que tiene de fatalidad, condiciona siempre la ausencia del ser amado, el delirio, la desesperación.

III. El amor admirable mata.

Max Ernst:

De acuerdo con el autor de la encuesta: la esperanza de reconciliación, momentánea o durable, con la idea de la vida.

II. Me siento incapaz de explicarme en esta cuestión mejor de lo que Freud ha podido hacerlo en su obra: Psicología colectiva y análisis del yo . (Traducción del Dr. Jankélévitch, página 66 y siguientes).

Un conflicto real (en el plano moral) entre el amor y la libertad no puede existir. Por otra parte, es indiscutible que a la libertad moral, realizable en nuestras relaciones sociales de todo orden, no puede corresponder sino un mínimo de no-libertad. Para vivir socialmente, miles de obstáculos (tales como el dinero, el polizonte de la esquina, la portera, etc.) restringen continuamente nuestras posibilidades morales. Para amar, ¡cuánto más voluntariamente sacrificamos una parte mayor o menor de nuestra libertad!

Con tal de que se defienda una causa auténtica (como la del surrealismo y la revolución), no puede haber un conflicto real entre mis convicciones y mi amor real. (O no amo, o mis convicciones no son mías).

Tengo entonces derecho a juzgar el partido que se tome, al traicionar el hombre sus convicciones para complacer a una mujer, de acuerdo a cómo juzgue la causa traicionada.

III. No, porque un cálculo semejante es mediocre (¡ustedes lo dicen!).

IV. Crean ustedes… Ya que se trata de una creencia, no puedo responder sino como un casuista: en mi caso, por ejemplo, ¡en el amor admirable!

Marcel Fourrier

1º No deposito más esperanzas en el amor que en la vida. Vivo, amo.

2º La sociedad burguesa en la que vivo no reconoce ni permite otra libertad que la libertad de propiedad. De allí se derivan todas sus taras. Egoísmo, individualismo, etc… cada uno viendo en el prójimo no la realización, sino el límite de su libertad personal. El amor tampoco escapa a esta limitación. Si soy revolucionario comunista, es para destruir esta forma de libertad burguesa y acceder a la verdadera libertad. El amor no es un mundo aparte en el cual me pueda encerrar –ni yo ni nadie. Como ustedes dicen, no desmerecería del amor, si le sacrifico actualmente una causa que debe liberar al hombre de los obstáculos de la sociedad donde inclusive el amor es un privilegio.

P.S. –Leí en un diario vespertino una respuesta a la encuesta de ustedes, de alguien llamado Vitrac. He ahí un magnífico espécimen de esa literatura policíaca que he denunciado en otros lugares. Verdaderamente, ese señor no ha perdido su tiempo. He escuchado el rumor de que, antaño, lo espiaba a André Breton.

Camille Goemans:

I. Solamente una mujer posee el secreto. No sé nada de ella, salvo que existe.

II. El pasaje de la idea del amor al hecho de amar, me parece que es el deseo.

No hago ni he hecho jamás, excepto en el amor, el sacrificio de mi libertad.

Ha llegado a suceder que el amor juzgue cruelmente a un hombre.

La certeza de amar lo empuja hacia aquello que puedo creer o pensar de mí mismo. La imagen que me represento de quien hubiese podido ser es muy débil en relación con una evidencia semejante.

Es verdad que una prueba tal puede ser reclamada a un hombre por una mujer, y éste hallarse en el caso de no poder rehusársela. Ambos son responsables ante el amor.

III. El amor admirable no se acomoda a cálculo alguno.

IV. La ruina de mi esperanza en el amor, entrañaría la ruina de todas mis esperanzas.

René Magritte:

I. Todo lo que sé acerca de la esperanza que pongo en el amor, es que no corresponde sino a una mujer otorgarle una realidad.

II. El tránsito de la idea del amor al hecho de amar es el resultado de que un ser aparecido en la realidad, imponga su existencia de tal manera, que se haga amar y perseguir ya sea en la luz como en las tinieblas.

Sacrificaría la libertad que se opone al amor. Cuento con mis instintos y con mi pasado, para hacerme posible este gesto fácil.

La causa que defiendo, estoy dispuesto a abandonarla, si es que ella puede corromperme frente al amor.

No podría envidiar a quien jamás hubiese tenido la certeza de amar.

Un hombre es un privilegiado cuando su pasión lo obliga a traicionar sus convicciones para complacer a la mujer que ama.

La mujer tiene derecho a solicitar una prueba semejante, y a obtenerla, si ello conlleva a una exaltación del amor.

III. No. Sería imponer límites, en nombre de la experiencia, a las potencias del amor.

IV. No se puede destruir al amor. Creo en su victoria.

Paul Nougé:

I.– Aquí se podría, como máximo, permitirse una alusión a alguna esperanza singularmente profunda y extendida, que se confundiese con el ser, hasta el punto de escapar a las distinciones, a las oposiciones que supone todo discurso.

Si por el contrario se prefiere hablar, parecería que la esperanza que se deposita en una cosa pudiese reducirse a la cosa que uno espera encontrar.

Del amor responderé entonces que nada espero. Nada que se debiera, a cualquier título que fuese, considerar como un efecto, consecuencia o resultado de este amor; nada que pudiera definirse fuera de él.

Y poner una esperanza, por vaga que ella sea (revelación, exaltación o extensión del ser, curación…), esperar algo del amor, sería verse inmediatamente reducido a esperar, a solicitar ese amor inclusive.

El amor no tolera ser explotado.

Jamás me he prestado a una maniobra tan miserable.

En cuanto a esa «filosofía del amor», que nadie se niega por completo a elaborar y de la que nadie escapa –sin duda por abordar la cuestión de los rodeos, para caer en juegos de palabras–, yo me permito desdeñar este ejercicio.

II. La falta de adherencia entre la idea y el hecho, adopta aquí un carácter de ejemplo transparente.

Con más exactitud, entre la idea del amor concebida fuera del amor, pergueñada exteriormente, con cierta indiferencia, y el estado de amor, ningún contacto real llega a establecerse.

Se trata de una especie de hechos paralelos que afirman su existencia en planos diferentes, cuyas figuras particulares, por seductoras o exaltantes que pudieran ser, no resultan menos incompatibles.

Aunque se sueñe con unirlas, no podrían sino anularse mutuamente; una desagregación total y casi instantánea excluye la posibilidad de todo compromiso.

Si una es paja, la otra es fuego.

Pero cada una puede ser paja o fuego, a su turno y según las inconstancias.

Que se acuerde experimentarlas, a la búsqueda de una piedra de toque, un «test» del amor, y podría suceder que esta confrontación resultase bastante significativa.

Pero, desde ya, no intentaría formular ni leyes ni reglas; sólo me referiría, lo más ingenuamente posible, a mi experiencia particular.

2º La posibilidad de una antonomia que opusiese, bajo cualquier circunstancia, el amor y la libertad, revelaría a mi entender un error bastante grosero, donde el amor no tendría lugar.

Sería tal vez excesivo afirmar que el amor excluye violentamente, que arruina las cuestiones mismas del problema de la libertad.

Sin embargo en mi caso, si es que amo, la cuestión de saber si este amor representa un obstáculo para mí, no se plantea jamás. Si se planteara, dudaría inmediatamente de mi amor. Al amar, nada he sacrificado, tal vez nada he ganado –nada he perdido.

Agregaría que veo con bastante claridad, cómo es que se puede pretender no encontrar la libertad sino en el amor.

3º Toda experiencia me parecería aquí insuficiente, apenas podría concebir este conflicto, y sólo bajo los rasgos dudosos de una abstracción que merece toda mi desconfianza.

¿De qué manera, pues, por el momento, podría concernirme un problema de este orden?

De este drama, sería singularmente delicado hacer una presunción sobre el papel que podría desempeñar.

Ignoro los límites de mi fuerza o mi debilidad.

Inclusive desconozco lo que entonces podría llamarse fuerza o debilidad.

4º Lo que soy, lo que seré, lo que he sido, lo que hubiese podido ser –poseo demasiado bien el sentido, y es necesario decirlo con toda claridad, la experiencia de la revelación, de la iluminación. Me siento completamente incapaz de juzgar, de cara a un fin que sea meritorio, las circunstancias de mi vida, mis avatares, para que me sea posible distinguir en el orden o desorden de esta vida, aquéllo que podría desviar o reafirmar su verdadero sentido.

No obstante, a decir verdad, me ha sucedido que lamentase regocijarme de tal aventura, de tal encuentro, de tal acontecimiento que me habría comprometido, y, en consecuencia, que hubiese ejercido un dominio sobre mí.

Me sorprendo pensando: esto está bien, es deplorable, es lamentable…

Por suerte, esta debilidad se supera rápidamente.

La certeza de amar… Creo saber (creo, como cree todo hombre sin duda) lo que por ello se entiende, lo que ello significa.

Debo afirmar inclusive que esta certeza no tiene precio.

5º Veo perfectamente que una exigencia tal, en el transcurso de los singulares intercambios que habitualmente mantenemos con las mujeres, se manifiesta.

Más aún: es aceptada o rechazada –se imagina muy fácilmente, a partir de allí, alguna tragedia, alguna farsa ordinarias.

Pero aún sigo creyendo que sería abusar del amor mencionarla en esta ocasión.

Jamás, en ciertas graves circunstancias, he soslayado la obligación de aplicar en un hombre semejante el juicio que me parecía conveniente, y de formular este juicio sin reservas, de tomar frente a los demás y frente a mí mismo, la siempre desgarradora, conmovedora responsabilidad.

Pero en este caso, me faltan conocer algunas excepciones bastante desconcertantes, bastante misteriosas, aún para mí.

Me bastará decir que sólo dejo de poder juzgar a un hombre, cuando sus actos me parecen encontrarse imantados por el amor.

No voy a determinar aquí cuál es la verdadera naturaleza de este impedimento.

A los sumo podría agregar que, obedeciendo al amor, ningún juicio que se me formulase y al cual inmediatamente no consintiera –salvo por una total indiferencia.

Por lo tanto, tengo el sentimiento de que no debo rendir cuentas más que de mí mismo.

III. Si llegase a semejantes maniobras, de las que, por lo demás, imagino bastante bien su alcance y su encanto, sé que inmediatamente me harían cuestionar el amor que comprometen.

En cuanto al desprecio a mí mismo que me acarrearían a continuación…

IV. Lo admirable del amor en el que yo creo es su capacidad para sostenerse en una vida común, por sórdida que ésta sea o se la imagine.

A. Rolland de Renéville:

Esa persecución, sin objeto definido, que me hace pronunciar las palabras «más tarde», ese destello que inconscientemente atribuyo a los minutos futuros y que me permite aceptar mi vida como un compromiso provisorio o una espera, en una palabra, mi esperanza completa, por poco que llegue a reconocerlo, es la esperanza del amor. Que una mujer, cuyas formas y apariencia se me figuren como la impresión carnal de un sello que mi espíritu no hubiese cesado de aplicar al mundo sensible, hasta el punto de hacerla surgir directamente a mi lado, irrumpiendo por fin en mi vida, y prisionera de mi propia creación, la dejase entonces actuar sobre mí, haciéndome ver el mundo, un objeto tras otro, con una luz desconocida, deviniendo un sistema de conocimiento , tal sería verdaderamente la esperanza que yo pongo en el amor. No es que considere el tránsito de la idea del amor al hecho de amar como el de lo absoluto hacia lo relativo, sino que, por el contrario, me figuro al amor como el único medio para hacer entrar, actualmente, lo absoluto en mi vida, para remontar vitalmente hasta la esencia de los fenómenos. Este sentimiento de mi identidad, junto a aquél cuya forma habría sido previamente definida, y después vaporizada por el amor hasta el punto de confundirse con todas las manifestaciones de la energía, me aportará precisamente la realización de esa vacuidad que persigo a través de tantas destrucciones.

Ya sea que no desee mi libertad más que para alienarla en el amor, que me sienta dispuesto a todo sacrificio en el amor, a abandonar mis más preciadas convicciones si me parecen incompatibles con el amor (¿no sería ese punto la prueba irrefutable de su falsedad?), no hay otra cosa en ello que las consecuencias de mi fe en el amor. No me reconozco derecho alguno, ni por otra parte capacidad para calcular, frente a este amor.

Si se conserva la palabra lujo con el sentido que, por ejemplo, le ha sido dado en estos versos:

No es todo allí más que orden y belleza,

Lujo, calma y voluptuosidad.

No creo que el amor sea posible fuera del lujo, ya que, en el plano moral, éste constituye su idea original. Cualquier vida, por sórdida que fuera, se iluminaría de un lujo implacable en contacto con el amor.

Sé que existen fracasos en el amor, pero no puedo concebir el fracaso del amor.

Marco Ristitch:

Creo que definitivamente me resultaría imposible desesperar del amor, aunque sólo fuese a causa de mi fe total en su poder magnífico y absolutamente único para transfigurar y exaltar la vida.

La idea del amor me pone, implacable, en una encrucijada, para encerrarme totalmente como en una armadura; para quedar, si por un instante solamente es retirada, quebrado y desarmado, pero temblando de orgullo y reconocimiento ante su gracia todopoderosa.

El hecho de amar comienza desde el momento en que esa Presencia, real e indudablemente, se encarna. Y si esa encarnación es al mismo tiempo, tal como yo creo, la encarnación de la verdad, de mi verdad «en un alma y un cuerpo», la cuestión del sacrificio deliberado ya no se plantea. Si jamás me he encontrado en el caso de hacer un sacrificio voluntario, o de no hacerlo, es porque no he amado de una manera suficientemente consistente. Bajo la luz del amor el hombre da su plena medida y se muestra tal cual es. No se podría entonces desmerecer del amor sin desmerecer de uno mismo, de la más alta realización de uno mismo. Y, puesto que los estragos de la idea del amor ya me parecen provistos de una perfecta justicia, ¿cómo osaría discutir las exigencias propias del amor? Si el amor es una necesidad absoluta, para dictar su sentencia, no toma en cuenta el consentimiento del hombre que ama.

Para un amor que no carece de ese carácter de necesidad absoluta, en el que la mujer amada no es solamente irreemplazable sino que ella nada reemplaza, y que por ello no puede ser evaluado con relación a cualquier otra cosa o persona, «traicionar sus convicciones para complacer» representa un cálculo que desprecio tanto, y aún más , como a otro cálculo cualquiera, en un dominio que es la negación misma de la deshonestidad y de lo premeditado.

Que me sea dado entonces jamás desesperar de la victoria del amor admirable y esencialmente moral .

Georges Sadoul:

I. El amor es mi única esperanza, sin él me mataría.

II. Es el “flechazo”. El hecho de amar lo cambia todo, la idea del amor como todo lo demás.

La libertad en el amor es amar; no es una cuestión de sacrificio.

Sacrificar la causa que defiendo sería, a mi juicio, desmerecer del amor.

No puedo llegar a ser si no es por amor.

Juzgo incapaz de amar al hombre que traiciona convicciones valederas y poco me importan las excusas que él se dé. Una traición semejante no puede ser solicitada sino en el caso de un amor sin reciprocidad, ¿y verdaderamente se puede llamar amor a lo que no participa de la eternidad?

III. En el amor no hago cálculos.

IV. La vida puede triunfar en el tiempo, pero el amor es siempre victorioso en la eternidad, su dominio.

André Thirion:

I. Desesperar del amor es llegar a volverse incompatible con todo lo que es humano, no poder entablar, con cualquier otra vida y particularmente con la propia, otros intercambios que los que impone la ignorancia.

II. Yo no concibo al amor más que porque amo, y porque creo a este amor imperecedero.

Sacrificar el amor a la propia libertad, al sostenimiento de una causa que se ha creído en la obligación de defender; aceptar llegar a ser aquéllo que se cree poder ser, renegando del amor, he aquí unas de las tantas formas que adopta la locura. Hacer al amor el homenaje de convicciones valederas, de aquello que se cree que es la libertad, de lo que se piensa que será la propia personalidad futura, he aquí otras de las tantas formas que adopta la bajeza. Porque hasta que la palabra libertad no tenga otro sentido que en su acepción social, sólo se es libre amando, y no es más que amando que una certeza deviene convicción, adquiere un valor. Serán las mujeres que conozcamos las que harán hombres de nosotros, es la mujer que amo y de quien soy amado la que hará de mí lo que seré.

Es seguro que el amor no tiene nada que hacer con el tiempo. Es así que me demanda, con todo su derecho, todos mis instantes, y esto es pedir bien poco. Aunque nada en mi actividad es concebible ni posible sin él, cualquier cosa que hiciese se opondría a su realización.

Puesto que es irreductible a la duración, el amor también lo es a la expresión de esa duración, es decir al cálculo. Buscar expresarlo en cifras, o por no importa qué otra combinación, no es solamente un signo de imbecilidad, sino de bajeza.

III. Si existe un hombre honesto lo bastante loco como para tener la idea de separarse de la mujer que ama, creyendo exaltante su ausencia hasta el punto de llevarla al mayor grado posible, yo le suplico renunciar inmediatamente a ese proyecto insensato. Su puesta en práctica me probaría simplemente que este hombre no ama.

IV. Todo lleva a creer que las diferentes actividades del hombre siempre se oponen a la realización del amor. En todo caso, bajo este régimen, la vida sórdida, es decir la edad, la organización social, el dinero especialmente, que el amor tendría todo el derecho de reclamar, terminará, a fuerza de llevarse cada día los mayores bocados, por destruir todo aquello que realmente une al hombre y a la mujer que se aman. ¡Es al menos lo que se podría pensar, a primera vista, porque un día se dejan para siempre, se dicen que aman a otra persona! Nada más falso, porque pese a todas las destrucciones, algo existe por encima de las apariencias en el dominio de lo real, que une para siempre a los amantes , que no puede ceder, como si estuviese ubicado más alto o en un lugar más profundo, tan inexplicable como el implacable determinismo que rige toda nuestra vida, una suerte de emoción intensa capaz, aún en los peores momentos, sin que nada lo haga prever, de reducirlo todo a la certeza de haber vivido, de vivir la inmortalidad, y que, más allá de la vida misma, asegurará siempre la victoria absoluta del amor admirable.

Pierre Unik:

Pongo en el amor toda la esperanza que puedo tener en los mejores instantes de mi vida. Un día espero encontrar una mujer cuyo corazón esté tan cerca del mío, que siempre pudiese pensar en ella sin pensar en mí.

La idea del amor no tiene valor sino en la medida en que pueda ayudar a un ser a reconocer al ser que ama. Una vez que este reconocimiento ha sido realizado, se destruye a sí mismo, para volver a nacer si el amor muere. La idea del amor también puede ayudar a un ser a perderse en el mundo, y ya es algo.

¿El sacrificio de mi libertad? ¿Pero cómo?

¿El sacrificio de una causa? No tengo ni idea, cualquier respuesta de mi parte, en este momento, me parecería deshonesta. Creo por lo demás que no se decide sino al pie del muro.

¿Quién hubiese podido ser, quién pudiese ser? Prefiero no saberlo. Pero la esperanza que se pone en el amor es lo único que impide que la vida sea completamente estúpida.

Me niego a juzgar a un hombre que traicionara sus convicciones por el amor de una mujer. En todo caso, si se equivocase, si verdaderamente no amara, eso sería imperdonable. Incluso puedo preguntarme qué clase de mujer podría exigir una prenda semejante. Una marrana o un demonio. No, absolutamente, no puedo juzgarlo.

La ausencia del ser amado es atroz, de cualquier manera. Mal cálculo. Sería preferible reventar.

Que en la vida sórdida pudiese penetrar el amor, ¡que victoria sobre la vida! Sin duda la vida dispone de tiempo para vengarse, pero las horas del amor son mucho más largas que el resto de la existencia.

Albert Valentin:

Me remitiré siempre al amor mismo –quiero decir a un amor concedido , aquél que por ejemplo actualmente experimento– tratando de definir la naturaleza de la esperanza que deposito en él. Cualquiera fuera la puerta que me abriese, de eso estoy seguro, sería completamente satisfactorio. Es una cuestión para maniáticos y charlatanes determinar de una vez por todas cómo se da el tránsito de la idea del amor al hecho de amar, puesto que en lo que a mí concierne, habitualmente, éste ha engendrado y formado a su imagen la idea del amor. Desde el momento que el amor está en juego, no hay libertad de la que tenga que ocuparse, ya que no existe libertad fuera del amor; de procurar una aventura pasional, incluso la más desesperada, sólo alguien que hubiese nacido para esclavo haría el inventario de los momentos perdidos, revelándose contra la servidumbre de la que se creyese sometido. No creo que haya en el mundo una sola causa en la que uno se comprometa, que no valga la pena de ser abandonada sin deliberación para no desmerecer del amor. Porque lo que concibo como el amor, no se degrada sino al contacto con las preocupaciones, no extrañas a él, sino menos elevadas y menos graves. Que se manifieste entonces, que reine, y que aquello que me induce a desaprobar no merezca ni debate ni pena. El que soy, el que podría ser, el que desearía ser, es nada menos que un hombre a merced de un rostro, de una mirada, y si en ello consiste mi ambición y mi naturaleza, no tengo por qué enredarme bajo otra condición, preferible o no, a la suya. Por una razón que ya he explicado, apruebo a la persona que llega a traicionar sus convicciones para agradar a la mujer que ama: una prenda tal no le tiene que ser solicitada, pues para él ya está implícita. No me referiré a otra cosa salvo a la idea de cómo el amor es concebido por mí, y a los sacrificios que implica su compromiso, y no podría hablar de sacrificio a propósito de un renunciamiento a las más vulgares certidumbres. Se ha visto que el amor condujese a la conversión religiosa, a la delación, al respeto por el orden: éstos pudieron creer que amaban, pero no amaban verdaderamente. Sólo fueron seducidos por el dinero o por cualquier otra siniestra satisfacción de interés personal.

Moralmente toda especie de ardid destinado a fortalecer el amor, a conducir hacia uno o propiciar el regreso de la mujer amada, me parece bastante irrisorio. Pero, en los instantes terribles, ¿quién de nosotros sabe discernir entre lo irrisorio y lo eficaz?

No me costaría nada, en la actualidad, creer en la victoria de la vida sórdida sobre el amor admirable, porque no me resigno a ella; e inclusive, si algun día me resignase, ¿qué significado tendría una victoria de esta naturaleza?